Publicidad

El Santiago de los libros

por · Julio de 2013

Publicidad

En las novelas, las acciones toman forma en espacios. En sus páginas, los personajes narran lugares que muchas veces conocemos, y solo en la capital se concentra buena parte de la literatura local. Camila González unió todo eso, pero sobre un mapa digital de Santiago.

Revisar con ella el sitio MapaLiterario es como tener una clase rápida de geo-literatura chilena. «Al cerrito Huelén lo llamó Santa Lucía porque yo creo que tenía una polola que se llamaba así» dice el Papelucho de Marcela Paz sobre el punto exacto donde se fundó la capital. «¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana?» se pregunta a unas pocas cuadras de distancia el Bolaño de El secreto del mal. «La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada». Así son el medio millar de citas literarias que el equipo dirigido por Camila González y los editores Josefina Marambio y Joaquín Castillo, reúne con el fin de ubicarlas en un plano virtual de Santiago y trazar el MapaLiterario. El Santiago de los libros. Santiago expresado a través de la literatura de distintos autores, imaginarios y épocas. «El tema me motivaba demasiado por el hecho de mapear cosas que no existen. Todo el mundo mapea hospitales, bombas de bencina pero, siendo súper reduccionista, al mapear ficciones lo que estamos haciendo es un mapa de cosas que no existen, es casi como mapear sueños y eso es fascinante».

La idea de Camila surgió durante su proyecto de título, cuando conoció el ensayo La muralla enterrada de Carlos Franz, un libro que vincula novelas chilenas del siglo XX con Santiago. «Me pasó que yo había conocido lugares de Santiago por libros. Tú tienes recuerdos propios asociados a las calles, pero cuando lees un libro se te suma ese recuerdo como si fuera tuyo. Por ejemplo, con Mala onda y el Hotel City: yo no lo conocía y me di cuenta que mi mamá se quedaba ahí cuando chica. Gracias al libro (donde Alberto Fuguet aloja al personaje Matías Vicuña) encontré algo de historia propia en ese lugar. Este fenómeno es demasiado potente». Entonces MapaLiterario le dio a Camila su título de diseñadora, en 2011, y desde entonces el sitio funcionó como un beta, hasta que este año su equipo ganó un Fondo del Libro del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. En abril pasado MapaLiterario fue lanzado en la Fiesta del libro de Plaza de Armas, con una mesa redonda encabezada por los cronistas Álvaro Bisama (Postales urbanas, Caja negra, Ruido) y Óscar Contardo (Raro, Santiago capital). Y desde entonces acumulan más de quinientas citas sobre cien lugares de Santiago; con Matucana, el Centro, Estación Central y La Chimba entre los barrios más mencionados. «Me encantan los mapas porque yo soy muy desorientada. Que algo no pase en París, en una calle que no conoces, sino que en una calle por donde pasas, hace que haya una conexión distinta. No sé si a la gente le pasa, pero cuando leí Los detectives salvajes me dieron ganas de ir a México. Nunca antes quise ir hasta leer esa novela. Tengo un motivo emocional para ir, hay algo que me vincula a ese lugar ahora y quiero ir a conocerlo. ¿Por qué no puede ser al revés?».

Mopa

 

En Europa y Estados Unidos hay quienes leen nuestra producción literaria como literatura a secas y quienes leen “literatura latinoamericana”, como si fuera un género específico que trata sobre dictaduras, narcotráfico y pobreza. ¿Qué temas se repiten en el MapaLiterario de Santiago?
—De dictadura hay muchísimo, pero también hay harto fundacional, histórico, libros que hablan de la Colonia. Fuera de eso, hay hartas citas que hablan de comida, de locales, está esa idea media Díaz Eterovic de describir el “localucho”.

 

En MapaLiterario cualquiera puede subir citas. El sitio está construido en WordPress y una adaptación de Google Maps que ordena las colaboraciones en las categorías: Narrativa, Poesía y No ficción, sobre el mapa de Santiago, combinando ese material chequeado con el aporte del propio equipo de MapaLiterario. En su archivo hay citas que datan de 1821 y los más diversos autores. Pero las preferencias están claras. «No es lo mismo subir una cita por cumplir con un rigor académico o un interés puntual, en comparación con un usuario que subió una cita porque en realidad le marcó».

La idea también es usar el mapa. Por eso MapaLiterario apuesta por salir de la pantalla y caminar por las distintas citas a través de rutas. «Las citas aisladas pueden ser súper áridas. De repente las citas no son tan entretenidas, son datos, y lo entretenido de los datos es que cuando los cruzas se transforman en información. Por eso la idea de las rutas es darle contexto a un cúmulo de datos para que tengan un sentido y también para salir de Internet y construir un circuito para ir a recorrer esas citas». Así, a la primera ruta del sitio, donde subieron hasta la cumbre del cerro San Cristóbal para revisar extractos de Nona Fernández, María José Navia, José Donoso, Antonio Skármeta y Alfredo Gómez Morel, entre otros; le seguirá una «muy probablemente en el cerro Santa Lucía o Lastarria», que será anunciada en las próximas semanas. «Además de ser una excusa para conocer autores, la ruta también es para darle un contexto a la gente. De repente uno puede leer la cita y no entender nada. Con la ruta, en cambio, podemos ver sus contextos».

Ruta mopa

El Santiago de los libros

La ciudad grisácea. La ciudad zumbando en la película de la ventanilla, le pareció más cálida al descender del Barrio Alto como en un tobogán de acarreo humano por el laberinto de avenidas. De nuevo a la Alameda con sus edificios grises ahumados de smog, de nuevo el centro y su hormigueo acelerado de gente, y otra vez Mapocho en su humareda de pescado frito y vendedores de frutas en mangas de camisa, agarrándose el bulto en relajado comercio de tornasoleada vitalidad. Pese a todo era su Santiago, su ciudad, su gente debatiéndose entre la sobrevivencia aporreada de la dictadura y las serpentinas tricolores flotando en el aire de septiembre. (Tengo miedo torero, Pedro Lemebel. 2001, Seix Barral)

El cañonazo de las doce. Lo mejor de Santiago era el centro; a las doce en punto, un cañón que estaba en el cerrito chico disparaba una bola que, la verdad, no sé dónde caía. Pero si uno estaba en el centro a esa hora y sentía el cañonazo, le daban ganas de tirarse al suelo. Los cristales de los edificios retumbaban como en un terremoto y las aterradas palomas de la Plaza de Armas emprendían vuelo en masa y tapaban el sol por un instante. (Las películas de mi vida, Alberto Fuguet. 2002, Alfaguara)

El color de las calles. Hay tres piezas, y tres pequeñas bibliotecas populares: azul, blanco, verde, beige, rojo y café. La calle Arturo Prat es de color café. La literatura chilena es de color café. La pieza es blanca y tal vez la nieve también es blanca. Las calles no son blancas: las calles son azul claro o azul oscuro, verde agua, verde esmeralda, rojas, rosadas, amarillas: Ahumada es de color rojo, Recoleta es rosada, y Tobalaba, la calle paralela al pasaje donde ahora vive, es celeste, lo mismo que Bilbao. Diez de Julio y Vicuña Mackenna son calles de color naranja. (La vida privada de los árboles, Alejandro Zambra. 2007, Anagrama)

Mapocho fashion. Loreto a metros del Mapocho. Actores de moda. Actrices de moda. El Toro no es un restorán, es una especie de galería de arte mutante en permanente inauguración. Los platos no importan, sino el zeitgeist silencioso de la moda capitalina. Aquí podrían filmar una escena de Carrie y sus amigas en “Sex & the City” porque eso es lo que escucho: chicas que discuten sobre el tamaño del pene, mientras mascan una ensalada César de lujo. El río —como una canción punk— corre al lado, pero no se le escucha porque hay cierto glamour en el local que lo impide a metros del mismo barrio, a pasos de Patronato, a segundos del Forestal, que es una especie de vapuleado e imposible Central Park. Puede ser. A veces paso por El Toro y la imagen de un Santiago futuro me quema la retina. La de una ciudad al borde del glamour, un fashion improvisado, la soportable y necesaria levedad de un país a medio camino entre las papas del charquicán y el futuro. (Postales urbanas, Álvaro Bisama. 2006, El Mercurio-Aguilar)

Saludo sospechoso. En Santiago me sentí agobiada por la contaminación, el tráfico y el trato impersonal de la gente. En Chiloé se sabe cuando alguien es de afuera porque no saluda en la calle, en Santiago quien saluda en la calle resulta sospechoso. En el ascensor de la Clínica Alemana yo saludaba como una estúpida y las otras personas miraban fijamente la pared, para no tener que contestarme. No me gustó Santiago y no veía las horas de volver a nuestra isla, donde la vida fluye como un río manso, hay aire puro, silencio y tiempo para terminar los pensamientos. (El cuaderno de Maya, Isabel Allende. 2011, Sudamericana)

La vena de Ñuñoa. Irarrázaval es una calle entretenida y múltiple, inabarcable. En sus aceras se ve de todo: desde huasos con sombreros de paja hasta thrashers autoconscientes. En las noches veraniegas hay excitación en pizzerías y bares, y por la plaza circula una limusina de una cuadra repleta de enfiestados. En las tardes dominicales, sin embargo, las perspectivas son desoladoras. Los espejismos en el pavimento y la chata arquitectura le hacen sentir a uno la incómoda sensación de naufragar en algún perdido andurrial de Arabia Saudita. Los endémicos helados Nieve pueden servir de consuelo en estos casos. (Todo Santiago, Roberto Merino. 2012, Hueders)

Revisa estas y otras citas en el sitio de MapaLiterario.

 

El Santiago de los libros

Sobre el autor:

Alejandro Jofré (@rebobinars) es periodista y editor de paniko.cl.

Comentarios