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Las declamadoras

por · Enero de 2022

Fuera de ocasionales cumplimientos obligatorios, ya nadie declama, recita o entona versos, lo que, para ser francos, encuentro lamentable, por más que suene patético decirlo.

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En tiempos de mis padres y escasos parientes, o sea, años cincuenta a setenta, la poesía no era lo que es ahora, quiero decir, no se trata de una cuestión de calidad, valor, estimación, sino de estilo, dicción, emisión. Especialmente por el lado de mi familia materna, todos refugiados españoles tras la cruenta Guerra civil que devastó a la península, se usaba algo que hoy puede parecer ridículo, pueril, pedestre, pero, ¡cuán bello era! Se declamaban, se recitaban, se tronaban, se vociferaban, a voz en cuello, versos que no eran precisamente de salón, aunque sí retumbantes, rimbombantes, resonantes, en el presente tan pasados de moda que parecerían haber sido concebidos en la época de la Colonia e incluso mucho antes.

El poeta indiscutiblemente favorito de mi madre, de mi tío Luis -a quien debo mi segundo patronímico-, fallecido muy joven, de mi tío Matías, su otro hermano, de Sacramento, su mejor amiga y del resto de su minúscula parentela, era Daniel de la Vega, hoy tan injustamente olvidado, que no solo casi nadie ya lo recuerda, sino que parece un escritor antediluviano, un vejete patético, un caso archivado, un alienígena de las letras chilena.

Sin embargo, Daniel de la Vega merecidamente obtuvo el Premio Nacional de Literatura, en un período en que ese galardón era incuestionable, nadie lo impugnaba, todos, sin excepción, lo aceptaban. Vuelvo a insistir en que estoy escribiendo acerca de un período muy reciente en términos históricos y literarios, pues ello se mide en cincuentenas, siglos, milenios. Aparte de ser un versificador muy dotado, con una facilidad pasmosa para llenar páginas tras páginas, Daniel de la Vega fue un cronista excepcional y, a lo largo de décadas, publicó semanalmente brillantes artículos para Las últimas noticias. Con todo, lo que hacía delirar a mis ancestros fueron sus vastos poemas dedicados a Magdalena de los Ríos Lisperguer, conocida como La Quintrala. Sacramento emitía con pasión esas historias versificadas que comenzaban con líneas tales como “Capitán Enrique Enríquez/soldado del Rey de España”… hasta culminar con la malévola imprecación “Y UNA MANO ABRIÓ, LA PUERTA DEL INFIERNO”.

Desde luego, Daniel de la Vega se inspiró, para componer su extenso poemario, en la distorsionada y tendenciosa biografía de La Quintrala de Benjamín Vicuña Mackenna, que forjó una falsa leyenda acerca de la primera mujer libre de Chile, que subsiste y pervive hasta el día de hoy. No obstante, hay que ponerse en el lugar de jóvenes extranjeros, a quienes, proviniendo de un país y un continente completamente destruidos, todo aquí les parecía maravilloso y para los cuales el mito de La Quintrala resultaba fascinante: ¡y cómo no iba a ser así, cuando esta enigmática mujer que tiene pacto con el demonio, que torturaba a sus esclavos y sirvientes, una latifundista que hacía lo que le daba la gana y, por añadidura, era ninfómana -término en extremo dudoso, pues ni Freud ni sus seguidores, así como tampoco la psiquiatría contemporánea lo aceptan-, inevitablemente embrujaba las mentes de chicos y chicas jovencísimos que arribaron a Chile apenas con lo puesto! Estos amigos y parientes de mi madre, estaban habituados, en la Madre Patria, no solo a los grandes nombres del Siglo de Oro, sino mucho más a poetas del Romanticismo que sí se dejan recitar: Gustavo Adolfo Bécquer, Ramón de Campoamor, José Espronceda, Rosalía de Castro, Fernán Caballero, José Echegaray y tantos más que, en los días que corren, parecen meros fósiles. Evidentemente, una mujer, Magdalena de los Ríos, bellísima con su cabellera roja y pintada sobre un corcel, con poderes sobrenaturales derivados de sus tratos con Satanás, constituía una ficción que los seducía. 

Hace unos pocos años, dos alumnas mías dirigidas por mí, llevaron a cabo una tesis sobre Magdalena de los Ríos, cuyo punto culminante fue la escenificación de las estrofas dedicadas a ella. Por cierto, me costó contener el llanto, porque evoqué ese anecdotario personal, en el que Daniel de la Vega ocupa un lugar imborrable y central.

Aun así, Daniel de la Vega era un simple aperitivo en la era de las declamaciones. Reinaba, sin contrapeso, Berta Singerman, una argentina que se vestía con túnica y peplo griegos, para deslumbrar al público nativo e hispanoparlante cada vez que se subía a las tablas. Menuda, bajísima, en escena era una leona, cuya voz, que, huelga decirlo, jamás oí, era la de una mezzosoprano que iba del registro bajo intenso, hasta el agudo panissimo o el gemido de un bebé. Aquí se presentó en el Teatro Municipal y en cuanto escenario provinciano la acogiera, siempre a tablero vuelto, con colas de personas esperándola a la salida. Berta Singerman hacía retumbar, en diversos tonos, “Las campanas”, de Edgar Allan Poe, “La higuera” y toda la producción de la gran Juana de Ibarbourou, junto a “Desolación”, los “Sonetos de la Muerte”, “Dios lo quiere”, “Dormida”, “Ruth”, “Volverte a ver” y, por cierto, “Todas íbamos a ser reinas”, “Piececitos” y “Manitas”, de la maestra Gabriela Mistral, única mujer hispanohablante que ha recibido el Premio Nobel, así como la poesía entera de Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Idea Vilariño, Dulce María Loynaz y tantos, tantísimos poemas que hoy duermen el injusto sueño de los justos.

Fuera de ocasionales cumplimientos obligatorios para Fiestas Patrias y efemérides semejantes, en las que persiste la malsana y absurda costumbre de hacer chillar a los niños el tosco poema “Al pie de la Bandera”, de Víctor Domingo Silva, ya nadie declama, recita o entona versos, lo que, para ser francos, encuentro lamentable, por más que suene patético decirlo.

Los y las poetas leen sus composiciones, a veces acompañándose con guitarras o grupos orquestales, en ocasiones incluso los cantan bien, aun cuando, hasta donde sé, prácticamente ningún autor o autora líricos lo hace a la manera de un orador, como sucedía en aquel tiempo no tan lejano al que me referí al comienzo.

Por descontado, hay quienes leen sus poemas de manera formidable y la primera persona que se me viene a la cabeza es Raúl Zurita, que nadie sabe de dónde saca esa voz de trueno, ese rugido y ese temblor cada vez que emite una frase. Pero hay muchos más, que, claro, deletrean sus creaciones líricas, sin recitarlas: Hernán Miranda, Óscar Hahn, Claudio Bertoni, Efraín Barquero, Cecilia Vicuña, Carmen Berenguer, Manuel Silva Acevedo, Malú Urriola, José Ángel Cuevas, Elicura Chihuailaf, Mauricio Redolés, Elvira Hernández, Eugenio Moltedo, Paulo de Jolly, Armando Roa o, en el pasado próximo o comienzos de siglo, Carlos Pezoa Véliz, Pedro Prado, Óscar Castro y varios más. 

Tuve la inmensa suerte de conocer personalmente a Pablo Neruda y asistir a varios de sus recitales y todavía conservo el disco de vinilo con la grabación de los “Veinte Poemas de Amor”. De su rival, Pablo de Rokha, aún recuerdo esos bramidos en algunos bares de la Estación Mapocho. Y me es imposible no rememorar los tremendos versos populares que Nicolás Guillén emitió en el entonces teatro de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Por descontado, no me perdía las lecturas de Nicanor Parra en su mejor época, a comienzos de los años setenta. Para qué hablar de presentaciones de Jorge Teillier, Delia Domínguez, Floridor Pérez, Pedro Lemebel, David Rosenmann-Taub o Rosa Cruchaga. Obviamente, no pude escuchar a Vicente Huidobro, pues murió cuando yo recién nacía o a Eduardo Anguita, quien llevaba una vida de ermitaño. 

¡Qué le vamos a hacer! Debo ya ser un vejestorio que vive sumido en el ayer. No es que piense, como dice el refrán, que todo tiempo pasado fue mejor. Aun así, ¿hay algo de malo en creerlo, por más que sea para pasar un buen rato? Aunque no las conocí ni pude conocerlas, echo terriblemente de menos a las declamadoras que volvían locos a nuestros padres y abuelos.

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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