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El oleaje autobiográfico

por · Abril de 2016

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Por recomendaciones y críticas, un poco a regañadientes leí No te ama, la segunda novela de Camila Gutiérrez. En otro de mis prejuicios idiotas, yo había catalogado a su autora exclusivamente como una bloguera que había inspirado una película —Joven y alocada— y no sabía o no quería saber que era una escritora. O que pretendía serlo. Y lo es. Avancé rapidísimo por las 150 páginas del libro, pues no hay otra forma de hacerlo ante un relato que opera dramáticamente con la urgencia de una teleserie adolescente. A ratos, con la misma ligereza. La trama es sencilla: después de tres años emparejada con la que había sido la mujer de sus sueños, Cami rompe con Vietnam para iniciar una relación con un hombre, Bolivia, y sin embargo no puede parar de pensar en Vietnam. En rigor, no hay mucho más que ese triángulo amoroso. No hay más que titubeos románticos juveniles. Y aunque todo está a punto de ser completamente irrelevante y por eso mismo aburridísimo, algo pasa con No te ama y eso es su escritura. Lo arrolladoramente viva que está su escritura.

Empiezo hablando de No te ama en esto que suponía iba a ser un listado más o menos convencional de los mejores libros del 2015. Ya no sé si va a ser eso; no solo porque es muy tarde (¡termina abril!, debería hablar de lo que viene en 2016), sino porque cada vez me parece más vacía la idea de «lo mejor». Como sea, ahí está la novela de Gutiérrez: brillando en un año en que lo más interesante estuvo, como este libro, tensionado por la trampa de la ficción y la no ficción. Ese límite ilusorio para la literatura que nos hace creer que cuando Camila Gutiérrez habla de la Cami, una chica que precisamente fue la fuente de la película Joven y Alocada, habla de ella. En ese terreno es donde juega Alberto Fuguet en la súper comentada No Ficción, o Gonzalo Eltesch en su primer libro, Colección Particular, o Nona Fernández, que cruza la historia de su familia con la memoria histórica en Chilean Electric, o incluso Gonzalo Maier, que difumina su vida en las rutas de reflexiones en Material Rodante. Ni siquiera Jorge Baradit se resistió al oleaje autobiográfico y en un epílogo testimonial de su best seller Historia secreta de Chile habla de dónde viene: sus padres, sus abuelos.

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No te ama (Plaza Janés)
Camila Gutiérrez

Lo de Baradit tiene algo de sintomático. Como sabemos Historia secreta de Chile es el desfile de episodios sorprendentes y casi siempre ocultos de nuestra historia, protagonizados por Arturo Prat, máquinas que prefiguran Internet creadas por la UP, el cuerpo de Manuel Rodríguez, etc. Al final, Baradit hace un contrapunto: dedica el libro a sus abuelos, a sus tíos, a sus padres, ciudadanos chilenos sin más heroísmo que haber trabajado día a día para sacar a su familia adelante. «Porque han sido ellos y no otros los que han construido este país con sus músculos y sus manos, porque solo ellos han pagado la cuenta de cada desastre y nadie más. Son la historia de mi país y me llenan del orgullo», escribe en el párrafo final de Historia secreta de Chile. Imagino esto: a esas miles de personas que pasaron las páginas del libro asombradas porque la historia del país también era una película de terror o de ciencia ficción protagonizado por próceres, políticos, mártires, torturadores etc., terminando esas dos páginas finales emocionados: se trataban de ellos. Si lo anterior era tremendo, pareciera decir Baradit, este soy yo y, en realidad, es mucho más tremendo. Y en ese «yo» incluye también a sus lectores.

El gesto biográfico de Baradit es muy acotado, tanto que la historia de su familia no alcanza a constituirse en un relato. Es una mención. Un aviso: ese relato existe y, créanlo o no, es la única épica posible. En ese sentido, el tono de Baradit en ese epílogo es pura grandilocuencia, exactamente lo contrario a la voz baja con que (casi siempre) se ha desplegado la narrativa chilena de los últimos años cuando utiliza materiales biográficos. Y algo más: le debe todo a su relato, a su tema, a lo que cuenta, y prácticamente nada al lenguaje. Donde Baradit escribe con eficacia y sencillez, Camila Gutiérrez se juega todo en la escritura. Tras leer No te ama, pareciera que Gutiérrez tiene eso tan escurridizo y fundamental para un escritor que quiera serlo: un estilo. La historia de la novela, como dije, está al borde de lo insustancial; acaso su mayor valor está en atrapar un modo juvenil súper contemporáneo, tan actual que leerla también es asomarse a un retrato social de la libertad, el desprejuicio, la soledad y el vacío de ciertos veinteañeros de los días que corren. A Cami, la protagonista y narradora, la acecha la precariedad y las dudas, pero ya resolvió que pasar de estar con una mujer a un hombre es un tránsito que no tiene sentido categorizar sexualmente. Para qué decir moralmente. La clave de No te ama está en que el relato consigue su espesura en el texto: es una prosa que se mueve como si fuera un flujo de materia, lava o nieve, algo donde se puede ver y a veces hasta palpar la desilusión amorosa, la ansiedad romántica y la desorientación general. Está en el ritmo, en el fraseo, en las palabras. Todo es intenso y urgente, y sin embargo nada es en realidad exagerado porque lo que sucede en el libro es simplemente lo que le sucede a cualquiera.

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Historia secreta de Chile (Sudamericana)
Jorge Baradit

Lo que se le sucede a cualquiera podría ser también el tema de Discursos de la juventud contemporánea, la primera novela de Álvaro Bley. En este caso, a un universitario cualquiera en el Santiago de hoy. Carretes, aburrimientos, clases, posibilidades románticas, decepciones, etc. No sé si Bley habla de su vida, pero entiendo que tuvo a mano sus experiencias para escribir este libro que, de hecho, es de una ambición naturalista total: más que contar una historia, quiere mostrar un paisaje y sus pulsaciones. Como Gutiérrez, también intenta usar exactamente la forma del lenguaje de sus protagonistas, pero el tono de Bley está en el extremo opuesto de la urgente intensidad de No te ama: es pura abulia. O perplejidad. Es ese larguísimo despertar adolescente que le cuesta tanto saber dónde despertó. Tan largo que también la novela se hace larga; avanza sin salir del tono, insistiendo en un punto que ya estaba hecho. La frescura inicial se vuelve el sonido de una tecla que se repite.

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Discursos desde la juventud contemporánea (Los libros de la Mujer Rota)
Álvaro Bley

Sospecho que Bley no quiso intervenir demasiado el flujo del relato y lo dejó moverse hasta advertir un final. Muy acorde al tono que escogió, evitó el suspenso y los clímax. Evitó esa acción literaria tan clásica de montar —el montaje— que con tanta soltura resuelve Gutiérrez en No te ama. Ella se mueve en los tiempos elásticos de la ficción pese a que, como ha declarado más de una vez la autora, su vida es la fuente concreta del texto. Resume años en frases, demora tardes en páginas, empieza y termina el libro antes de que puedas imaginar que eso está pasando. Y es porque Gutiérrez echa andar la máquina de la retórica que su libro adquiere una densidad literaria que, por ejemplo, está prácticamente ausente de un libro como Pepi la fea, de Josefina Wallace, que también cuenta una historia de —básicamente— desencuentros amorosos. Que sea autobiográfica, en realidad, da lo mismo.

¿O no? ¿Da lo mismo que una novela sea autobiográfica? Salvo por el posible valor testimonial, sospecho que da lo mismo. Que sea o no Proust el protagonista de En busca del tiempo perdido es una pregunta aburridísima, estéril y a veces tan riesgosa como sostener que Bolaño contaba su vida en sus cuentos (Jonathan Lethem llegó a creer que había sido adicto a la heroína). Si de algo valen las tres mil páginas de Karl Ove Knaussgard no es porque nos cuenta su vida, sino por los desvíos y atajos que toma para contarla. Sin embargo, este tipo de narrativa puede tener otros efectos interesantes: en la novela Formas de volver a casa, Alejandro Zambra echó mano de su experiencia y terminó dándole sentido a una sensibilidad generacional. Si tuvo el eco que tuvo fue, sospecho, porque en ese libro Zambra hablaba en su calidad de participante medio de esa generación que se hizo adolescente y joven en el tránsito de la dictadura a la democracia. Aunque, claro, sin haber modulado todo eso con los mecanismos de la ficción no habría habido tanto eco. El montaje, la retórica, el artificio, de eso se trata generalmente la literatura y el año pasado Alberto Fuguet demostró que dominaba perfectamente esas en la novela No ficción.

«Voy a escribir de ti, hueón», dice Álex en la primera línea de No ficción poniendo el tono del libro: es un diálogo violentamente íntimo. Álex llega donde Renzo para contarle que va escribir una novela o un libro sobre la relación que tuvieron: se enamoraron o algo parecido, pero nunca estuvieron dispuestos a decirse claramente qué pasaba entre ellos, mucho menos a hacer nada con eso. No pudieron. No se atrevieron. Sobre todo, evitaron el sexo. En una conversación dura, envuelta en recriminaciones y también en el eco de un cariño aun inevitable, aparece la historia que compartieron: la complicidad que lo unió fue tan concreta que no les bastaba con hablar de las películas que ambos les gustaban, ni siquiera con hacer películas juntos, también necesitaban tocarse. Necesitaban, pero cada vez que pasaba uno de los dos terminaba mal.

En ese sentido, los personajes de Fuguet están en las antípodas de los de Camila Gutiérrez. Les cuesta tanto ser quienes son. Están llenos de cuestionamientos, no son capaces de dar un paso hacia adelante sin dudar de todo lo que recorrieron. Tienen tanto miedo. Viven escondidos, incluso de sí mismos. Renzo, de hecho, prefiere huir de sí mismo, le tiene terror a asumirse gay. Álex, en cambio, se libera y precisamente su liberación es el motor de No ficción. Es un motor avasallador, agresivo: después de que él ha salido del closet, llega hasta el departamento de Renzo para convencerlo a que él también lo haga. Lo acorrala. Ahí está la violencia. No en el lenguaje súper descarnado de Fuguet para hablar del sexo masculino, sino en esa presión que ejerce Álex sobre Renzo para que él también disfrute de la liberación. Lo presiona a ser feliz.

Que Fuguet le haya dicho a La Tercera que No ficción es lo más lejos que puede llegar antes de escribir sus memorias termina por ubicar el libro en esto de la narrativa autobiográfica. Aunque ya era suficiente para saberlo con los datos que entrega de Álex: ese escritor y cineasta ha tenido una trayectoria muy similar a la del mismo Fuguet, incluso ha escrito un libro llamado Perdido, que hizo arrodillarse a los críticos. Pero ya sabemos, creerlo todo es una trampa y, sospecho, Fuguet cuenta con que caigamos. Con que nos confundamos. No creo, sin embargo, que sea casualidad que Fuguet haya decidido publicar un libro supuestamente tan personal como este, que lo llevó a decir públicamente que es homosexual, precisamente en 2015, cuando Chile terminó un proceso de transparencia radical. A la fuerza, ya sabemos. Vía tribunales. Él, en cambio, lo hace en sus términos, sin que nadie se lo pida: con una novela que restituye su dominio de la ficción tras dos libros de ensayos —Cinépata y Tránsitos— e incluso vuelve a conectar con el gran público. Quiero decir: la gente hacía colas en la Feria del Libro de Santiago para que le diera un autógrafo.

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No ficción (Literatura Random House)
Alberto Fuguet

Que la novela se volviera un «tema de conversación» se explica, en parte, por el morbo (el autor de Mala onda es una figura más o menos pública), pero también porque habla de un tema absolutamente actual: no hay otra opción que liberarse. Ya no hay otra opción que ser quien uno verdaderamente es. Parece un slogan de autoayuda, es cierto, pero hoy no nada más desprestigiado que andar vendiendo una identidad falsa. Son los tiempos que corren y, en ese sentido, lo que hizo Fuguet con No ficción fue ponerse en sintonía. Sospecho que estoy reduciendo el libro a un movimiento estratégico personal de su autor y, en rigor, es más que eso: el libro pretende exponer el ánimo de su época, incluyendo un somero retrato del nuevo paisaje de Santiago, hecho por los innumerables edificios que se apoderaron del centro de la ciudad. (También, claro, es un trampolín para Sudor) En esa ansia naturalista, la novela conecta con No te ama, de Gutiérrez y opera en las antípodas de Colección particular, de Gonzalo Eltesch, un libro que no sale jamás de la esfera de la intimidad.

Colección particular es la mirada de un hijo. Sobre todo a su padre, un vendedor de antigüedades de Valparaíso que preferiría no vender nada, pero también a los contornos irregulares de su familia. O mejor, a los contornos de lo que ha sido su vida. El narrador retrata a su madre, a su abuela, a tíos, mujeres, también varias casas, muchos objetos, ciudades, y antes que hilar todo eso en un relato, prefiere un texto fragmentado, hecho de escenas desconectadas, imágenes que conforman un inventario de recuerdos. Se trata, como dice el título, de una colección personal para hacer frente a la colección de objetos entre los que prefiere habitar su padre. Es la mirada de un hombre titubeante, más desconcertado que triste por la soledad que lo persigue, que nos informa exactamente en la mitad del libro que su nombre es Gonzalo Eltesch, el mismo del autor del libro.

Eltesch —editor de Penguin Random House, responsable de libros como No te ama y Historia secreta de Chile—, no entrega más señas personales que su nombre en Colección particular. O quizás sí. Como siempre, da un poco lo mismo. Lo que sí hace es informarnos varias veces que estamos frente a una novela que existe independientemente de sus personajes, los que incluso son capaces de opinar de ella. Aun más: el propio narrador nos informa lo que está haciendo y entre los datos que nos entrega, desliza la idea de estar moviéndose en ese tramposo terreno de la ficción y la no ficción: «Buscar la forma de escribir una novela sin ficción. Como dibujar un ser humano sin esqueleto, sin ornamentos, sin nada». Más allá, casi al final, cuenta que ha releído el texto y ha sentido un «vacío»: «Mi mundo, el mundo de ellos, es simple. Ni siquiera puedo adornarlo con palabras ni ficciones elaboradas; sería trampa; aunque me gusta hacer trampa».

La autoconciencia de Colección particular se vuelve insistente mientras se acerca el final y aunque rompe un poco la encantadora intimidad que ha conseguido, se despliega con el mismo tono inseguro que Eltesch ocupa para hablar de su padre y todo el resto de su inventario. Hay un giro que no alcanzo a descifrar claramente y ocurre cuando el narrador suelta esta pregunta: «¿Y si vuelvo a escribir la misma historia una y otra vez hasta que se convierta en una novela verdadera, en una novela real?». De fondo, creo, subyace una idea un poco ingenua: que la literatura reemplace a la vida. Y otra idea más: lo verdadero, acaso como lo opuesto a la ficción. En ese intersticio se mueve la escritura de Eltesch. Avanza y retrocede, cede y retoma; se lee a sí misma y aunque duda de lo que ha leído, no borra, prefiere dejar los rastros, los cabos sueltos, la imposibilidades. Pero algo pasa: el movimiento, de pronto, se torna simulado. Impostado. No en toda la novela, pero a ratos pareciera que Colección particular lo que quiere es estetizar la experiencia, hacer de ella una experiencia precisamente literaria. Y en ese tránsito sucede lo peor: pierde sangre, pierde vida.

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Colección particular (Laurel)
Gonzalo Eltesch

Eltesch no pierde el libro, ni mucho menos. Pierde algunas páginas, quizás. Sospecho que en ellas, en que las perdió, se advierte el peligro de escribir literatura con la propia vida: vaciarla de sentido, transformarla en artificio. O, en el fondo, confiar tanto en la escritura. Creer tan transparentemente en ella. Quizás Gonzalo Maier también es un creyente, pero se lo toma con calma. Hace años leí con asombro Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino, y más que ninguna propuesta me quedó rondando una: la ligereza. No es fácil hallarla sin que esté asociada a la superficialidad. Está en Material rodante, un libro inclasificable de Maier. Publicado por la editorial española Minúscula, podría ser un diario de viajes, pero de un narrador que adora la pieza central del no viajero: el pijama. Escribe: «Estaba tan aburrido de ducharme cuando suena el despertador, que apenas salí de vacaciones me transformé en un tumbado. Y en ese momento, encerrado en casa, no muy lejos de los andenes y de las horrendas corbatas de moda, descubrí el fascinante y almidonado mundo del pijama, que por cierto no solo es el antónimo de la productividad y del movimiento —acaso del capitalismo tardío— sino el embajador de la perfección».

Sé que me extralimité al ubicar a Material rodante en esta oleada de la narrativa autobiográfica, porque no hay muchos rastros que permitan ligar a su narrador con el Maier que firma. Hay un par: es un joven chileno que reside en Lovaina por estudios y es un lector disperso y constante. Ese perfil le calza a Maier. El problema, en todo caso, es otro: acá no hay trampas entre ficción o no ficción, no hay biografía que explotar, pues el libro es ensayístico. No, no tanto: es pura digresión. Reflexiones sin cesar matizadas por historias. Anotaciones sobre los nombres de los delincuentes más buscados dispuestos en una estación de trenes, para luego descripciones sobre El síndrome de Stendhal que amenaza a ciertos viajeros y después preguntar por qué diablos las biografías de los escritores en las solapas de los libros aún incluyen los viajes que han hecho. Estoy simplificando, Maier abunda en apuntes —nunca farragosos— sobre decenas de temas, a veces es incluso personal y sobre todo es ligero.

Podría decirse que Maier se va por las ramas, pues literalmente hay un tronco en este libro: el de una araucaria del sur de Chile creciendo sin pausa en una ciudad perdida de Holanda. ¿Cómo llegó ahí? ¿Cuál fue el viaje que recorrió ese árbol sagrado de la cultura mapuche hasta instalarse en Etter-Leur, donde el narrador la observa asombrado desde su asiento en el tren? Maier, o quien sea, reconstruye ese viaje y lo va contando por partes durante casi todo el libro hasta encontrar el origen: los hermanos William y Thomas Lobb, dos cazadores de plantas exóticas que en 1840 hicieron su primer viaje al sur del mundo y llegaron a Valparaíso. Lo que sigue es una confesión: «Durante un tiempo intenté escribir esta historia como una novela de época y no como estos apuntes inútiles y dispersos, pero a las dos horas me cansé de jugar al hipócrita porque nada me aburre más que las novelas históricas».

En esa declaración yo leo dos cosas: al verdadero Maier escribiendo, lo que por supuesto da lo mismo, y —esto importa más— una refutación de la novela tradicional. Contar una historia, llevarla adelante durante cientos de páginas, más aún si está basado en hechos reales, sería un despropósito en la estética de Maier. Él dice que es aburrimiento, pero creo que la razón porque la Maier no escribe la historia de los hermanos Loob y sí Material Rodante es por una manera de entenderse con la literatura y, quién sabe, acaso también con el mundo: dejándose llevar. Así, termina haciendo de sus constantes viajes en tren la materia de un libro que, a la vez, discute y renueva la idea del libro de viajes: solo tiene sentido si hay movimiento, que sea tangible es importante, pero no siempre: lo exótico ya no está en ninguna parte y si existe también convive en nuestra mochila.

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Material rodante (Minúscula)
Gonzalo Maier

Me quedo con muchas cosas de Material rodante. La ligereza, la opción estética, también la manera en que Maier elabora pequeños ensayos prácticamente a partir de nada. Son chispazos, pero no son los mismos de los que está formado Chilean electric, de Nona Fernández, una novela que es una memoria familiar, una historia de la llegada de la electricidad a Santiago y de la violencia política de la dictadura. Antes de llegar a la mitad del libro, Fernández deja por escrito su intención: «Podría contar algunas historias y heredarlas después a mis nietos en mi pieza oscura. Encriptaría en ellas algún mensaje oculto, un enigma a descifrar como el que quedó circulando en esa escena de la ceremonia de la luz que me contó mi abuela. Con suerte y buena voluntad, esos mensajes podrían cobrar sentido en el futuro e iluminar respuestas o quizá más preguntas. Pequeños cortocircuitos, chispazos de luz que llamarían la atención y que obligarían a enfocar zonas oscuras, terrenos invisibles».

En Space invaders, publicado en 2012, Fernández narraba la memoria de su curso en el colegio con una compañera particular, la hija de un carabinero que años después sabrían que era Guillermo González Betancourt, uno de los responsables del Caso Degollados. Era un relato onírico, hecho a retazos de recuerdos, difuminado en distintas voces. Desde esa novela a Chilean electric hay un salto. Uno ambicioso. Quiere conectar tantas historias. Su abuela, la que dice haber estado en la ceremonia donde se encendió la electricidad en Santiago, no solo trabajó tipeando los discursos que daría el dirigente socialista Clodomiro Almeida durante la UP, sino también fue quien revisó sus primeros cuentos de niña y le dejó una máquina de escribir Remington. Además, están los recuerdos de Fernández sobre una niñez ensombrecida por la dictadura, desde donde proviene una imagen imborrable: durante una protesta en la Plaza de Armas, ella ve a un niño en el suelo al que un carabinero le ha sacado un ojo de un golpe.

Todo se entrelaza en Chilean electric, pero no estoy seguro sin con la suficiente fluidez. Acaso hay un mensaje misterioso que no logro descifrar en el libro; sospecho que pasa algo más simple: que en el intento de otorgar una narrativa a la experiencia familiar, Fernández creyó encontrar un camino para incluir, en el revés de la luz, la oscuridad que dominó a Chile durante la dictadura. En ese tránsito, el relato pierde intimidad y se carga de solemnidad, incluso cuando cada frase tenga el tono del susurro. «Iluminar con la letra la temible oscuridad», escribe dos veces, en páginas distintas, ambas ocupadas con esa sola frase. «Yo, la que copió todos los mensajes de auxilio que me fueron transmitidos», añade casi al final

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Chilean electric (Alquimia)
Nona Fernández

Quizás otra lectura es más certera: moviéndose desde la claridad a la oscuridad, Chilean electric describe una ruta de la memoria. Un camino en que los recuerdos empiezan siendo vívidos, aun cargados con el eco de la experiencia y la complicidad, pero paulatinamente empiezan a ser confusos, dejan espacios en blanco que son llenados con teorías, con versiones de otros, con nuevos significados que quizás antes no estaban, y entonces el relato pierde fluidez, va en saltos, incluso cambia de tipografía, deja de ser un testimonio para ser una declaración y, de hecho, Fernández deja de ser quien recuerda para tomar un rol en la escenificación de esos «pequeños cortocircuitos» que chispean en la Plaza de Armas de Santiago. Me gusta esta última opción, sobre todo porque implica que Chilean electric es también un cuerpo que se desmembra hasta ser otro, pero no puedo dejar de sentir que en este caso el lector debe aceptar un entramado que ha sido encajado a la fuerza.

La historia, con mayúscula o minúscula, siempre pasa por nuestras vidas. Siempre es autobiográfica. No sé si Germán Marín ha pensado alguna vez en esa idea, pero de eso se trata también su Trilogía de una absolución familiar, que Alfaguara reeditó el año pasado. Tres novelas espesas, hechas de rencor, rabia y cariño, sobre el pasado de un país ya imposible y a la vez innegable, por el que un hombre transitó «fuera de la historia, al igual que los payasos fuera del circo en llamas», como dice en La ola muerta. Marín es biográfico, pero también es pura ficción. No le interesa el límite. Le interesa diluirlo. Es así, ¿no?: toda frontera está hecha para cruzarse. Todas las veces que sea necesario. Tantas veces lo hace Marcelo Leonart en la excesiva novela Pascua. Incluso Álvaro Bisama se lee a sí mismo cuando habla de tele, farándula y política en Televisión o, extremando el caso, lo que hace Rafael Gumucio en la novela Milagro en Haití es reversionar en clave de ficción la memoria Mi abuela. Son los trucos de lo literario, en realidad. Que uno lea atento a tanta costura es otra cosa. Es caer en la trampa.

El oleaje autobiográfico

Sobre el autor:

Roberto Careaga es periodista de El Mercurio.

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