Ciudad enferma

por · Septiembre de 2015

El escritor Mike Wilson habitó la novela de Patricio Alvarado, Triage, publicada este año por Alquimia. «Es estar en una ciudad en donde los espacios se reducen, en dónde no se detienen las obras de construcción, edificios que se levantan sobre cadáveres, aire denso, aire sucio», escribe.

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Termino de leer Triage y no sé bien qué es lo que acabo de experimentar. No es una novela que se resume, creo que intentar reducirlo a eso sería un error, creo que a lo mejor puedo tratar de comunicar la sensación que me dejó Triage, las cosas que me hace pensar, las imágenes que permanecieron en mí. Lo que tengo claro es que el texto me perturbó y que me sigue perturbando. Hay algo palpable en la novela de Patricio, una densidad en el aire del libro, sé que esto suena metafórico, pero no lo siento así, es como si la novela respirara un espesor tangible, físico. En las primeras páginas del texto la voz habla del mapa que se había imaginado de la ciudad. Para mí, esta novela nos coloca en esa ciudad trazada en esa mente y la habitamos, pero insisto, no intento ser poético al decir eso, no hablo de habitar en un sentido literario, sino de habitar de forma literal. Triage te desnuda, te abandona, y te deja a la deriva en la soledad absoluta, en un espacio-escombro que te transfigura. Es un laberinto de no-lugares en el cual prima la ausencia, el tedio, la claustrofobia, la incomunicación, y espectros detrás de las paredes. Hay síntomas de otros, la insinuación de otras personas, pero nunca se materializan del todo. Es estar en una ciudad en donde los espacios se reducen, en dónde no se detienen las obras de construcción, edificios que se levantan sobre cadáveres, aire denso, aire sucio, se duplican una y otra vez los espacios encerrados, puertas clausuradas, ventanas selladas, ascensores que no abren, como un sueño hikikomori. Y hay apagones aquí y allá, él se pasa a otra ciudad, pero es la misma, los mismos apagones, los mismos encierros, las mismas voces remotas, la voz lejana de ella que apenas se pronuncia por un celular desechable, el ruido blanco, la humillación mundana del encierro nocturno en un bus de carretera que rueda en el vacío y huele mal, a alfombra húmeda y que te habla desde la pantalla de un televisor de bus pestilente que exhibe programas de gente cómplice y cancerosa, todo para arribar en otra ciudad que es la misma y se reitera la frustración en espacios que colapsan uno encima de otro. Y allá afuera ocurre el mundo, el mundo mundea, así como lo hace, y la violencia vibra, y las muertes se acumulan, muertes sin sentido, personas pisoteadas por la maquinaria del mundo y por los conglomerados de poder y por los hombres que no son hombres sino monstruos en esta maqueta en la cual hemos optado existir, donde nos rodea la muerte periódica, las muertes desechables del noticioso diario, y justo cuando apenas las notamos hacen rodar el pronóstico del tiempo. Así como con los cadáveres en la carretera, que decimos que es un buen día cuando el número de muertes vehiculares es bajo, porque hemos aceptado ser números, y el hombre que muere encerrado en un frigorífico, noticia, multa a la empresa, pronóstico del tiempo, violencia y muerte, conflicto mapuche, eso que ocurre allá y en la radio y en la tele, una noticia en el sitio de La Tercera o Emol o lo que sea, la nota que aparece abajo, al costado, apenas visible, encandilada por el parpadeo incesante de un aviso de Falabella, y el pronóstico del tiempo. La fotografía del cuerpo de un niñito sirio ahogado en la costa de Turquía, impresión, incredulidad, dolor momentáneo, algunos predican y pontifican sobre la imagen, erigen su propio edificio sobre ese pequeño cadáver… apatía. Son las muertes que nos pesan en el vientre por un rato hasta que algo nos distrae y regresamos a la soledad, a la incomunicación, al tedio y al encierro, viviendo y trabajando en edificios levantados sobre los cadáveres olvidados. Y todo se repite, como un loop o una cinta de Moebius, y la rutina nos atrapa en los pasillos que nos atrapan en la ciudades que nos confinan y nos vacían de sentido.

Triage desnuda esto, nos desnuda a nosotros, es una novela breve pero sus páginas —así como poseen su propio aire— también imponen su propio tiempo. Habité en este libro quizá (a lo más) un par de horas, pero envejecí en él, cuando salí de la novela acá afuera todo seguía igual, pero yo no. Triage es quizá la llave a una pieza en un pasillo en un edificio en un barrio en una ciudad enferma que no se acaba, nunca se acaba. Sé que esto suena a advertencia, pienso que el libro de Patricio lo es.

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Triage
Patricio Alvarado
Alquimia, 2015
224 p. — Ref. $8.000

Ciudad enferma

Sobre el autor:

Mike Wilson es autor de las novelas Zombie (2009), Leñador (2013) y el ensayo Wittgenstein y el sentido tácito de las cosas (2014), entre otras publicaciones.

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