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Adelanto: “Padres e hijos”, de Roberto Merino

por · Marzo de 2015

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Padres e hijos (2015), el nuevo libro del escritor chileno Roberto Merino, recopila una selección de sus crónicas sobre la paternidad y la infancia aparecidas en LUN. «No creo que entendamos cabalmente ni a nuestros padres ni a nuestros hijos. De hecho, estas personas –las más cercanas que pueda imaginarse– son el espejo diferido en el que tratamos de escrutar nuestra propia imagen», escribe el también autor de Todo Santiago (2012).

El siguiente es un adelanto del libro que acaba de publicar Hueders y que ya está en librerías.

UN MUNDO DE OBLIGACIONES

No hay recuerdo más gris que el de las obligaciones a las que, cuando niños, nos sometían nuestros padres por puro arbitrio de la autoridad. Cualquier actividad placentera, en esas circunstancias, se transformaba en una experiencia angustiosa, interminable, absurda: leer, hacer manualidades, visitar lugares de cierto interés. Entiendo que antes se le daba más importancia que hoy a la disciplina y se hacían esfuerzos por inculcársela a los niños.

Yo no sabría cómo imponerles a mis hijos ejercicios de disciplina fuera de la realidad cotidiana. Creo que basta con exigirles obediencia en casos de necesidad y vigilar que no hagan estupideces. La verdad es que, careciendo yo mismo de disciplina, no me siento capacitado para impartirla a los demás. Prefiero estar con mis niños tirados en la cama viendo El Chavo del 8 antes que fomentando el deporte infantil en una plaza pública premunido de un cronómetro y un pito.

Hay personas a las que las obligaban a escribir poemas; a otras, a usar pantalones cortos cuando ya tenían las piernas peludas, a cortar extensiones de pasto, a leer el Quijote, a revisar los diarios y redactar un resumen con las noticias relevantes, a arrodillarse ante la imagen de Cristo, a cantar en reuniones familiares. A mí, a los seis años, me obligaron a permanecer quieto en una misa fúnebre. No se me olvidó jamás: me veo a mí mismo tratando de darme vuelta hacia la salida y recuerdo con nitidez las ganas de llorar, el vértigo de las figuras de piedra en lo alto de las columnas, el mareo de la bóveda, el vacío de la luz del día atravesando los vitrales, las puertas severas, la voz nasal y remota del cura y sus gesticulaciones solemnes.

Recién ahora me doy cuenta de que la equivocación es permanente en la vida de los adultos. Crecí pensando que si bien los viejos podían ser pesados, agrios, incluso tontos, disponían siempre del monopolio de la certidumbre. Lo más grave en los días de mi crianza era desmentir a los mayores, aun cuando uno ya estuviera capacitado para separar las aguas de la verdad de los frangollos del error.

Lo otro eran las notas del colegio. Por Dios, un cinco en la libreta significaba echarnos sobre el hombro una carga pesada y sombría: la decepción de los adultos, quienes se encargaban, además, de representar nuestro futuro como un miasma de mediocridad. Puedo sentir aún en las piernas y en los brazos esa especie de laxitud que me invadía en ese caso: mi destino no sería ni siquiera dramático, como el de los desordenados del curso, sino despreciable e insignificante, como si hubiera sido trazado con la suciedad de una goma de borrar.

La vida de los niños está cruzada por estos hechos mínimos pero violentos. Nuestra falacia más repetida consiste en no percatarnos de la resonancia que adquieren nuestras palabras y actos en sus mentes. Muchas veces exageramos frente a los niños la importancia de cuestiones en las que ni siquiera creemos. Les planteamos un mundo coherente, homogéneo y delineado más allá de nuestras posibilidades. Somos, en este sentido, involuntarios promotores de la angustia.

 
ACHAPARRADOS BAJO EL SOL

Roland Barthes anota en uno de sus libros que la primera violencia que se les inflige a los niños es la obligación de comer. La segunda sería la educación: la presión por la uniformidad, la sumisión del pensamiento individual por la disciplina colectiva, la castración del deseo espontáneo e indocumentado.

Nunca he estado convencido de que mi educación formal haya valido la pena. Quiero decir, recuerdo de mi larga travesía por el colegio las angustias nocturnas y los tormentos ante la necesidad de rendir mi manejo de materias abstrusas, pero no recuerdo el para qué. Las materias mismas en general se me olvidaron, y haber pasado por la humillación y el doblegamiento me parece que no me ha servido para nada. Simplemente se trató de un tributo: el tributo del niño ante la sociedad que aparentemente lo acoge, lo deja entrar. Lo que se quema en ese acto ritual de días y de años es precisamente el tiempo propio. Entréganos tu tiempo, parecía decir en un susurro el dios plomo fiscal de la educación, envuelto en un halo de polvo de tiza y luz fluorescente.

Creo que la educación más efectiva fue la que se me brindó en la casa, oblicuamente. Digo oblicuamente porque los sermones tampoco me dejaron nada, ni siquiera una idea de algo. Cada vez que mi papá se subía a un estrado imaginario y adoptaba el tono quejoso del sermón, mi capacidad de atención hacía crisis. Lo único que tenía claro era mi necesidad de que se callara luego. Sin embargo, todo lo que él hubiera querido comunicarme se me fue inoculando cuando lo vi actuar en episodios concretos o cuando lo observaba burlarse de la gente.

En la burla familiar viene adjunto un amplio repertorio de límites, en función del cual uno aprende a orientarse. Una de las cosas que aprendí de esa manera fue a no hablar de mí mismo como si fuera un héroe o un depositario permanente de la razón. Es decir, si no fui un cachetón fue por el miedo instintivo a ser satirizado. No me cabe duda de que un cachetón es una persona débil, que requiere refrendar todos los días ante una galería inconsulta sus éxitos intelectuales, sexuales o económicos. Lo más grave es que el cachetón es por lo tanto un latero que pone automáticamente a los demás en el lugar del espectador o del auditor. No alcanza a calibrar de qué dramático modo uno no se interesa por proezas ajenas, sobre todo si vienen relatadas por sus propios protagonistas.

El colegio tenía por ahí buenos momentos: los tiempos muertos, las horas libres. A veces se lograba una favorable distensión cuando uno se achaparraba en un escaño de cemento bajo el sol del invierno, hablando trivialidades con los compañeros. Los mismos inspectores parecían entonces sucumbir a una especie de modorra matinal, abandonando por un rato la palabra persecutoria y la férula. En esas instancias sí que se daba un aprendizaje: entendíamos al menos que éramos tripulantes de una chalupa sin nombre que cursaba a la deriva los rumbos de un mar desconocido.

 
EL TIEMPO EXPANDIDO

Ignoro si los niños de hoy –absorbidos como están en sus laberintos tecnológicos instantáneos– tienen tiempo para aburrirse por falta de estímulos. Me da la impresión de que el día les queda corto, o que las horas pasan muy rápido para ellos, que sus pensamientos no alcanzan a fermentarles en la imaginación porque pueden ser convertidos de inmediato en información concreta a través del computador.

Aunque quién sabe: se dice tanta estupidez en relación a este tema. Muchas veces hacemos pasar ficciones por observaciones. La imaginación infantil es a menudo planteada como un factor en crisis, como algo que es necesario preservar, fomentar y celebrar. Supongo que el hecho de que los niños tengan un tipo peculiar de imaginación se da simplemente en la medida en que esta capacidad les sirve para funcionar en el mundo.

Sea como sea, yo tuve cuando chico la permanente experiencia del tiempo expandido. Mis veladas angustias tenían que ver con “el largo viaje del día hacia la noche”. Heladas mañanas, tediosas horas de clases, tardes indeterminadas: todo se estiraba flojamente hasta el hartazgo. Sensaciones de sueño, de leve escalofrío, de laxitud. Recuerdo haber estado alguna vez con los ojos puestos en el reloj de una sala de espera. Siempre había que acompañar a los adultos en salas de espera. Pensaba que en el reloj había una especie de burla: se escuchaba el tictac del mecanismo interno, pero el puntero se demoraba tanto en cubrir el rango de cinco miserables minutos.

En este tipo de trances a veces se insinuaba una salida: la pareidolia, que es como se conoce al fenómeno de descifrar rostros o formas definidas en las nubes, en las formaciones rocosas y, preferentemente en nuestro caso, en las manchas de la pared. Si la radio estaba fome, si en el televisor estaban dando cuestiones de política, si en la calle no había nadie, si los padres andaban de mal humor, si las piedras del jardín no ofrecían novedades, siempre estaba a mano el expediente de sumergirse en las manchas en la pared, esas huellas de viejas filtraciones, esas irregularidades de la pintura que parecían playas lacustres, entradas de la selva, lomos de búfalo o caras de santos.

¿Recuerdan el poema de Nicanor Parra?: “Antes que caiga la noche total / Estudiaremos las manchas en la pared: / Unas parecen plantas / Otras simulan animales mitológicos. / Hipogrifos, dragones, salamandras”. Encontrar una imagen en la pared era como un pequeño tesoro en las repasadas regiones del aburrimiento, esa categoría desprestigiada y temida. Si yo fuera psicólogo me gustaría practicar la terapia del “aburrimiento productivo”, hecha de borrones y cuentas nuevas, de tiempo muerto, de no lenguaje, de silencios universales y de ocasionales alaridos.

padres e hijos

Padres e hijos
Roberto Merino
Hueders, 2015
100 p. — Ref. $9.000

Adelanto: "Padres e hijos", de Roberto Merino

Sobre el autor:

PANIKO.cl (@paniko)

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