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Anarkía Tropikal: expedición al fuego de la kumbia

por · Julio de 2015

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Por la banda, señalada como la inventora de la kumbia-punk, han pasado más de sesenta personas. Pero hay dos miembros permanentes: Rata del Karibe y Sopaishaman. Aquí intentan dar luces sobre el singular camino de este conjunto. Un recorrido de mochileo, rebeldía e intuición- que los ha hecho beber de raíces libertarias y psicodélicas. Un recorrido que lleva al Amazonas, a México y al Río Magdalena. Con ustedes Anarkía Tropikal y su eterno viaje.

Por J.P. Barros

Latinoamérica está tachonada de otras capitales invisibles. No son Buenos Aires, Ciudad de México o Santiago, sino rincones inaparentes y más olvidados, como Río Magdalena, Pucallpa o Iquitos. Lugares que van marcando el mapa con una serie de alfileres paralelos, ubicados en su mayoría en lugares tórridos. Allí donde el mercurio que llena los termómetros sube como lava al mediodía y el aire está tan lleno de agua que pareciera que hasta te ducha al caminar. Donde todo huele a closet invadido por los hongos y hasta las lagartijas cantan como jilgueros. Parajes así, las fuentes perdidas de la cumbia, han sido faros en el eterno viaje de Anarkía Tropikal, esa banda insolente y pionera. Un grupo chileno que trota junglas. Un conjunto que, aunque no le gusta mucho esa etiqueta, sería justo ubicar entre los introductores mundiales de la cumbia-punk. O simplemente de la kumbia, con «k».

Banda de música bailable de formación flexible. Antiguo intento de colectivo libertario. Amigos que huyen hacia adelante, sintiendo especial gusto por el hueveo. Gente que se reúne y se dispersa, sin drama, según las bifurcaciones y encrucijadas del camino. No importa. Anarkía Tropikal ha hecho su propia historia de manera poco ortodoxa, subvirtiendo desde el principio varias de las consabidas mitologías acerca de qué es ser una banda de jóvenes con batería y guitarra eléctrica. Pero, sobre todo, manteniendo como compulsión estar casi siempre moviéndose. En eterna gira, carrete itinerante o, si se quiere, en un informal viaje de investigación musical.

Todo esto lo ha hecho Anarkía Tropikal. Siempre cabalgando sobre el ritmo de origen colombiano, binario y acentuado a contratiempo: la cumbia. Pero, fuera de esa claridad central, la banda ha ido inventando y desechando sus propias normas con total espontaneidad.

Máscara, antes de sudar

Sopaishaman (güiro, voz y animación), uno de los dos miembros fundadores que persisten en este carrusel de integrantes, por el que han pasado más de 60 personas, empieza a explicarlo, sentado sobre el respaldo de una banca de una plaza en La Florida.

Por ejemplo, hay cierto flexible anonimato de los miembros del grupo, que aparecen muchas veces enmascarados y se presentan con sobrenombres. Algunos de esos apodos, como el que usa ahora el encargado del güiro, incluso van cambiando con el paso de los años.

«Nunca pensamos que íbamos a ser una banda, ni que íbamos a tocar tantos años. Fue como un jugueteo, cachai —dice Sopaishaman—. En este sentido, siempre eso de mantenernos ocultos lo quisimos hacer. Y, de hecho, siempre las fotos oficiales son así, con máscara y todo eso».

Fue algo natural, al parecer, porque el grupo surgió de un ambiente relacionado con el teatro. «Dijimos, oye, hagamos personajes, disfracémonos y nunca darle tanta importancia a quién soy yo», recuerda Sopaishaman.

—Pero ya no siempre tocan con máscara.

—O sea, siempre salimos con máscara, pero a la mitad de la tocata… mucho calor, pu’ weón. No resiste. Igual esta volada es medio copiada de Brujería, cachai o no. En realidad Brujería tocan todos los días escondidos porque también son personajes conocidos del metal. El baterista de Cradle of Filth, de Napal Death. Entonces la idea era mantener el anonimato, pero después, con el tiempo te dai cuenta que con el calor y la transpiración te ahogai po’.

Varias veces más nos encontraríamos con esta constante. En Anarkía Tropikal cualquier regla o idea sirve hasta que comienza a estorbar. Aún así, quizás antes de saberlo por experiencia propia, el grupo parecía intuir que la cumbia se caracteriza por ser más bien ajena a los divismos de otras corrientes musicales. Un estilo de hacer las cosas que de seguro estaba a tono con el espíritu libertario de la banda.

«A veces el rock tiene más eso del ego. ¿Cuándo te podríai acercar, no sé, a Paul McCartney, a esos grandes?», pregunta Sopaishaman. «Aquí yo he tenido la posibilidad de estar con los grandes de la cumbia y poder conversar. Con los maestros de Juaneco y Su Combo. Con Los Gaiteros de San Jacinto. Loco, Los Gaiteros partieron hace cinco generaciones. En 1700. ¡Eran caciques los que iniciaron la banda! Y éste, un abuelo de 80 años, era la quinta generación. Y el viejo contándome y mostrándome. Esa weá es maravillosa, hermano. Y eso lo tiene la cumbia. No te digo que no haya ego, pero es algo más cercano. Más cercano a la tierra. Y para mí, en eso está la herencia indígena y africana».

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¿Kumbia-punk?

Alrededor de Anarkía Tropikal flota insistentemente una definición que es una carta de presentación en sí misma. «Son los inventores de la kumbia-punk». Una frase definitiva y que se escucha bastante. Aunque hay que decir que, tanto Sopaishaman como Rata del Karibe (guitarra y voz), son reacios a adjudicarse el descubrimiento de esa isla híbrida de la música.

Rata del Karibe, después de darle una vuelta al asunto, envía un mensaje. «Con respeto a la kumbia-punk, que me habíai preguntado, una vez vi que Joe Strummer (The Clash) tenía un disco de Andrés Landeros. Así que no seríamos los primeros punkis interesados en la kumbia». Aclaremos que Landeros fue un «acordeonero» que en Colombia debutó ante un público de matarifes, que terminó contando entre sus incondicionales a García Márquez, y que fue llamado «El Rey de la Cumbia».

Luego confirmamos el dato. Una secuencia del documental The future is unwritte (2007) muestra a Strummer en los noventa besando un cassette del colombiano y señalando, con cierta pasión, que baila sus temas. El entonces ex líder de The Clash lanza casi desde una hamaca, una sentencia de muerte: «Si no has movido los pies o las caderas (al ritmo de la cumbia, entendemos), mejor que te vayas directo a la funeraria». Sí. Es la revelación de una sorprendente coincidencia de gustos con un ícono del punk en su etapa final: plena, feliz y de fogata. Un Strummer conectado con la espiritualidad de los indígenas de América. Pero, por ahora, quizá tampoco es más que eso; una coincidencia de gustos. Ya veremos.

Rata del Karibe, también en el tono de bajarle el perfil a su banda como supuesta inventora de la kumbia-punk, nombra a un grupo de chicas argentinas con las que ya se han encontrado en sus viajes y que transmiten en una frecuencia similar: las Kumbia Queers. De ellas incluso se ha colado con un tema en la banda sonora de la taquillera película Rudo y cursi. Pero calma. Veámoslo. Las Kumbia Queers cuentan que en enero del 2007 el caluroso verano de Buenos Aires y el aburrimiento las impulsó a gestar algo que llamaron «tropi-punk». Mientras que Anarkía Tropikal comienza a crearse varios años antes, tras un viaje de Rata y Sopaishaman al recordado Foro Social Mundial, celebrado en Puerto Alegre el 2001. Cuando volvían decidieron hacer el grupo. Fue mochileando y acampando en la interminable playa de Nueva Atlantis, Argentina, cercados por el ritmo villero. Los chilenos lanzaron su primer disco un año antes de la formación de amigas trasandinas.

Pero, en fin, si ellos no están interesados en llevar la bandera en la invención de un casillero musical, nadie los puede obligar a hacerlo.

Lo que sí recuerda Sopaishaman con claridad es que, cuando ellos empezaron a tocar, los punkis (al menos en Chile y a contrapelo del proceso personal del Joe Strummer noventero) no bailaban cumbia. Así que, Anarkía Tropikal mediante, las cosas han cambiado.

—Rata, cacho no te agrada la etiqueta, pero ¿finalmente cómo defines el estilo?

—Finalmente es kumbia-punk. Pero eso ha mutado. Ya estamos tocando una kumbia más psicodélica. Y dub (subgénero del reggae) también.

—Y, aparte de los géneros musicales, cómo defines lo que hacen.

—(Piensa un rato largo) No sé. Cacho que es una intervención de contracultura y mixaje. Y con la intención de seguir inventando weás, pero siempre con kumbia. Una kumbia con una intensión más transgresora. Puede tener la guitarra eléctrica del trash. El espíritu del rock, de la distorsión.

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Libertarios

Sopaishaman comenta, tras otra inevitable pregunta sobre definiciones: «Yo ya he dejado de decir que soy anarquista. Porque en verdad no quiero discutir qué es anarquismo y que no es anarquismo. O sea, yo te estoy planteando mi ideología personal, que tiene un poco de esto, tiene un poco de cultura indígena, tiene un poco de socialismo antiguo y tiene un poco de inconsecuencia. En ese sentido, como Anarkía Tropikal nunca hemos querido venir a decir: ‘somos los consecuentes y los que venimos a decirte la verdad’. Nuestras letras tienen su weá, pero tampoco son letras intelectuales. Si tú decís: ‘oye, aquí te contradecís’. Es verdad. Y más allá, tampoco somos los más inteligentes ni los más buenos músicos. No. Somos lo que somos».

Rata del Karibe coincide. A estas alturas está más cómodo en la palabra «libertario». Y en ese término caben perfectamente versos como: «Oh, maestro Satanás, yo quiero bailar la cumbia / pero no puedo, porque Cristo no tiene ritmo». O canciones como “Amor encapuchado” y “Paco y la conchetumare”.

Ya decíamos que Anarkía Tropikal ha tenido la manía de abandonar sus improvisadas reglas en el momento mismo en que empiezan a estorbar. Al respecto, el relato de Sopaishaman sobre los comienzos del grupo es elocuente: «La primera idea de la banda, la primera utopía, era una banda donde no hubiera ninguna ley. Y que nunca echáramos a nadie ni le prohibiéramos el ingreso a nadie. Los primeros ensayos éramos como veinte personas y todos tocaban algo. Ya después de cuatro, cinco ensayos te das cuenta que no vai pa’ ningún lado. Entonces decís: ‘ya, elijamos una formación’. Hubo una primera formación y algunos locos se fueron yendo».

En esa etapa germinal hubo en algún momento la intención de definirse como un colectivo, también ligado a la actividad teatral e, incluso, a la esporádica pintura de murales. Pero la kumbia con «k» y el carrete han terminado siendo más fuerte. «Igual la idea del colectivo sigue. Hemos querido hacer teatro. Pero de verdad, de pajeros, porque el teatro te requiere mucha más disciplina, no lo hemos hecho», apunta Sopaishaman.

Y si ha sobrado disciplina se ha invertido en sonar mejor. Porque ninguno de los integrantes originales era músico. Pero los viajes y el contacto con las grandes figuras cumbieras de Latinoamérica les fueron transmitiendo más interés en la forma de tocar. En ensayar más. De manera que, naturalmente y con el tiempo, se fueron integrando algunos miembros que sí tenían alguna preparación, alguna práctica en su instrumento. Y el amor por la cumbia trascendió del carrete a la investigación. De hecho, el grupo está montando un documental con material de sus encuentros con las diversas vertientes y manantiales cumbiancheros que han encontrado en sus travesías por Argentina, Perú y Colombia, los grandes focos del estilo.

Visiones en la jungla

Uno de los resultados concretos de las odiseas latinoamericanas de Anarkía Tropikal es el disco La venganza de los brujos (Eroica, 2013), que incrusta colaboraciones de Juanito (Chico Trujillo) y Los Chapillacs de Arequipa.

«¡Ayahuasca!». Esa es la primera palabra que se pronuncia en este registro y el nombre de la canción de apertura. «Estuvimos en comunidades indígenas de la Amazonia peruana y tomamos ayahuasca varias veces en Pucallpa e Iquitos», explica Rata del Karibe. «Por eso quisimos hacer ese tema, que es el único cover del disco, el original es de Explosión de Iquitos. Nosotros le añadimos en la música su toque más psicodélico, pero la letra es tal cual», cuenta de la mixtura de influencias.

Extraños ritos nocturnos y visiones alucinógenas en medio del crepitar del fuego. Y sí. Puede que la coincidencia de gustos con Joe Strummer fuera más que sólo una coincidencia. Finalmente, través de la cumbia, tanto el líder de The Clash como Anarkía Tropikal terminaron llegando, desde el punk, a místicas fogatas rodeadas de personas bajo las estrellas. Fogatas como las que el punki británico dibujó en unas tarjetas de navidad artesanales, que envió a poco antes de morir y que muchos de sus amigos recibieron junto con la noticia de su partida de este mundo.

Quizá sin saber de esa conjunción simétrica, Sopaishaman parece estar conectado con las últimas intuiciones de Strummer. Como que hablara, en el fondo, de lo mismo que sus tarjetas de despedida. «Dentro de nuestras investigaciones, nosotros llegamos a que la kumbia es un rito que nace en los pueblos indígenas. Era un rito que tenía que ver con el fuego. Con el fuego en momentos de guerra y de muerte. Porque las culturas indígenas, en los momentos de muerte, en vez de acentuar eso, contraponen y buscan el equilibrio. Invocan vida. Saben que la vida y muerte están pegadas. No hay un final. Te comes un animal, pero esa muerte te da vida. Y tu muerte también va a dar vida, cachai. Es una rueda. Y nosotros a eso también le llamamos la rueda de la kumbia».

«Llegando a esos sentimientos profundos que contiene el ritmo, te unís a esa historia milenaria. Y te dai cuenta que está íntimamente ligada a la naturaleza. Es un momento en que, wa, te emocionai», confiesa Sopaishamán. «No estoy haciendo una simple weá. Estoy haciendo una weá que en verdad es magia. Para los indígenas magia era cantar, era bailar. Estai tocando algo que es… vida».

Anarkía Tropikal: expedición al fuego de la kumbia

Sobre el autor:

PANIKO.cl (@paniko)

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