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Crecer con Sampaoli

por · Junio de 2014

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Es imposible darle el mérito del partido con Brasil a un solo apellido. Pero si alguien hiciera una encuesta, seguramente ganaría por lejos Medel, le seguiría Vidal y luego aparecería Bravo. Fue un partidazo, sufrido y con actuaciones épicas.

Lo del Pitbull y lo de Arturo fue una clase maestra. El fútbol transmite valores que trascienden a lo deportivo y de seguro los niños que vieron ayer el partido tuvieron una lección de perseverancia, de amor propio, de lucha, de entrega. Probablemente, frente a la tele, a kilómetros de esa cancha, todos querían ser Medel. Vidal. Bravo. Todos querían comerse la cancha, correr, jugar con la pasión de esos ídolos. No dudo: en esos 120 minutos los mini hinchas tienen que haber recibido un mensaje formativo más efectivo que el de cualquier padre o profesor.

Pero en las claves del Chile-Brasil hay algo más allá de los innegables talentos individuales dentro de la cancha. Hay también un proyecto. Una convicción. Un liderazgo. Pocos podrían cuestionar el trabajo de Jorge Sampaoli, que ya dejó de ser considerado como el sucesor de Marcelo Bielsa y se ganó un espacio propio. Por la histórica campaña que tuvo con la U y por la forma en que hizo brillar a este plantel en el Mundial, el mismo que estaba quedando eliminado de la Copa antes que asumiera. Para algunos de mi generación, Sampaoli fue el que nos enseñó que sí se podía. Nos enseñó a ganar.

Empecé a ir al estadio en los noventa, cuando tenía siete años. No era fácil ser de la U. El equipo venía subiendo a Primera División y Colo Colo de ser campeón de América. En mi curso de 45 niños, sólo tres éramos chunchos. Cuando iba al taller donde trabajaba mi papá, los maestros me veían entrar y silbaban una canción que en ese tiempo los colocolinos repetían como mantra: «Yo no soy fracasado/ como el chuncho».

Fracasado. Con ese mote nací como hincha. A diferencia de los niños que el sábado miraban el partido con Brasil, mi equipo no tenía permiso para ganar. Sólo me debía conformar con apoyarlo en las buenas y en las malas. Nunca podría celebrar un tricampeonato. O un título internacional. Eso era para los de Colo Colo. Con eso crecí, siempre mirando los desafíos deportivos desde la imposibilidad. Lo terrible es que era algo heredado y heredable.

Pero ese paradigma se quebró. El 2011 la U le dio vuelta una final épica a la UC y fue campeón —luego sería tricampeón y ganaría la Sudamericana—. Ese día miraba a mis sobrinos —el mayor tenía 11 años— y sentía envidia de su infancia. Ellos eran hijos del #LoDamosVuelta, no del fracaso. No crecían convencidos de que la derrota deportiva era inminente. Por el contrario, crecían con la convicción de que siempre, siempre se podía revertir la adversidad. Que siempre, siempre, con trabajo, perseverancia y pasión, era posible. Ellos tenían la suerte que yo no había tenido: crecer con Sampaoli.

Fue la primera imagen que se me vino a la mente el sábado, cuando se jugaba el alargue. Que ojalá mis sobrinos, y que muchos más niños, estuvieran de nuevo frente a la tele aprendiendo cómo se encara un partido. Viendo a Gary vendado. A Vidal arengando cuando salía casi arrastrándose. A Bravo parándose del suelo una y otra vez. Que los disfrutaran. Que los admiraran. Que los idolatraran. Que quisieran ser ellos para recordarlos, para imitarlos, para tenerlos en la mente cada vez que tengan que jugar sus propios partidos a muerte. Adentro o afuera de la cancha.

Lo dice de alguna forma el Pollo Véliz en Los 11: «Yo siempre le digo a los chicos: ¿Quieres ser como Vidal? ¿Jugar como Vidal? ¿Ganar la plata de Vidal? Entonces no sólo péinate como Vidal, trabaja como Vidal, corre como Vidal, mete como Vidal».

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Crecer con Sampaoli

Sobre el autor:

Diego Figueroa (@dfigueroaj) es periodista y co-autor de Los 11. Los mejores jugadores en la historia de la Roja (Catalonia, Ediciones UDP).

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