Un viento que sopla

por · Agosto de 2016

Si en La normalidad de una familia Milagros Abalo hizo hablar a las paredes, en Esto es, su segundo libro, va más lejos y decide hablar a través del viento.

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En su primer libro, La normalidad de una familia, Milagros Abalo supo decir bajito, mirar escondida tras pesadas cortinas, escuchar al otro lado de la puerta y escribir bajo las sábanas de los secretos familiares que todos conocemos pero nadie dice. Como un álbum de recuerdos donde algunos yacen secuestrados, la crudeza doméstica se cuela bajo las puertas helando los huesos, roedoramente, quebrando platos y copas que Milagros barre bajo la alfombra, no para esconderlos, si no, para atesorarlos.

«50 toneladas se llevó el mar y/ no se lleva el aburrimiento», escribe en “Los domingos de Alipio Vera”. Reparando en «la normal ocurrencia de las cosas», con versos delicados como «el susto huyendo» o «la foto de un sonido hecho memoria», la poeta ofrece su oído al silencio y se hace cómplice dejando que en esa vieja casa de familia hablen las paredes.

Milagros guarda la realidad en pedazos y la cuida. Implacable desde su primer trabajo, es su voz donde reside su fuerza poética. Como dije, hace hablar al silencio, lo lleva a contar sus secretos, pero no para delatar, no para transgredir o por saber; simplemente lo entiende, se hace cómplice de esos momentos reconociendo cuándo retirar la mirada y cuándo acompañar.

En su discurso al recibir el Premio Iberoamericano Pablo Neruda, Zurita describió su condición de poeta chileno como hijo de una violencia y una delicadeza antigua, fundacional.

En sus dos libros de poemas, tanto en La normalidad de una familia, como en Esto es, Milagros se embarca en ese río de sangre dando cuenta de una sabiduría y una sensibilidad ancestral: su poesía protege, nos abriga. Es una balsa que lleva a una orilla. Reúne imágenes anticipatorias y otras que parecen olvidadas. Como salida busca en lo profundo, y de esta forma amplía nuestra realidad. Esta vez, para salir a la calle, un escenario bastante hostil también.

En Esto es, resulta notable el modo con que la poeta ecualiza su poesía con la actual sensación térmica de Chile. La imagen de la portada es sintomática. Proviene de una intervención llamada Revolución, realizada en octubre pasado. En palabras de su directora, la bailarina Betania González, la acción de arte consistía en «ocupar la ciudad e invadirla», emulando «el movimiento sincronizado de una bandada de aves o las marchas civiles donde los individuos se movilizan con un sentido común».

En Esto es, la rabia, la ansiedad y el desvelo se organizan en un mismo volumen como una bandada de estorninos, formando al vuelo imágenes nítidas como «el color de la vergüenza de la mala suerte» o «Una pasarela de modelos cayéndose», vistas a través de «una cámara que registra el profundo mar del poema» para llegar a «la posteridad de la que seremos testigos al final». En este libro, la poeta no descuida la justa proporción ni presenta caminos que dificulten el viaje. Sus emociones son delicadas y verdaderas, pero están presentes, ya no en la nostalgia de una improbable sagrada familia, si no en la contingencia urgente del presente, en la cuenta regresiva cotidiana y la promesa —cumplida— de una escritura rebelde que captura, ya no puertas adentro, sino desde la «Cámara del yo». Para mí, las cuatro partes del libro bien podrían ser las cuatro partes de un día que se repite: una mañana ajetreada de exteriores y balcones; el agobio de una tarde interminable; las horas privadas de escritura y desvelos; y luego la noche, el mar, el sueño.

Una posible clave para entender Esto es es el viento. El viento transita por este libro dando vuelta las páginas. En este libro, la sombra del viento no se rompe, es la voz y cómo quema, mueve móviles de madera, de metal, de conchitas, ensancha los árboles y las ramas.

Hace unos años, en Montevideo, me llamó la atención que en las calles hubiera tantos locos dando vuelta. Pregunté a un amigo y me respondió como si nada que era porque corría mucho viento. Me sorprendí que Milagros ya lo supiera y le pidiera a la Mistral que la defienda del viento en su poema “Y me pregunto por los locos”. Es por culpa del viento que caen las ramas. Cuando no hay viento hay sol, y para el viento, en cambio, todo sigue. Hay vientos malos, y vientos buenos. El viento es un amor a primera vista.

Considerando que el libro tiende al mar, como todos los ríos, me intrigó el viento y su alcance. Hasta aquí he evitado citar más que algunos versos para no extenderme, pero me gustaría citar un poema donde Milagros —o quien quiera que sea la voz que hable a través de ella— da una pista imprescindible:

Un viento que sopla

Sueño contigo Nicanor en el patio de mi casa, en una fiesta de esas que hacíamos siempre como si tiráramos la vida por la ventana, como si nadie en medio de la gente te preguntaba qué pensabas del ritmo y me decías en el último día de un hermoso verano que entre las palabras un viento sopla, pero al último sueño nunca llegarías, sentado ahí arriba como fijo en el aire, salvo por la voz de tu hija, el silencio se extiende en la casa como muebles antiguos y ese velador lleno de libros bajo la luz antes esperando.

Siempre los ecos, la memoria y los sueños, como papeles a los que se vuelve. «Quien escribe», se lee en el Wen Fu, «lucha por no abandonar/la profundidad ni la superficie». Si en La normalidad de una familia Milagros Abalo hizo hablar a las paredes, en Esto es, su segundo libro, va más lejos y decide hablar a través del viento.

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Esto es
Milagros Abalo
Hueders, 2016
110 p. — Ref. $9.000

Un viento que sopla

Sobre el autor:

Matías Celedón

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