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El abismo en el espejo: Nick Drake y Armando Rubio frente a frente

por · Marzo de 2016

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«En forma trágica falleció ayer el joven poeta y egresado de periodismo: Armando Rubio Huidobro al caer desde el sexto piso del edificio ubicado en calle Coronel Bueras 146, de la capital, por causas que se investigan. El cuerpo de Rubio fue encontrado en la madrugada por los vecinos», decía la nota de El Mercurio del 7 de diciembre de 1980. Las razones en que sucedió el accidente son, hasta donde sé, desconocidas. Rubio, junto con Rodrigo Lira, fueron dos estrellas negras en el oscuro firmamento de la poesía chilena de la década del 80. Lira, hasta hoy un mito alimentado por su presunta esquizofrenia, su relación con Enrique Lihn y esa triste presentación en el programa Cuánto vale el show donde interpretó unos versos de Shakespeare, sin embargo, parece encontrarse en las antípodas del autor de Ciudadano: mientras uno lucía unas anchas patillas y una personalidad que no pasaba desapercibida en ninguna parte, el otro era en cambio una especie de fantasma: delgado, silencioso aunque no por eso grave, cuyos versos, a contrapelo del primero, mostraban más bien cierta circunspección. Una mirada atenta, reposada, a ratos lárica, siempre consciente de ese aura espectral que parecía proyectar: Que mi rostro / siga / siempre / pálido: / así / nadie / sospechará / mi muerte. Como una fatal constatación y actualización del mito romántico del poeta joven, Rubio dejó una obra que no alcanzó a ver publicada: según cuentan sus conocidos, hasta antes de su muerte solía circular con una copia mecanografiada de varios poemas, que Alberto Rubio publicaría póstumamente el año 1983. Posteriormente, Tajamar volvería a reeditar el libro junto a algunos descartes, suerte de b-sides. El 2015, por su parte, Editorial Universidad de Valparaíso se encargaría de publicar sus poesías completas, mientras que Camino del Ciego Ediciones nos entregaría, a los lectores morbosos o sencillamente curiosos —quizá el morbo sea una deformación de la curiosidad— una compilación de los relatos que el poeta fue acumulando en diversos cuadernos, junto con algunos aforismos que, como en Kafka, Canetti o Lichtenberg, parecen llevarnos a una zona imprecisa y brumosa: No les preguntéis nada a los perros, pues lo único que saben es mirar. A los gatos tampoco conviene hacerles preguntas. Huyen velozmente y se refugian en los tejados. Y nada hay más desconcertante que sentir que alguien nos mira y no lo vemos.

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El 24 de noviembre de 1974, producto de una sobredosis de tryptizol, antidepresivo que el músico llevaba tomando desde hace un tiempo, muere en la casa de sus padres Nick Drake. Antes de eso grabaría, solo y probablemente deprimido hasta el hartazgo, Pink Moon. El disco, cuyo nombre parece evocar alguna especie de extraña ensoñación, fue grabado en bruto en la pieza que Drake tenía en Farleys, Birmingham, donde tuvo que volver luego de fuertes recaídas anímicas. Su voz, como el suave susurro de las hojas que se arrastran con las primeras brisas del otoño, parecen ir tejiendo una pequeña sinfonía de la soledad y la desolación cuando canta you can see the sun shine if you really want to en “Road” o now I’m darkest than the deepest sea en “Place to be”. Como Jeff Buckley o Elliott Smith, Drake me produce una perplejidad extraña: como si, en un arrebato ridículo de misticismo de cuarta, sus obras hubiesen sido una especie de relámpago sobrecogedor. Tres tipos que con una guitarra y una voz privilegiada son capaces de, al mismo tiempo, romper de un fogonazo la bruma matinal o llenar de oscuridad el día más radiante. Padre, hijo y espíritu santo de los songwriters cuyas voces permanecen como los ecos de algo ciertamente incomprensible.

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Nick Drake murió a los 26 años. Armando Rubio, a los 25.

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Cuando escuchamos Pink Moon nos es imposible no notar la presencia de la muerte, enorme y amenazante, inevitable e infinita, cada vez más cercana anota Amanda Petrusich en el libro que dedicó al disco. Mauricio Electorat, por su parte, escribe en el prólogo a las obras completas de Armando Rubio: el presentimiento de la propia muerte late en muchos de los poemas de Armando. Si siguiéramos la brújula del romanticismo podríamos hablar de premonición poética, de la poesía como revelación o conocimiento anterior. Ambos, de forma algo inquietante, dan por hecho algo que no puede sino dejarnos con cierto escalofrío: la muerte como confirmación de una estética, la tragedia como una forma de darle la densidad y validez necesaria a un texto que, puesto en otro contexto, probablemente pasaría como un mero devaneo en torno a lo inevitable. Pasó con Lira e incluso con Pablo de Rokha: si escarbamos un poco, siempre con un ánimo que está a medio paso entre la exégesis y la carroña cultural, vamos a encontrar pasajes de poemas que parecen decirnos que el suicidio estaba instalado como una especie de leitmotiv irrevocable. Esa idea, que en términos estrictos podría ser susceptible de refutación, es sin embargo un móvil y al mismo tiempo una certeza que permite, ex post facto, entender algo que en un primer momento se nos aparece en la forma de pesimismo o exacerbada sensibilidad. No es casualidad que, en El dios salvaje, Ál Alvarez haya tomado estos versos de su amiga Sylvia Plath: Morir / es un arte, como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien. / Tan bien que es una barbaridad. / Tan bien que parece real. / Se diría, supongo, que tengo el don. Incluso él que, desencantado de cualquier posibilidad de entender el suicidio como un fenómeno mecánico del tipo A+B=C, parecía entender que, a pesar de su oscura e indescifrable maquinaria, siempre aparecía de alguna u otra forma los avisos o señales desesperadas del que, enfermo de melancolía o tedio, buscaba en la muerte la redención, el descanso o la última llamada de emergencia.

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Miro una foto de Armando Rubio y otra de Nick Drake. Ambos delgados. Ambos mirando a la cámara como advirtiendo algo. Ambos usando el pelo largo. Pienso en la portada del disco Sad/Happy de Tim Buckley. Como si en esos rostros famélico la evidencia estuviera a la vista: de esta vida al fin, he perdido toda esperanza.

sad happy

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Hablemos de espejos: Alberto Rubio, poeta de la generación del cincuenta y con destacada trayectoria, podría explicar en cierta forma la adelantada lucidez de Armando. Al otro lado, Molly Drake, madre del desventurado observador de la luna rosa, fue también en su momento una brillante compositora. A pesar de que la primera no gozó en su momento del privilegio que, al menos a nivel local, tuvo Alberto Rubio, sí es inquietante observar cómo ambos crecieron bajo la espesa sombra de sus progenitores. En absoluta discordancia con los surrealistas que proclamaron la muerte del Padre, acá parece que esa figura se proyecta y deja trazado el sendero en medio de la espesura. Mientras uno decidió, en un gesto que podríamos entender como una última llamada de auxilio, trae una importante dosis de antidepresivos, el otro, en un juego que me parece absolutamente cruel pero necesario, conoce los sinsabores de esa caída con los que Huidobro erigiera esa obra esencial de la poesía chilena que fue Altazor. Mientras el primero jugó literariamente a testimoniar el descenso al abismo, el otro —primero como tragedia y después como ¿comedia?— sencillamente cayó.

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Me imagino a Armando Rubio tocando guitarra y a Nick Drake escribiendo poemas, ambos mirándose con pavor frente a un espejo que es, al mismo tiempo, un abismo. Como si cuyos rostros, desprovistos de cualquier épica, hubiesen nacido predestinados para encontrarse por el diabólico arte del azar. Como si tras esos rostros angelicales se escondiera un mensaje secreto que nos interpela con una rabia melancólica. Furiosamente tristes.

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Armando Rubio murió a los 25. Nick Drake, a los 26. Entre ambos parece haber un espejo que es, al mismo tiempo, un abismo.

El abismo en el espejo: Nick Drake y Armando Rubio frente a frente

Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández (@ensayo_error) es autor de Junkopia y mantiene el blog lacitadeunacita.

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