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2 de julio: Prohibido olvidar

por · Julio de 2014

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Nosotros tenemos que reconstruir una sensación, algo muy profundo: remitirnos a los 14 años, cuando en el barrio nos tocaba jugar contra aquellos rivales a los que les teníamos bronca y no nos importaba nada más que eso, ni el lugar, ni la hora, nada. Porque lo único que nos interesaba, justamente, era jugar.
Marcelo Bielsa

Era la final del apertura 2006. Universidad de Chile contra Colo-Colo. Jugaba el Matador Salas, su DT era Gustavo Huerta y sus figuras Droguett, Figueroa, Ponce y el héroe de Temuco. Nosotros veníamos del infierno. Habíamos sido campeones en 2002 con el equipo de la quiebra y nada más. Humillación tras humillación en nuestra Libertadores. Una frustración tras otra en el campeonato nacional, incluyendo una eliminación ante La Serena con Claudio Bravo expulsado por golpear a un rival en una salida.

Pero estábamos ahí, frente a los que nos tienen bronca. Era como el 19 de diciembre de 1971 de Fontanarrosa. Teníamos la oportunidad de «romperles el culo» como diría el mismo “negro”, hincha furibundo de Central, la contra del afamado Newells. Estábamos ahí como esperando que la tremenda campaña en que jugamos con dos enganches y dando espectáculo no se fuera por el desagüe al perder la segunda final del torneo por 1-0 frente a la vocal, a la que habíamos doblegado con dos goles del Mati, en la ida, en un partido en el que el cojo Celso Ayala fue titular.

No queríamos que los goles de Chupete fueran en vano. Tampoco los de Mancilla, Fierro y Jerez. Que las raspadas de Meléndez y Sanhueza pasaran en banda por la historia. Que las tapadas de nuestro arquero, transferido al fútbol español a expresa petición del histórico Jose Mari Bakero, quedaran como anécdota.

Pero los de la vereda del frente consiguieron, jugando feo en el Nacional, ganarnos el partido. Más por huevos que otra cosa. Y nos fuimos a los penales. Valdivia no quiso patear. Se pararon frente a la pelota el Mati, Chupete, Mena, Fierro y Aceval, que pidió el último.

—¿Estás seguro?, preguntó Borghi.

—Sí, profe, dijo Aceval. Tres veces se hizo la pregunta y tres veces se repitió la respuesta.

La suerte echada, no nos falló el Mati ni Suazo. Pero Menita le pegó muy fuerte y al medio. Y por suerte lo falló Droguett, quien hace pocos meses estaba firmado en Colo Colo y se arrepintió de cambiar de equipo por las amenazas de la incondicional barra azul. Fierro empató de nuevo. Le tocaba a Candelo por ellos.

«A lo Panenka» o «a lo Zidane», picando el balón sobre la estirada de Bravo, se venía la humillación del colombiano Candelo. Haber pateado así en un partido tan importante. Cuando ya estábamos todos, más de la mitad de Chile, vencidos, Bravo saca una magia como las que ahora usa en la Selección y llevará al Camp Nou: elástico se rehace desde el suelo y con una contorsión gimnástica manda la pelota contra un palo. Estábamos locos. Si Aceval lo mete, es historia. La pelota se fue al fondo de la malla como diciéndole chau a los fantasmas de la quiebra, al hambre, a los pocos goles y a la desgracia de no ser campeones en cuatro años. Todos corrieron a abrazarlo, Villarroel declaraba en la radio que se cuidara Casillas en la liga española, porque se iba Bravo a hacerle sombra. El Bichi sonreía sin los fantasmas de hoy y los que vestíamos de blanco lloramos. Habíamos ganado el primer campeonato en la cara de nuestros rivales. Porque la historia en el fútbol es la memoria. Y esa final, a ocho años de haberla sufrido, es inolvidable para todos los que saben quienes son Bravo, Vidal, Valdivia, Fernández, Suazo y por qué no, todos los demás. Porque pudimos gritar como nunca y rasguñando el piso por lo increíble de la gesta, campeones en tu cara.

Feliz 2 de julio a los que lo podemos celebrar. Prohibido olvidar.

Sobre el autor:

Gabriel Labraña (@galabra) es editor y conductor de #MouseLT en La Tercera.

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