Romper el consenso narrativo actual

por · Mayo de 2016

Antedón, novela de Felipe Aichele, rompe el consenso de lo que ha venido a llamarse torpemente narrativa joven chilena: con la linealidad pobre de la memoria noventera, con la frivolidad sexual y performativa de los dos mil.

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En varios momentos la escritora Mónica Ríos ha descrito el realismo consensual de la narrativa chilena actual como una legitimación autoritaria y masculina sobre la memoria de la dictadura, sobre la cotidianidad social y política de los noventa, y sobre nuestra actualidad. Realismo que busca legitimar una interpretación de nuestra sociedad sobre un mismo referente interpretativo. Ante ello, Antedón de Felipe Aichele rompe el consenso interpretativo de lo que ha venido a llamarse torpemente narrativa joven chilena: intenta desde diversos referentes narrativos romper con el discurso de los «hijos de la dictadura», con la linealidad pobre de la memoria noventera, con la frivolidad sexual y performativa de los dos mil.

De la novela Antedón tenemos el siguiente cuadro: el hastío de un grupo de jóvenes los lleva a deambular por una ciudad puerto empobrecida. De las hallullas con mayonesa y mortadela lisa, el carrete, las discos, las pocas posibilidades de mejorar sus vidas, estos personajes van delineando sus decisiones que pasan por intentar salir de la decadencia, o quizás no, porque saben de antemano que para ellos, posibilidades hay pocas.

A su vez, el discurso narrativo se estructura como un programa de software llamado ASDFWrite, que construye la realidad de los personajes y no deja de perturbarnos: un escenario postcrisis económica y social que nos atrae fríamente a nuestra propia realidad, en el cual las relaciones sociales y humanas están atravesadas por la cosificación. Saber que el otro puede ser sencillamente catalogado como valor de uso, ya sea económico, político o sexual.

Y lo perturbador no es que aquello ocurra entre los personajes de la novela, sino que lo fundamental es mostrarnos cuán naturalizadas están esas relaciones cosificadas: «El esclavo no es una persona, y por lo tanto no tiene responsabilidad», dice el narrador respecto a Cristhian Antedón, quien decide esclavizarse, ser violado, ir de dueño en dueño, por el tedio en el cual vive con su familia de clase media.

En el escenario porteño de Puerto Hundido, en Tres Esquinas o Villa Agroprodex, la capacidad de los jóvenes personajes (Antedón, Niithow, Iizma, Ayumi-chan, entre otros) para tomar cualquier oportunidad que les de algo por el cual sentirse felices los llega a entregarse los unos a los otros como si fueran mercancías que, cuando ya han acabado con su utilidad, se desechan. Así Niithow, que por el momento obtiene los servicios de Antedón, piensa que «es cosa de todos los días pasearse por Crujía como un bacán, con un esclavo que le hace los nudos a los zapatos, que lo suena y que le sostiene la tula para mear. Su delirio pueblerino lo mantiene en el convencimiento cerril de que ‘se usa’ tener un esclavo y llevarlo al mol…».

Esta novela se viene a insertar con una fuerza inusitada en la narrativa chilena actual. Su actitud irónica y política permite comprender las condiciones actuales de nuestra convivencia social. El trabajo formal de la novela permite visualizar las relaciones sociales contemporáneas. Y la otra cara de estas relaciones son las instituciones que ya no tienen alguna autoridad sobre sí mismas. El deterioro social es tan intenso que estas no pueden asumir el control social y solo se remiten a usufructuar de lo poco que les queda: permitirse pequeños actos de corrupción.

De esta manera, Antedón nos revela que, bajo la máscara del consumo, de la virtualidad sin contenido, del intercambio forzado de personalidad, del aburrimiento de ser y tener siempre lo mismo, está el vivir el hastío cotidiano del neoliberalismo chileno.

Antedon

Antedón
Felipe Aichele
La Calabaza del Diablo, 2015
109 p. — Ref. $7.000

Romper el consenso narrativo actual

Sobre el autor:

Flavia Pinaud es Licenciada en comunicación social y Periodista de la UBA.

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