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El lado malo de las cosas

por · Febrero de 2013

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Finalmente comencé a leer Cinépata (Alfaguara, 2012), la bitácora, suerte de confesionario, casi libro-objeto, que Fuguet publicó el año pasado. Mientras lo leía, sin parar —en micros, cafeterías, metros, pasillos y filas de salas de cine; en no lugares—, me iba dando cuenta, una vez más, tal como me pasó tras Apuntes autistas (2007), de la fuerza que tiene la primera persona de Fuguet.

Hay demasiada sinceridad en las páginas de Cinépata. Demasiadas anécdotas, pensamientos en voz alta, datos incluso personales, que asoman en medio de trivia y blockbusters.

Frecuentemente es como leer o escuchar a un amigo. A un buen amigo.

No sé si será porque he compartido con Fuguet o porque cuando escribe de cine, simplemente, tiendo a conectar con él, con su forma de comunicar.

Escribo todo esto, exactamente, luego de asistir a la función de prensa de El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook) y minutos después de parar mi lectura de Cinépata, en una banca del Hoyts La Reina, justo tras leer estas líneas de Fuguet sobre Héctor Soto: «Rara vez se lo ve en las ‘privadas’, esas funciones exclusivas para periodistas, porque la crítica que él hace no tiene que aparecer necesariamente el día del estreno. ‘Prefiero verlas con gente normal; ojalá en el centro’».

¿Por qué reproduzco tal cosa? Porque es un mundo extraño, inquietante, incluso perturbador, el de las funciones privadas y, corolario, me interesa escribir, compartir, un par de ideas al respecto. Pasa que Don Héctor me ha demostrado que no soy el único que lo vivencia de este modo.

Pasa, precisamente, que siempre me he sentido alienado en las ‘privadas’. Ajeno. Externo. Si bien tengo el privilegio de asistir —ya que escribo de cine en un par de blogs— y ver las películas antes que todos, frecuentemente me resulta incómodo el ambiente que se desenvuelve en esas salas. Lo explico: cuando veía El lado bueno de las cosas me pasó lo mismo que cuando veía Amigos (The Intouchables): quizás demasiadas risas forzadas por parte de algunos periodistas. Como tratando de reafirmar quizás qué diablos con la carcajada. Como queriendo validar para sí mismos y para el resto de la sala su propio ojo crítico (El lado bueno de las cosas está nominada a 8 Oscar, por cierto). O, tal vez, que si algunos colegas internacionales ya la aclamaron, o la gente en Metacritic y en IMDB la tiene con puntajes sobre 7,5 entonces hay que hacer lo mismo, hay que disfrutarla. A priori. Porque para algunos que escriben de cine, si la masa dice salta, ellos dicen ¿cuán alto? Algo bien postmoderno, por cierto. Un deber ser. Como esos lugares que vas solo porque están de moda, y cuando llegas no los encuentras tan bacanes, pero igual haces que lo estás pasando bien para no desencajar con tus amigos que están haciendo check-in en Foursquare.

Porque, claro, todos somos un poco cínicos.

El lado bueno de las cosas 4

Antes de la función de prensa ya había visto Silver Linings Playbook. Me la quise repetir en pantalla grande porque la película me afectó para bien. Tiene un protagonista (Bradley Cooper, nominado al Oscar), que vive en un mundo tan irreal, tan demente, tan bipolar, que resulta envidiable. Sin bien para vista de muchos —como su propio padre (Robert De Niro)— es un perdedor, en su mente, en su locus interno, él no está nada mal, nada desencajado. Absolutamente, no. Es una propia versión de su historia la que se construyó para enfrentar la vida. ¿De forma consciente o inconsciente? Da lo mismo ese tipo de análisis en este filme. Simplemente se trata de una versión que le permite seguir viviendo. Y, de este modo, afortunadamente, conoce a una mujer imposible (Jennifer Lawrence, nominada al Oscar, y en su mejor papel desde Winter’s Bone) que, de cierto prisma, le permite seguir con su asunto. Una mujer que lo acepta tal cual es: «Quiero que seamos amigos», le dice, en una de las escenas clave de la película. Una mujer bastante dañada, histérica, quizás; y, a la vez, implacablemente sincera y dispuesta a dar —y darse— una segunda oportunidad.

Pero acá no se trata de analizar personajes o ejercicios similares. Esto no es una crítica, por tanto es preciso volver a la zona cero de este texto:

Nunca había visto la sala de prensa tan llena como en la función de Silver Linings Playbook. Encontré solo dos asientos vacíos cuando llegué. Pregunté por qué tanta afluencia y me contestaron que era por las 8 nominaciones al Oscar que la película posee. Entonces me senté, en primera fila, como siempre, y traté de disfrutar, una vez más del filme, a pesar de las carcajadas, a pesar de lo molesto que me resulta compartir sala con algunos periodistas. Traté, también, de repasar algunas ideas que flotaron la primera vez que vi El lado bueno de las cosas. Como por ejemplo que Pat Peoples (Cooper) perfectamente puede ser un personaje de una película de Fuguet. Un bastardo, una lectura libre, entre Exequiel y Ariel Roth. O que Tiffany (Lawrence) es una versión exagerada —a veces, en muy pocas ocasiones, mucho es la medida exacta— de la Francisca Lewin que ha compartido pantalla con Pablo Cerda. O, también, la idea de ‘no hay nada como el hogar’, pero, en cierto momento de tu vida el hogar ya no puede ser tu hogar y ahí, recién, quizás, te das cuenta que caminos debes tomar. O, también, y desde otra zona, que si bien Silver Linings Playbook a ratos abusa un poco de algunos ítems —el chovinismo, el racismo, el pasar colado un placement descarado de Apple— estos no entorpecen, obstaculizan o ensucian el tramado del filme.

Cuando por primera vez terminé de ver la película, le mandé un SMS a un amigo que hace poco fue padre y que vive con la madre de su hijo y que está pasando por una crisis. Le recomendé que viera Silver Linings Playbook. Sentía que el visionado le iba a resultar, de algún modo, tranquilizador. Porque, en el fondo, eso es Silver Linings Playbook, un filme ‘tranquilizador’: un filme que le coloca una manta gigante a un holocausto. Dando un segunda oportunidad. Permitiéndole a tu vida fluir por un carril que muchas veces no pareciera ser el más adecuado, sí el más sincero.

El lado malo de las cosas

Sobre el autor:

Ignacio Molina (@Molinaski)

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