Fiebre

por · Junio de 2013

Al calor de Cerro Navia. Un cuento del periodista Luis Miranda Valderrama.

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Cuentos

All the leaves are brown and the sky is gray
I’ve been for a walk on a winter’s day
I’d be safe and warm if I was in L.A.
California dreamin’ on such a winter’s day
California Dreamin‘ (Philip & Philip)

Era el segundo día de agosto de 1999. De mañana. Pleno invierno. A pesar de la fecha, el sol pegaba con mucha fuerza y el calor se apoderaba de Cerro Navia como moscas sobre la basura. Luis Guillermo tenía mucha fiebre. Las mejillas y las orejas estaban enrojecidas. Acaloradas. Su frente presentaba una docena de pequeñas gotas de sudor helado. Encima de su cabeza, en el cuero cabelludo, sobre toda su piel, sentía una humedad extraña que lo hacía sentir incómodo.

La calle por donde caminaba parecía serle eterna.

Su pelo castaño ondulado y abundante estaba mojado en la raíz pero no en las puntas por lo que, en apariencia, parecía que estuviese completamente seco. Si hubiera tenido un termómetro en ese instante seguramente habría marcado treinta y ocho grados Celsius o incluso treinta y nueve. Uno o dos grados de fiebre por sobre lo normal, que es 37 grados. Número en rojo, piel caliente, escalofríos: fiebre.

El Víctor, que acompañaba a Luis Guillermo, sacó un cigarrillo de una cajetilla semivacía de la marca Life y comenzó a fumarlo.

-¿Uno, socio? -preguntó el hombre a Luis Guillermo.
-No, gracias.

El Víctor movió la cabeza con el cigarro encendido en su boca.

-Uno no te va a hacer mal.

El estrecho pasaje por donde caminaban los dos hombres era corto en distancia y angosto en extensión. No había ni la más mínima diferencia entre este y cualquier otro pasaje de Cerro Navia: un pedazo de asfalto rodeado de tierra seca, sin árboles ni sitios para cubrirse del sol.

-Uno no te va a matar -insistió.

Luis Guillermo tenía puestos unos pantalones de mezclilla muy nuevos y azules, una polera gris y un par de zapatos imitación de Caterpillar, marca Doberman. La polera gris tenía marcadas las aureolas de sudor en la zona de las axilas y del pecho. El Víctor tenía casi la misma ropa, pero con la salvedad de que todo en él estaba más gastado o sucio: un polerón del supermercado Ekono, donde un hermano menor había trabajado como pioneta, de color gris, y jeans que tenían un insignificante piquete en la zona del gemelo derecho. De hecho, toda su vestimenta olía a humedad y a sudor de varios días. La única distinción se concentraba en el calzado. Víctor usaba unas zapatillas de cuero Reebok azul con blanco, sin abrochar.

Doblaron y se encontraron con una copia casi idéntica del pasaje anterior, salvo que aparecieron dos niños de unos seis a siete años corriendo por delante del Víctor y Luis Guillermo. Uno de los niños tenía los ojos grises y el pelo castaño aunque muy liso. El otro niño era un poco más alto y delgado. Pasaron dos veces por delante de Luis Guillermo y él casi les pegó con la punta de sus zapatos.

-Cuidado -susurró el Víctor, sin convicción, mientras observaba a los niños, con enojo.

El Víctor era un poco más alto y tenía barba de tres días sobre su cara. El pelo estaba corto y sin brillar. A veces sonreía y se podía ver la fila de dientes que, contrariamente al resto de su postura, era impecable. Incisivos y caninos perfectos, blancos y amenazadores. La sonrisa del Víctor era simpática aunque igualmente siniestra. En el amigo causaba relativa confianza y en la víctima, temor inmediato.

En la esquina del pasaje, un taxi estacionado era el primer objetivo.

El Víctor caminó despacio, le sonrió al conductor e inmediatamente lo amenazó con su revólver calibre 38 que se había conseguido para el trabajo.

Luis Guillermo estaba armado con una pistola que el Víctor había puesto en sus manos, luego de un breve e intenso curso de instrucción sobre como dispararla en un sitio eriazo de Renca y frente a unos tarros de pintura Tricolor a medio vaciar. Cerro Navia brillaba con intensidad y el calor era insoportable para el rostro de Luis Guillermo, que improvisaba una sombrilla con su mano derecha.

Estaba listo para cumplir su parte del trabajo.

-Socio -le dijo Luis Guillermo al chofer, mientras lo tomaba del antebrazo con su mano-sombrilla-. Se va a portar bien. Si se porta bien, no le va a pasar nada. Si se hace el lindo, lo pongo tieso.

El chofer entró de inmediato al portamaletas. Luis Guillermo presionó el seguro y escuchó un par de garabatos sordos del rehén. Los dos niños que antes corrían, ahora estaban detenidos y callados a unos veinte metros de distancia, observaban a Luis Guillermo. Él los miró e hizo un corto y preciso ademán de silencio. Luego se limpió el sudor de la frente.

El motor estaba encendido. El taxi comenzó a moverse lentamente. Pasaron por un colegio en donde las niñas sacaban sus cabezas por las ventanas. Los saludaron.

-Me quiero comprar una moto -dijo Luis Guillermo

El Víctor lo miró por un segundo, luego sus ojos se fijaron en el camino.

-¿Una moto?
-Una moto.
-Primero hay que ver el botín, loco. De repente te da hasta para un auto, y la moto se va para la casa, ¿cachai?
-Me da lo mismo, siempre he pensado en una moto. Si hay más monedas, igual me voy a comprar una. Es mi sueño.
-¿Y cual?
-De 125 cc. Una Susuki, una Honda, lo que sea, yo pienso.
-¿Nueva? -preguntó el Víctor.

Luis Guillermo bajó la cabeza y notó que su pistola se notaba levemente en su polera.

-Me da lo mismo si la huevada es nueva o usada -miró a su compañero-. Cualquier cosa que tenga dos rueda y me mueva.

Tal vez por su estado febril, Luis Guillermo recordaba cada detalle de una Susuki de 125 cc que había visto en un taller de reparaciones, cerca de su casa. Era una moto pequeña. Simple. Tenía el estanque pintado de azul metálico brillante. Cromada y con la palabra Susuki dividida por una pequeña fisura en la letra “k”. Pensó que si fuera por él, esa moto sería perfecta.

-Puta, la haría rechupete -dijo Luis Guillermo luego del breve silencio, con tono entusiasta-. Me iría a Paine por la Panamericana. Llegaría a Rancagua de una. Andaría por todas partes con la moto, loco. Mi vida sería la raja.
-Los bomberos no van a sospechar de un taxi, socio -contaba el Víctor con tranquilidad y sacando a Luis Guillermo de su estado de cómodo sopor-. Las bombas están llenas de monedas fáciles.

Luis Guillermo miró hacia afuera a los postes de luz que pasaban cada dos o tres segundos, tratando de contarlos.

El taxi era un Monza 2.0 del año 87. Los alza vidrios eléctricos no funcionaban correctamente y el tapiz azul piedra estaba desteñido y lleno de hoyos producidos por colillas de cigarrillo mal apagadas. El Víctor manejaba tranquilo, el viento le pegaba en el rostro y su pelo parecía bailar sincronizadamente al ritmo de Paradise City, de Guns N’ Roses, y que en esos momentos sonaba con el volumen al máximo. El Víctor la tatareaba y en la parte del estribillo la cantaba con entusiasmo, inventando la letra y adecuándola al nulo conocimiento que tenía del inglés. Luis Guillermo tiritaba, la fiebre le había subido quizás un grado más, y el viento, en vez de ser un factor de alivio se convertía en un enemigo peligroso.

-Luchito ¿te pasa algo?
-No me pasa nada, de verdad. Me duele la cabeza, a lo mejor.

Luis Guillermo había conocido al Víctor jugando a la pelota en Renca, donde ambos vivían. En un campeonato de fútbol que se celebraba religiosamente cada fin de semana en la inmensa cancha de tierra de la población, los dos hombres defendieron el mismo equipo, a pesar de que jamás se habían visto.

-Sin miedo, no más, es lo único que te pido, loco.
-No tengo miedo. Me duele la cabeza, merme.

Luis Guillermo, alto y delgado, jugó como defensa central con el número 5 en la espalda y el Víctor, un poco más bajo y ancho, fue el hombre encargado de destruir en la zona del mediocampo. En una jugada, el Víctor se barrió fuerte sobre el rival que llevaba el balón. El jugador saltó y cayó pesadamente sobre la tierra y el polvo. El juez del partido, un tipo que venía de la población Huamachuco, decidió expulsar al Víctor sin permitir contemplaciones.

Luis Guillermo, entonces, corrió unos treinta metros hacia el árbitro y sin previo aviso, lo golpeó tres veces en el rostro hasta enviarlo al piso. El partido se suspendió de inmediato y dio inicio a una batalla campal. Luis Guillermo y el Víctor terminaron con sus rostros golpeados y ensangrentados. El Víctor quedó agradecido del joven. Tiempo después le invitó unas cervezas, después unas mesas de pool y finalmente se convirtieron en amigos y socios.

-Compadre, no se enoje -dijo el Víctor, casi gritando-. Es que no quiero que todo se vaya a la mierda por algo que se puede evitar.

Luis Guillermo lo miró sin decirle nada.

-¿Me entiende?

El Víctor era mucho mayor que Luis Guillermo. 29 sobre 18. Once años de diferencia. Era un tipo con experiencia en este tipo de trabajos. De hecho, su verdadero nombre no era Víctor sino que Luis Eliseo y en esos momentos tenía tres órdenes de aprehensión pendientes por quebrantamiento de condena. Lo único que sabían de él era que tenía antecedentes penales y eso bastaba para que fuera un signo de respeto. Si ya había caído, debía conocer. Y el conocimiento en este tipo de asuntos era clave.

Luis Guillermo, en cambio, solo había tomado un poco de plata de su casa, robado tal vez una caja de pilas de un bazar y sapeado para una vecina que vendía pasta base cerca de su casa. El primero era el maestro y el segundo, un simple aprendiz. Así de claro. Luis Guillermo debía responder a lo que el Víctor le pedía y tenía que hacerlo sin deliberar. Luis Guillermo no era el líder de nada y el Víctor, si bien en otras circunstancias tampoco lo hubiese sido, era el encargado de mandar.

-Estoy con fiebre.
-Entonces lo dejamos hasta aquí.

El Víctor entonces cambió la radio y se encontró con la voz de José Feliciano que cantaba su versión personal de California Dreamin’, tema original de The Mammas & The Pappas.

-Sigamos no más -dijo Luis Guillermo-. Ya estamos aquí.
-¿Seguro?
-Estoy seguro.

El Víctor se tranquilizó, sólo quedaban dos cuadras para llegar a la intersección de J.J. Pérez con Galvarino. Luis Guillermo podía divisar perfectamente el perfil de la estación de servicio Copec.

José Feliciano hacía un solo de guitarra y descerrajaba su actoral voz, mientras el Víctor disminuía la velocidad para ingresar a la zona de repostaje del servicentro Copec. Entraron. El Víctor le entregó las llaves del Monza 2.0, negro, del año 87 al bombero, el que abrió la puerta del estanque con movimientos perfectos y mecanizados.

-Buenos día, ¿De qué tipo? -preguntó el bombero.
-97, sin plomo.
-¿Cuanto?
-Cinco mil.

Luis Guillermo miraba con rostro desencajado el contador de litros y dinero, los dígitos pasaban de manera interminable, el sudor se había congelado y sentía que sus sienes le pesaban tal vez tres veces más de lo normal.

Miraba el visor: 346 pesos, 1458, 3637.

-Bájate -ordenó el Víctor a Luis Guillermo.

En ese instante, el bombero observó detenidamente a Luis Guillermo. Su rostro inexpresivo evolucionó a una mueca de preocupación. Luis Guillermo tenía el billete en la mano. El perfil de Gabriela Mistral se apreciaba nítidamente. El bombero se le acercó a unos treinta centímetros de su rostro. La respiración de Luis Guillermo se detuvo un segundo.

-¿Se siente bien? -consultó el bombero-. Si quiere le paso un poco de confort, está mojado entero.

El Víctor miró fijamente a Luis Guillermo. Luis Guillermo le devolvió la mirada al Víctor, que seguía con los ojos muy abiertos y expectantes. Luis Guillermo dirigió sus ojos al bombero y con tranquilidad, improvisó una sonrisa. Luego sacó su pistola y la apuntó sobre la cabeza del bombero.

-Ya, conchetumadre, llévame a donde están las monedas -dijo con un poco de precipitación aunque sin ser demasiado violento-. No tengo tiempo para verte la cara de gil.

Luis Guillermo, el Víctor y el bombero caminaban en dirección a la oficina del administrador en silencio. De pronto, desde el Monza 2.0, año ’87, se escuchó un fuerte ruido. Era el chofer del taxi que intentaba salir del portamaletas y comenzaba, entre gritos, a pedir ayuda.

El Víctor y Luis se dieron cuenta de la situación. La gente que pasaba, los automovilistas y bomberos los veían y les gritaban. El lugar era un alboroto total y ambos decidieron que lo mejor era huir mientras pudieran hacerlo.

Regresaron al Monza, año 1987.

Una pareja de Carabineros en motos enduro, que estaba estacionada a tres cuadras de la bencinera, fue avisada al instante. Mientras, en la cabina del Monza año ’87, con el Víctor y Luis Guillermo en medio de todo, José Feliciano suplicaba guitarra en mano, al mismo tiempo que las sirenas de las motos enduro aullaban incontenibles a través de la calle J.J. Pérez, comuna de Cerro Navia.

El Víctor ahora sudaba igual que Luis Guillermo. De hecho, sus manos se resbalaban sobre el volante del Monza 2.0, año 1987. Una ráfaga de balas los hizo detenerse en seco.

Sin mirarse se bajaron del vehículo y comenzaron a responder el ataque. La polera de Luis Guillermo estaba totalmente mojada. Las piernas se movían de manera diferente y graciosa por entre los jeans de color azul. La pistola se le resbalaba en sus manos y le costaba hacer blanco.

El Víctor también disparó y, una vez que había vaciado su arma, decidió correr mientras Luis Guillermo seguía detonando su pistola. Sin embargo, su fuga fue torpe y breve. Corrió por el medio de la calle y después de veinte metros, una ráfaga de disparos lo hizo dar pequeños y zigzagueantes pasos antes de caer en el suelo.

Luis Guillermo observó al Víctor. Las piernas de su amigo se movían con fuerza y sus manos se convulsionaban sobre su vientre. Su agonía fue relativamente breve, unos dos minutos, tal vez. Si bien, la voz del hombre en el suelo era clara, el Víctor sólo lanzó sólo quejidos y no palabras. Los movimientos comenzaron a disminuir y los quejidos fueron haciéndose más espaciados y silenciosos. Hubo en pequeño cese del fuego mientras el Víctor moría. Luis Guillermo observó que la última acción de su amigo fue escupir un poco de sangre sobre la calle. Intentó dirigirse hacia él, pero antes de dar el primer paso, decidió disparar nuevamente.

Entonces hubo otra detonación.

Intentó decir algo, moverse y correr hacia los carabineros. Pero cuando su mente dio las órdenes motoras, su cuerpo respondió desmoronándose.

Luis Guillermo sentía la sangre caliente en sus manos, pero no sabía de donde brotaba. Intentó palparse, pero los carabineros venían corriendo en su dirección y le gritaban que se quedara quieto y con las manos a la vista. Luis Guillermo ya no luchaba contra el sudor y contra su cabeza. En el Monza, muy cerca de él, lo único que aún funcionaba era la radio con la voz de José Feliciano.

Luis Guillermo observó las motos enduro de sus captores. Sonrió por un momento, pero lo que se plasmó en su rostro fue una torpe mueca de agotamiento. Pensó en el tiempo que hubiese hecho desde su casa hasta Rancagua en alguna de aquellas formidables máquinas. Una hora quizás. Si aceleraba, con suerte hubiera estado en cuarenta y cinco minutos en la plaza de armas de esa ciudad. Se imaginó la carretera, el cielo y los demás autos.

El viento pegando firme sobre su cara.

-Tengo fiebre -dijo, sin saber a qué ni a quien se lo decía-. Es fiebre. Tengo fiebre.

Sintió un poco de calor. Después frío. Luis Guillermo en ese momento comenzó a desvanecerse. Su cabeza le dolía menos.

El sudor se confundía ya con la sangre.

Fiebre

Sobre el autor:

Luis Miranda Valderrama

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