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Incendio en Valparaíso: de miseria a destrucción

por · Abril de 2014

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Crónica de los días que siguieron al incendio en los cerros de Valparaíso.

Fotos: Rodrigo Mancilla, Felipe Ojeda, Ángela Saavedra y Rens Veninga.

-Por ahí no se puede.
-Vengo a buscar a mis viejos, conchetumadre, y no voy a poder subir.

Amanece en la subida Santa Elena y cuesta ponerse de acuerdo. Un par de soldados corta el tránsito y una larga cadena humana baja chatarra quemada por Troncoso. El conductor detiene toda la acción para pasar.

El domingo y el lunes preocupan el viento y el calor. Pero el martes, el clima da tregua: aparecen el frío y las nubes en Ramaditas, uno de los cerros por donde pasaron las llamas.

Va mucha gente a la cumbre. Desde temprano, suben autos con mercadería, micros gratuitas del recorrido 511, camionetas con sus bateas llenas de adolescentes más livianos que los chuzos y las picotas que cargan.

Entre medio, los soldados con fusiles, los brigadistas de la Conaf con palas, los pacos jóvenes que se mueven desordenado y usan un polar con mangas fosforescentes.

Todos quieren subir, pero nadie sabe llegar. El cerro se presenta como un laberinto hasta para los mismos porteños. Pasajes sin salida, las curvas que desorientan, atajos a otros cerros. Nadie quiere tomar por error el camino más largo. O llegar al lugar equivocado.

Desde Avenida Ossa que vimos las casas quemadas. Los cerros como una maqueta con la punta podrida.

-¿A Ramaditas? Súbanse, yo los llevo.

Con estudiantes de veterinaria y psicología subimos a una micro vacía.

En el camino, sube más gente, sube la pendiente y también sube el pan. Varias cuadras cerro arriba está $300 más caro que en la Avenida Argentina ($650/kg).

Por el vidrio, los pacos motoristas tosen. Nos bajan de la micro. Tosen y huyen de las palabras como si atenuaran el drama que vieron arriba.

-¿Tienen mascarillas, cabros? Tomen.

-¿Quieren agua?

-¿Un pancito?

Aparece la ayuda. Los cientos de voluntarios están desplegados. La escena es un campamento militar. Buses llenos de insomnes. Los que salen de las quebradas con ceniza en la cara. Los que llegamos.

-¿Tenís tijeras? Ayúdame, porfa.

Daniela amputa a un gato quemado y siento el crac.

Cerro arriba, el camino Las Torres se hace una sola vía. Hay que arreglarse entre la gente de a pie y los autos que se turnan para subir y bajar. Las veredas son irregulares y estrechas.

Una retroexcavadora chorrea aceite y pasa apenas entre el camión militar estacionado en la quebrada y un improvisado centro de acopio.

Ni pensar en un camión aljibe.

Ni pensar en una emergencia como la del sábado.

La ayuda hace taco.

Seguimos subiendo.

Unas cuadras antes de hacer cumbre, lo que dejó el incendio. Aparecen los primeros porteños que perdieron sus casas y los que acampan sobre el terreno quemado.

No quieren irse a los albergues. No quieren abandonar sus escombros.

Los recuerdos pueden más.

Aparece la arquitectura callampa de casas peleando con las quebradas llenas de basura. Espacios nivelados por palafitos. Casas que se improvisaron quitándole terreno a los eucaliptus, los pinos y las pendientes. Como una ficción del futuro, los esqueletos de futuras ampliaciones y lata, mucha lata. Murallas muy débiles para una zona con tanto viento, rodeadas de chatarra y uno o dos balones de gas. Pequeños guetos nacidos desde tomas. Así creció esta zona residencial. Lejos de todo. Sin plano regulador. Sin cortafuegos entre las casas. Sin límites tan claros, tampoco, dentro de los mismos terrenos. Con vista a los cerros del frente. A la huella que dejó la pira, donde alguna vez hubo un bosque verde de pinos y eucaliptus.

Es difícil sustraerse del paisaje.

Quizá la vista a la bahía.

Una asistente social mira el mar.

-Somos seis, pero no nos vamos a ir, señorita.

Acá los mapas electrónicos mienten. Las calles tienen otros nombres. Algunos caminos no aparecen en los GPS ni en Google Street View.

Lo que sí sale sirve para contrastar que el incendio no hizo más que pasar la miseria a destrucción.

Arriba, una foto sacada de Google Street View. Abajo, una imagen tomada el martes.

Arriba, una captura de Google Street View. Abajo, una imagen del mismo lugar tomada el martes.

Turismo social

«¿Dónde partió el fuego?», escribe Andrea Lagos en El País. «En unos pastizales. En un fundo y de ahí a la quebrada. Y de ahí a un cerro y a otro cerro y a otro cerro».

Con imágenes del incendio, Chilevisión utiliza el generador de caracteres: «Tsunami de fuego».

En Ramaditas, Iván Núñez es sorprendido en pantalla por las llamas. Corre y hace correr a su camarógrafo para escapar, hasta que la señal se va a negro. Hace una ficción del sufrimiento que luego su estación sube a YouTube.

Gente visiblemente afectada por el incendio es abordada por rostros de matinales y las tragedias del trasnoche de Santiago: «¿Cómo se siente?», «¿Perdió todo? ¿No le queda nada?».

El canal de la universidad más importante de la región, UCV-TV, pasa un programa de farándula la tarde del sábado. El domingo, después de Buenos días Jesús, «ocupa su concesión para transmitir infomerciales», escribe en El Mostrador la documentalista María Elena Wood.

Un hombre le dice a Daniel Matamala, en CNN Chile, que esto es una señal de que viene el Señor.

Monserrat Álvarez, de Canal 13, despacha desde donde Ossa se transforma en Avenida Argentina. El punto de acceso a los cerros para los carros de emergencia, que interrumpen a cada instante la transmisión.

En Facebook, una chica se fotografía con el incendio detrás. Su imagen es ridiculizada hasta la náusea.

En Twitter, Carabineros hace relaciones públicas con el incendio.

Lloroso por el humo tóxico, Alfredo Concha, de Canal 13, le pide a su camarógrafo que muestre cómo la gente abandona sus casas dejando los balones de gas en el camino de las llamas.

En una nota editada, Claudio Fariña, de TVN, busca al nuevo “Zafrada” pero no lo encuentra. En su lugar, hace llorar a una niña.

Un carro de la compañía de bomberos de La Calera, que presta ayuda en el cerro Las Torres, es tomado por vecinos. Los medios hablan de turba, de un saqueo que suena como un sinsentido. Nadie pronuncia las palabras frustración o impotencia de vecinos intentando salvar sus casas.

Mónica Pérez, periodista de TVN, dice que «el incendio en Valparaíso es como un gran asado».

«¿Por qué vive en un sector tan peligroso?», le pregunta a un poblador al aire. «Yo soy pobre, señorita, no elijo donde vivir».

«La gente pobre de los cerros de Valparaiso tiene acceso a educ publica y gratuita. Pero es de mala calidad. No les ha ayudado mucho», tuitea el cientista político y columnista Patricio Navia. A los minutos es replicado por el diputado Gabriel Boric: «que imbécil, desafortunado e inoportuno tu comentario. Te pasaste».

Cencosud ofrece créditos sin interés a damnificados y postergar cuotas pendientes a quienes lo soliciten. «Pide tu avance en efectivo de $100.000 en 15 cuotas sin interés», dice el aviso publicado en diarios por la cadena de Horst Paulmann.

Las redes sociales multiplican las direcciones de albergues, centros de acopios y lugares para ir a ayudar.

La misma ciudad que hace unos años exterminaba quiltros es ahora una gran cruzada veterinaria para curar mascotas. Algo que llamó la atención del escritor Rafael Gumucio: «Algunos hipster fueron a salvar gatitos y perros mientras Valparaíso ardía y miles de sus compatriota luchaban por sus vidas #verguenzaajena», tuiteó.

En 1994, un incendio fuera de control en el Gasómetro —hoy convertido en una mega tienda de Cencosud— dejó a Valparaíso en estado de shock.

En 2008 y 2013 hubo incendios forestales que causaron daños millonarios en las quebradas, las mismas que fueron nuevamente pobladas y arrasadas por otro incendio.

Desde el Año nuevo de 2008 que Valparaíso, Viña y Concón gastan varios millones en fuegos artificiales. Solo ese año, según este registro, pagaron más de un millón de dólares en pirotecnia.

Entre los restos del incendio, una animita intacta recuerda a las tres mil víctimas del terremoto de 1906, donde hubo caos y pillaje. El Vicealmirante de la época ordenó fusilar y exhibir los cuerpos de 15 personas que encontraron saqueando. «La gran solución siempre ha sido tirar a matar y el problema continúa», reflexiona el historiador Gabriel Salazar en una entrevista publicada en La Nación.

«Tantas cosas estaban pasando que ya en nada podía creer. Entonces, como le habían dicho cuando era pequeña, su voz se fue tornando menos melodiosa. Había visto tantas desapariciones. Su voz se fue convirtiendo en un hilillo de voz», escribe Eduardo Correa en El Incendio de Valparaíso (2003).

Valparaíso, mi amor, la película estrenada en 1969 por el pediatra y cineasta Aldo Francia, habla en su sinópsis de «un penetrante y descarnado estudio social, mostrando un Valparaíso distante de los estereotipos turísticos, para revelar una realidad traspasada por la pobreza, la marginalidad y la injusticia».

«Los bosques se quemaban y el viento que venía del sur lanzaba el humo negro sobre el horizonte de los cerros. Con ese cielo oscuro sobre el puerto, yo no dejaba de pensar en que esas cenizas que flotaban en el aire podían ser parecidas a las de los hornos de un campo de concentración, a la borra de piel humana que deja una bomba atómica», escribe Álvaro Bisama al comienzo de su novela Estrellas muertas (2010).

Solo en la última década el plano de Valparaíso ha sido víctima de incendios en edificios patrimoniales. Los incendios de esos edificios, que no se pueden demoler, se han aprovechado para levantar torres de inmobiliarias. Muchas de ellos le tapan la vista al mar al resto de la ciudad. ¿Qué pasará ahora que el Estado organiza y planifica la re-construcción de las poblaciones quemadas? Nibaldo Mosciatti, de Radio Bío Bío, recuerda que «la corrupción del Partido Socialista español se hizo con el negocio inmobiliario. Alllí es fácil meter las manos desde el Estado».

El año pasado, un académico advertía de la vulnerabilidad frente a incendios del Gran Valparaíso, «por la existencia de casas de alta inflamabilidad, la dificultad en el acceso para los medios de extinción, una topografía altamente escarpada (…) y gran vegetación combustible y basurales en fondos de quebradas».

Agustín Squella, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, escribe que los changos fueron el pueblo prehispánico de la ciudad puerto, a la que llamaban Alimapa. «Y si “mapa” significa “tierra”, “ali” quiere decir muy seco, caliente, quemado».

Alguien dice en pantalla que no es el momento de buscar responsables. Que no es tiempo de sacar lecciones. Que más adelante, pero que todavía no.

Qué lindo es ser voluntario

Los vecinos que no se han ido a los albergues hablan poco. Desconfían. Tienen el mismo orgullo de cuando las cámaras se van a meter a los barrios de los ricos, pero no son agresivos.

Saben que la televisión quiere verlos rotos. Tampoco es tan difícil. Tienen sus casas de pie, pero alrededor quedaron los terrenos quemados, los pilares, las rejas, las vigas negras. Los restos de lavadoras y televisores derretidos.

«Gracias a todos por ayudar a mis vecinos», dice una pizarra afuera de una de las pocas casas que se salvaron de las llamas en el camino Las Torres.

Arriba huele a eucaliptus. A lo evidente. A quemado. A ceniza. A mojado. La quebrada parece arrasada por la lava de un volcán. Algunos postes ennegrecidos muestran apenas los colores de Santiago Wanderers.

Los vecinos hablan con un pastor de terno.

-Qué bueno verlo por acá.

-La Presidenta pidió ayuda espiritual a las iglesias y que importante que estos hermanos tengan una palabra de aliento, una palabra de Dios.

Las pocas casas intactas tienen medidor eléctrico. Las tapas de la calle dicen: «Agua potable. 2008». Entre los techos, cinco, seis y más antenas de DirecTV.

quebrada

Los desastres ofrecen alguna bifurcación: quedarse o escapar, resistirse o abandonar, ayudar o robar.

Las escenas fueron fuertes.

Después del humo de los pastizales quemados, vinieron las piras, las llamas que saltaron de cerro en cerro.

Las explosiones.

El sonido de las balizas y los aviones y después los helicópteros.

El viento maldito.

La gente corriendo cerro abajo con balones de gas, colchones y frazadas.

Las cenizas que volaron hasta el plan.

Los que subieron sus cosas en autos de anónimos que desaparecieron.

Las lavadoras viejas y los televisores nuevos sobre hombros que trotaban.

La desesperación de los que todavía no veían arder sus casas.

El que violó a una menor en medio del caos.

Los que llenaron baldes, ollas y teteras en grifos con muy poca presión.

Los que manguerearon sus techos.

Las siluetas de los que se enfrentaron al fuego.

Los que se quemaron.

Los que se llenaron de gases tóxicos.

Los que dejaron encerrados a sus perros y gatos.

El hombre que volvió al día siguiente y se murió de un infarto después de ver su casa hecha cenizas.

Hay tanto voluntario que empiezan otros problemas. Las caídas, los accidentes, faltan baños.

Un brigadista habla.

-Esto tiene que ser organizado o no va a servir.

Varios adolescentes rodean a una señora con polerón del Sename.

-Soy de los Padres Carmelitas de Viña y tenemos un montón de ayuda que queremos traer acá.

-Vuelve el lunes, el próximo lunes va a estar todo limpio. Pasa que acá hay familias que en este momento tienen hasta cinco paquetes de pañales, ¿cachai? Pero te vas a dar cuenta que toda esta gente que está ayudando no va a estar la próxima semana. Ahí es cuando vamos a necesitar tu ayuda.

Los menos, hacen fotos con sus teléfonos.

Hay mohicanos y blondor, voluntarios de Techo, no hay tribus urbanas.

Hay colectivos de Maipú, camiones de Peñaflor, autos particulares de San Felipe, Buin y otras comunas.

Los camiones se devuelven cargados de arbustos, ramas y árboles completos, pero sabemos que cuando terminen de sacar todo ya habrá crecido otra vez. Es la abrumadora indiferencia de la naturaleza.

Los voluntarios pican la tierra.

-Si no hay planificación y políticas a largo plazo, vamos a estar acá mismo el próximo año.

-Ahora vienen las inundaciones en Santiago y, si no llueve, el esmog.

-No hay que olvidarse de Iquique y el Norte grande. Ahí hubo un terremoto.

-Todos sabemos lo que viene y nadie hace nada, país de mierda.

De repente, quebrada abajo, otra cadena humana para subir la basura quemada hasta la calle.

Después de apagar una brasa, viene un C-H-I colectivo.

-El Mati es famoso, va a salir a la noche en el Mega.

Una pareja conversa con sus familiares que subieron para bajarlos.

-Fue brígido, si acá se escuchaban los tubos del gas, así paf, y los transformadores de allá arriba.

cadena

Lo sucedido

A las cuatro de la tarde del 12 de abril de 2014, la Conaf alertó de un incendio forestal fuera de control, al sur de Valparaíso, en el camino La Pólvora.

El viento sur hizo saltar las piras de quebrada en quebrada hasta quemar parte de los cerros El Vergel, Miguel Ángel, La Cruz, El Litre, Merced, Las Cañas, Rocuant, Las Torres, Pajonal y Ramaditas.

En minutos, un enorme nubarrón tóxico atravesó Valparaíso.

Fue lo que vieron los jugadores de Everton y Cobreloa en Playa Ancha. Fue lo que fotografió, desde el espacio, un satélite de la Nasa.

fire nasa

El martes 15 de abril la Conaf informó que el incendio se encuentra contenido.

Hasta la mañana del miércoles, Onemi, el Ministerio del Interior y las autoridades regionales informaron de 12500 damnificados, 2900 casas destruidas y 1200 personas albergadas.

Incendio en Valparaíso: de miseria a destrucción

Sobre el autor:

Alejandro Jofré (@rebobinars) es periodista y editor de paniko.cl.

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