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El sitio de Londres

por · Marzo de 2020

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Hace un par de semanas, me hallaba cenando con Luis, un amigo más joven que yo, en un conocido restaurant italiano que, valga la redundancia, se encuentra en la avenida Italia. Antes de pedir los aperitivos, los antipastos y el plato de fondo, una mujer me interpeló casi a voz en cuello: se trataba de una antiquísima relación, a quien no veía hace mucho tiempo y que, pese al paso de las décadas, lucía estupenda. Ella se puso de pie para abrazarme y también lo hizo su acompañante, otra dama a la que conocí íntimamente en la prehistoria de mi vida, pero, por una razón u otra, dejé de frecuentarla hace varios siglos. Las conversaciones entre mesa y mesa son, por lo general, embarazosas. De modo que intercambiamos complacientes lugares comunes, vagas referencias a la cálida noche santiaguina en febrero, chascarros indiferentes y, a decir verdad, nuestras pláticas se redujeron a monosílabos. Por otra parte, yo no quería desatender al notable chico que salió conmigo, por lo que la situación me empezó a resultar incómoda. En realidad, deseaba que las dos bellezas del pasado se fueran luego, para charlar sin tapujos con el muchacho que me dedicó algunas horas. Para agravar mi impaciencia, parecía que nuestras dos vecinas no tenían ninguna intención de marcharse. Cuando finalmente se pusieron de pie, nos despedimos en forma amable y sin asomo de hipocresía: nada de volver a verse; nada de canjear mails o números telefónicos; nada de preguntarse qué hacíamos o dejábamos de hacer, en suma, ningún interés por algo en común. Fue lo que se llama un adiós para siempre, pues estoy seguro de que no nos reencontraremos ni por casualidad.

Sin embargo, la más madura de ellas, la mayorcita de ese dúo -tiene la misma edad que yo-, con quien mantuve por mucho tiempo un vínculo familiar, me hizo unas preguntas que, a lo largo de todos estos días, me siguen atormentando: ¿vives todavía en la Plaza Italia?; ¿ocupas ese fabuloso departamento de los edificios Turri?; ¿cómo te las puedes arreglar? Desde luego, dejé ese domicilio hace más de 15 años y esta señora o bien lo sabe o bien se hace la lesa. Porque se ve a diario o muy seguido con la misma gente que me veo, hace una intensa vida social con esos grupos y bueno, por más insignificante que yo sea, a alguien tendrá que haberle consultado dónde ha sentado sus reales Camilo. Con todo, también es muy posible que ni se le haya pasado por la cabeza realizar tales indagaciones. Por lo demás, ella ejerce el comercio de libros, quiero decir que importa, exporta, distribuye, hace circular, postula a concursos -que siempre gana- para difundir material impreso. De ninguna manera ello significa que lea. Uno tiende a pensar que los encargados de botillerías saben de vino y no entienden la diferencia entre un cabernet y un merlot; uno supone que los verduleros son expertos en frutas y hortalizas y muchas veces no distinguen entre espinacas y acelgas; igualmente, creemos que los libreros están inmersos en lo que se publica en todo el mundo, aunque basta con ir a una librería para darse cuenta de que, en muchas ocasiones, son prácticamente analfabetos. Esta digresión viene a cuento debido a que me asiste la certeza de que la ciudadana en cuestión debe descifrar, con suerte, las solapas de aquellos ejemplares con los que se gana el sustento. 

De regreso a casa, mi compinche y yo analizamos un rasgo del carácter nacional -si tal cosa existe- consistente en la absoluta falta de curiosidad, la nula inclinación hacia el otro, la total ausencia de espíritu inquisitivo de los chilenos. Aun así, Luis y quien esto escribe, estábamos perplejos, estupefactos, atónitos ante el actual desconocimiento de lo que hago por parte de mi vieja camarada. Aun cuando carezco de esa gracia que se denomina darse importancia, mal que mal escribo todas las semanas, he editado unos cuantos volúmenes, dirijo talleres, en fin, participo en las letras nacionales. Por eso, nos parecía, por decirlo de un modo suave, raro, muy raro, que la señora librera ignorara todo ello, bien que su actitud pudo haber sido puro fingimiento.

Resulta que estoy leyendo las historias -novelas cortas- completas de Henry James, el maestro supremo de la prosa angloamericana. Soy un seguidor de James desde que tengo memoria; asimismo, he estudiado parte de su inmensa correspondencia, sus diarios y varias biografías del autor de Otra vuelta de tuerca. En una ocasión, James dijo que la mayoría de sus cuentos y narraciones se inspiraban en su copiosa sociabilidad y, en concreto, en los chismes, copuchas, pelambres, cotilleos, habladurías que oía en las mansiones donde lo invitaban, en los clubes, en los bares, en los hoteles, en el transporte público y en todos los lugares en los que hubiera seres pensantes hablando. La literatura era para él una investigación en torno al comportamiento, un sondeo de la psique, especialmente femenina, una inmersión en el lenguaje y en lo que se dicen unos a otros. Su aproximación a los caracteres es indirecta, gradual, oblicua y al final, quedamos sin una noción de quiénes, en realidad, son cualquiera de ellos. O, probablemente, creemos poseer una idea, que puede ser falsa, verdadera, las dos cosas a la vez o, gracias a ese estilo, inaudito y sutil en extremo, terminamos emprendiendo un viaje sin retorno hacia lo inexplorado, pues, para James, el alma humana es una exploración interminable.

El sitio de Londres (1884), ilustra lo anterior hasta el paroxismo. La protagonista, llamada al comienzo Mrs. Headway, se encuentra en una función de teatro en la Comedie Française, acompañada de Sir Arthur Demesne, un barón inglés inmensamente rico y miembro de la Cámara de los Lores. Desde un palco, la divisan George Littlemore y Rupert Waterville, dos norteamericanos que han trabado amistad, el primero bastante mayor que el segundo, quien, en esos momentos, es miembro de la representación diplomática de su país en la metrópolis londinense. Waterville está encantado, fascinado, literalmente embrujado por Mrs. Headway. No es para menos, puesto que la forastera es hermosísima, esplendorosa y, por si fuera poco, dueña de una fortuna incalculable. Por lo tanto, le pide a Littlemore que se la presente y esto se lleva a cabo durante el intermedio. La conexión entre Mrs. Headway y Littlemore es remota y data de la época en que ella era una chiquilla en San Diego, California. Por lo tanto, parece ser el único que sabe quién es esta extranjera; ella, a pesar de expresarse con giros y dialectos yanquis -¡el colmo de la vulgaridad!-, parece inteligentísima y opina sin parar. Resumir El sitio de Londres, que apenas pasa de las 90 páginas, es imposible. Nadie es lo que parece, ninguno se expresa con franqueza -o con claridad-, todos mienten. A mayor abundamiento, hay unos 50 personajes que se espían, se enfrentan, se contradicen, fisgonean y caen en las más intensas indiscreciones, con el fin de enterarse quién es quién, sobre todo esa beldad incognoscible que es la heroína -o antiheroína- de El sitio de Londres. El nombre del relato alude, por cierto, a su ambición desmedida y a que se la ha metido entre ceja y ceja casarse con Sir Arthur, ingresando así a la nobleza británica. 

Aun así, El sitio de Londres es mucho más de lo que he dicho. Compuesta casi enteramente en diálogos, la acción sigue los desplazamientos de Mrs. Headway solo a través de los demás, que la interpretan, reinterpretan, examinan, disectan, viviseccionan, sin que a ella le importe un cuesco, pues semeja una máquina parlante, bien que jamás nos diga cosa alguna sobre sí misma. Muy al inicio, Littlemore nos informa que originariamente figuraba como Nancy Beck. Por más que Nancy sea millonaria, por más que haga esfuerzos por refinarse, por más que muestre atracción hacia las bellas artes, se ha casado y divorciado al menos cinco veces; por consiguiente, es violentamente rechazada por sus posibles parientes políticos, lo que, en términos razonables, es comprensible, no solo en la era victoriana, sino también en el presente. No obstante, finaliza haciendo lo que le da la gana y esto mismo, su triunfo definitivo, es materia de discusiones, debates, análisis y todo lo que se pueda manifestar acerca de la formidable Nancy Beck. 

Las impresiones de una prima, del mismo año que El sitio de Londres, es un tour de force que compite con las hazañas de Nancy Beck. En esta oportunidad, la crónica, construida en primera persona, nos presenta las conductas más implausibles, enigmáticas y excéntricas que podamos imaginar, pues ahora James indaga en los motivos de los motivos. Miss Condit, una solterona, aficionada a la pintura, acompaña a Eunice en la Nueva York finisecular. Vienen llegando de una prolongada estadía en Europa y el objetivo de su viaje es poner orden en las finanzas de Eunice. Su albacea la estafa y para salir del paso, quiere que ella se case con Adam Frank, su hermano. En esta ficción James vuelve a recurrir a las elucubraciones, al maniático afán por intervenir en las existencias de los demás, a la obsesiva persecución de la privacidad, que es una máscara para intervenir, precisamente, en la intimidad ajena de doce hombres y mujeres que quieren desentrañar qué es lo que pasa con el prójimo o cómo es probable que no pase absolutamente nada. En La pension Beaurepas (1883), que utiliza la fórmula epistolar, una veintena de pensionistas, de las más diversas nacionalidades, que aprenden francés en la residencia de Madame Beaurepas, se despellejan con frenesí, vale decir, están locos por armar y desarmar una trama inextricable, cuyo ingrediente central es el engaño de sí mismos. Y en El punto de vista (1882), James lleva la curiosidad humana tan lejos, que es preferible llegar hasta aquí.

Acaso es rebuscado -o picado y malintencionado- mezclar a James con una matrona adulta que solo me planteó una interrogante a la que le doy demasiadas vueltas. En todo caso, he averiguado su dirección y le enviaré, por correo postal y sin remitente, El sitio de Londres.

El sitio de Londres

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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