Canción de duelo

por · Abril de 2016

Reseña de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, de Sergio Galarza.

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Sé que no hay que juzgar un libro por su tapa, pero la portada de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre (Montacerdos), me parece el punto de entrada perfecto a esta novela del escritor peruano Sergio Galarza. En ella, vemos a una mujer sin rostro y que parece flotar y confundirse con el paisaje. Es una imagen inquietante. Falta tanto ahí: faltan sus ojos, su boca, sus rasgos. Una mujer a punto de convertirse en fantasma.

La novela de Galarza cuenta la relación entre un hijo y su madre, y de qué manera ésta se transforma luego de la noticia del cáncer que la afecta, especialmente cuando el doctor anuncia lo poco que a ella le queda de vida («Entre tres y seis meses. Más tiempo del que habíamos pasado juntos durante los últimos seis años y menos del que uno espera pasar con sus padres.»).

Así comienza: «Aquella tarde de primavera, luminosa y asfixiante, mi equipo de fútbol perdía por dos goles, y ambos habían sido culpa mía.» Un detalle curioso y que, sin embargo, siembra la conexión entre fútbol y memoria («Cuando no puedo dormir o tengo un problema de esos que me obsesionan como mi canción favorita, repaso en mi cabeza el último partido que he jugado, quizás uno lejano si el más reciente es malo con ganas.»).

En esta historia, la relación madre e hijo es un universo complejo, un árbol de mil ramas y raíces enroscadas, de nutrientes subterráneos, de hojas desteñidas al sol. Galarza se asoma a él con paciencia de botánico, nos habla de sus recuerdos de infancia, con su madre siempre alentándolo en los partidos de fútbol, y comprándole cuadernos lindos para que así tuviera más ganas de estudiar, así como también se detiene en las faceta de escritora y bloguera de su madre (de recetas, de poemas) o su pasión por su trabajo como abogada.

El hijo estudia sus recuerdos, intenta esbozar la figura de la madre, y con cada intento y atisbo de cercanía, también acabamos por alejarnos un poquito más. Y es que una de las certezas brutales que deja este libro es que nunca conocemos realmente a nadie. Ni siquiera a las personas que tenemos más cerca. Hay tanto de la madre en esta novela («Cuando mi vieja soñaba conmigo me llamaba al día siguiente.»; «Creía que viajar era el mejor entrenamiento para enfrentarse a lo desconocido.»; «Nos compraba cajas con más de treinta lápices de colores.») y sin embargo falta todo. El mismo narrador reflexiona en un momento: «Durante aquellas horas conversamos de tantas cosas que me gustaría recordar, pero no las puedo rescatar de mi memoria porque no están allí. Sí tengo grabado el gris del cielo que nos acompañó. Y otros detalles que no tienen ninguna importancia. Me falta lo que de verdad valió la pena.»

Son muchos los duelos que cuenta esta historia: el que sucede desde la noticia ominosa, el que se presagia para el futuro («Porque cuando me atrapa la tristeza me vuelvo un inútil. Y la tristeza era una ola de diez metros que me sepultaba cada noche desde que mi vieja enfermara.»). El intento de prepararse para lo que viene, la certeza de que no hay preparación posible. La búsqueda, en canciones, de algo con lo que arroparse («Canciones tristes que interpretaba a mi manera, preparándome para un final que no sabía cómo contarme a mí mismo.»).

Madre e hijo son muy distintos, y el narrador se acerca a este vínculo desde la diferencia y el contraste: «Cuando contaba sus anécdotas de juventud, donde todo sucedía a una velocidad prudente, yo detectaba una intención adoctrinadora, y eso me sublevaba. Para mí, había que vivir pisando el acelerador. No quería parecerme a ella.» Aunque también hay momentos de pausa y franca admiración: «De mi madre aprendí muchas cosas buenas como el orden y la limpieza en toda la amplitud de su significado, la transparencia en todos los actos de mi vida. Aprendí que los dobleces solo están destinados a las prendas de vestir para que quepan en los cajones del clóset, aun cuando este aspecto de mi carácter haya causado distancias irreparables.»

Entonces llegamos a la anécdota que da título a la novela: un día el narrador encuentra la agenda de su madre. Es la agenda del año 2009, año en el que madre e hijo realizaron un viaje juntos por España.

Y, en ella, descubre anotaciones minuciosas.

Y, en ella, también, descubre la letra de una canción de Bob Dylan (“Blowin’ in the wind”) anotada de su puño y letra.

Y la madre, por un instante, pareciera por fin mostrarnos su rostro.

La novela de Galarza entreteje con pericia los recuerdos sobre su vida y la de su madre, a la vez que incluye reflexiones —a ratos, brutales— sobre la familia («En mi casa el humor nunca ha distinguido la frontera entre lo amable y lo hiriente, siempre ha sido una piedra que rompe ventanas.»; «Aunque quisiéramos, los hijos no podemos negar que estamos marcados por la huella de nuestros padres. Antes que nosotros lo podamos adivinar, ellos ya han escrito parte del futuro que nos tocará padecer o disfrutar, porque los hijos solemos repetirlos, sobre todo en nuestros errores.»), su infancia en tiempos de Sendero Luminoso («Nos enfrentaban al horror y pedían que no gritáramos. Así aprendimos a caminar con el peligro como nuestra sombra.») y la vida en Perú («El Perú de finales de los ochenta parecía destinado a desaparecer. Yo leía el periódico todos los días y solo encontraba noticias apocalípticas.»; «La ciudad: gris y caótica como siempre, fea, un gigante que crecía con un brazo más grande que otro y el cerebro atrofiado.»). Se trata de una historia que conmueve desde los detalles, que muestra todo lo que hay, en una despedida, de ternura, de rabia, de desesperación.

Una de las obras literarias más conmovedoras sobre el duelo, en mi humilde opinión, es el poema (en forma de caja) Nox, de la poeta canadiense Anne Carson. En él, Carson reflexiona sobre la muerte de su hermano Michael desde la traducción. Y el duelo se le antoja como algo que nunca termina, tal vez una traducción imposible. Dice Carson: «…I came to think of translating as a room, not exactly an unknown room, where one gropes for the light switch. I guess it never ends. A brother never ends. I prowl him. He does not end». La madre de Una canción de Bob Dylan… es también una presencia infinita, un relato que puede contarse por siempre, una figura que nunca se deja descubrir del todo.

una cancion

Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre
Sergio Galarza
Montacerdos, 2016
166 p. — Ref. $13.000

Canción de duelo

Sobre el autor:

María José Navia (@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

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