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Es duro ser una chica en cualquier lugar

por · Noviembre de 2015

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Si en abril pasado Marvel’s Daredevil mostró lo eficiente de la cruza entre los contenidos de Marvel y la técnica de Netflix, en el segundo intento la alianza se dispara con el estreno de la tóxica Marvel’s Jessica Jones.

Jessica Jones es una carta de amor escrita desde el manicomio después de una relación sórdida y terminal. La historia de una chica abusada por una personalidad manipuladora y su intento por librarse de una estrechez de mente parecida al síndrome de Estocolmo.

Si Hell’s Kitchen tenía a un vigilante que ocultaba su identidad y dejaba entrever el perfil heroico de un abogado abajista, en la Nueva York de Krysten Ritter (la novia de Jesse Pinkman en Breaking Bad) la protagonista tiene superpoderes pero no se nota. Los usa pero uno no se da cuenta. Como en las series de detectives todo es más bien realista, más o menos sucio y a escala de a pie.

Ambientada en 2015, Jessica Jones paga sus cuentas como una investigadora inestable y sin horarios que persigue la infidelidad en casos de divorcio. Los trece capítulos de casi una hora mezclan escenas de relaciones sórdidas con el sexo en sus más amplias variantes y hay tanto alcohol como en Mad Men: la protagonista despierta con una botella vacía en el velador y vive en uno de esos edificios de junkies tan bien habitados por el álter ego de Bukowski, Hank Chinaski.

Como en el cómic, el personaje principal se contagia de una fuerza sobrehumana luego de perder a su familia en un accidente con material radioactivo. Pero hay otro incidente por descubrir que la cambia por completo.

En adelante todo es rápido y desolador para esta chica adicta al whisky barato que piensa que ayudar al vecino drogadicto la va a aliviar, pero no la alivia. O que separarse de sus amigos la va a aliviar, pero no. A diferencia de Daredevil, donde el antagonista de Matt Murdock aparece recién en el cuarto capítulo, la presencia de Killgrave (David Tennant), el enemigo de Jones, es inmediata y contundente. El sujeto de acento inglés y trajes morados utiliza el control mental para torcer las voluntades a su favor, como una metáfora del victimario en las destructivas relaciones de dependencia emocional.

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Marvel’s Jessica Jones es y no es una serie feminista. Hay lecturas interesantes en las dinámicas de los personajes como cuando el agente Will Simpson (Wil Traval) quiere ser parte de un plan junto a Jessica y Trish, pero es atajado de forma particular por una de los chicas: «Anoche lo pasé bien, pero no por eso quiero tu opinión». Así ocurre en general con los hombres de la serie: son personajes limitados o torpes o malos. Pero volvamos a las chicas, que son el centro de este universo: ellas no se pasan cada episodio quejándose del daño que sufrieron o de que habitar un mundo de hombres es tan difícil de sobrellevar. Aprendieron a moverse en ese ambiente hostil y a imponer sus propios códigos, los que terminan por ser determinantes.

Ahora, entre tanto desequilibrio la serie no afloja en el humor y es interesante cómo se adaptaron los personajes del cómic y los tantos guiños que han aparecido: así como los tatuajes de Trish (Rachael Taylor) hablan de Hellcat, el cuerpo indestructible de Luke Cage (Mike Colter) hace juego con las habilidades de la protagonista. Ahí el mérito es de Melissa Rosenberg, que antes supo calibrar los laberintos existenciales de un tipo tan ambiguo y complejo como Dexter Morgan.

Es cierto que Jessica Jones es otro personaje solitario sentado encima de un trauma personal. Lo interesante está en cómo su mecanismo de defensa cauteriza esas cicatrices mentales y en cómo construye una narrativa de superhéroe sin disfraces ni renders de efectos especiales. Simplemente está rodeada de personajes honestos y al mismo tiempo perdidos en sus propias contradicciones, como ocurre siempre en el mundo real.

Es duro ser una chica en cualquier lugar

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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