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Papelucho (el niño que ve más que los demás)

por · Noviembre de 2019

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Papelucho bien puede ser una de las voces más subversivas de la literatura chilena. Es un personaje precursor, fisurado, contestatario, irreverente, lleno de olfato y percepción, que lo ve todo, que enfrenta cada situación que inventa o con la que se topa con una curiosidad definitivamente existencial. Papelucho, como “Jeremy”, siente tanto que a veces la misma emoción lo supera y lo daña. Pero tal como en “Disarm” de los Smashing Pumpkins, transforma esas fallas en ventajas.

Papelucho, ya es hora de decirlo, es un clásico. 

¿Cabe alguna duda? 

Un verdadero orgullo nacional. ¿Y dónde está la estatua, la avenida, el sándwich que honra su nombre? Papelucho, claro está, es universal. Y atemporal. Pero, por sobre todo, precursor. Se adelantó a su época. Nació antes de tiempo. Mucho antes, sorprendentemente antes. Papelucho, mal que mal, fue el primer chico posmo, adelantándose a los hippies, a los miristas, a los punks, a los new wave, a los grunge. Ha neo-perreado, quizás, se ha tatuado, tiene claramente corazón de poeta. Algunos incluso dicen que terminó siendo gay y creciendo en dictadura (las memorias de Juan Pablo Sutherland). Es (o puede ser) un skater, bi, vegano. Lo que sí es indudable es que es atento, cree en el planeta, fue pingüino, hacker, buen novio, ilustrador y cocinero, capaz que haya sido hace unos días encapuchado o escudero o súper héroe en primera línea en la Plaza de la Dignidad. Papelucho, en el fondo, desde que fue creado, está abierto a vivir experiencias nuevas, no le teme al qué dirán o a lo que pasará.

Papelucho nació en 1947. Cuesta creer que sea tan viejo y que no sea contemporáneo de uno. O de todos. En efecto, todos lo que lo leeno lo han leído creen que tiene la edad de ellos. Los años 40s parecen mu7 lejanos. De esa fecha data la edición pionera de Papelucho que originó el resto de la serie. O sea, y para poner las cosas en su lugar, cuatro años antes que el famoso Holden Caulfield de El guardián ante el centeno de Salinger, ese libro-cumbre que escandalizó y marcó tendencias justamente debido a que su narrador era un adolescente travieso (gran palabra pasada de moda) que hablaba con el lenguaje de la calle. Un chico claramente urbano. Al leer la obra de 1947 claramente se nota que la autora se ha adelantado a todo: a la forma de escribir, a cómo le dio voz y autonomía a su narrador, cómo fue radicalmente progresista en su forma de concebir no solo a la niñez sino a la familia y la sociedad. Papelucho mira sin piedad.

Marcela Paz finalizó el primer Papelucho con una nota a pie de página que tiene un toque digno de Borges: «Este diario fue encontrado en un basural y recogido por un ocioso que se puso a leerlo y lo ofreció a la imprenta para su publicación». 

Cuatro años después, sin embargo, el personaje volvió al ataque con Papelucho, casi huérfano, una de las mejores segundas partes de la historia de la literatura. El chico, en un momento inspirado, reflexiona: «resulta que no he sido feliz más que una vez en mi vida, y no me acuerdo cuándo fue». Pero no es todo lucidez, también hay distancia, humor, cinismo y franca ambición. El truco del diario perdido es resuelto al comienzo cuando una suerte de editor se acerca al chico y le dice que él fue quien encontró el diario y que lo publicó. Después le pregunta si sigue escribiendo. Papelucho le dice que no. El editor le ofrece entonces diez mil pesos.

«Total —escribe el niño—, que no por el interés de la plata, sino de las cosas que voy a comprar con mis diez lucas, ahora escribo mi diario otra vez».

Tal cual. Y sin culpa. Y la saga Papelucho continuó adelante. Tan adelante que recién en 1967 llegó a su fin. Pero nunca pasó de moda. Basta ver cómo vende. Pertenece a cada generación y no es tanto por su capacidad de mutat sino porque mantiene lo esencial de alguien que cree y tiene esperanza, no importa que esté sucediendo en el país o en mundo. El chico se las trae. Ha vendido tantos libros que se ha llegado a perder la cifra oficial. Ya durante los años cincuenta se hablaba de cien mil. Se especula que cerca de un millón, mucho más.  Es un clásico indiscutido. Durante años y años estuvo atrincherado en el lugar número 1 del ránking de la Cámara del Libro.

Que Marcela Paz ganara en 1982 el Premio Nacional de Literatura escandalizó y molestó a algunos. El verdadero escándalo fue que no lo haya ganado antes. Releyendo el primer Papelucho (el I como le dicen) cuesta creer que, efectivamente, haya sido escrito hace más de sesenta años. Y que, tomando en cuenta la moral de la época este chico de pantalones cortos como de la ropa usada y su eterno remolino capilar fuera tan pasado para la punta. Y quizás sea ese ángulo el que lo hace contemporáneo, hispter, nuevo, necesario. Ha estado para todos y durante mucho tiempo (hasta Papelucho, ¿soy dixleso?, el que cierra el opus) y nunca nos ha traicionado, decepcionado o alejado. La saga no puede estar más vigente. Quizás ya no se usen expresiones como choriflai, fuñingue o ipso flatus, pero nunca es tarde para volver a usarlas.

El pensamiento —y la voz— que Papelucho agarra es cosa seria. Y sus anécdotas, travesuras y pillerías no son más que el reflejo de una creatividad acelerada, loca, capaz de aniquilar cualquier injusticia. Papelucho, en este sentido, es un héroe y en un país donde te enseñan a portarte bien y a comerte toda la comida, este chico es un rebelde con causa, un rockero en potencia. Que aún no exista una banda en su homenaje o un tema ad-hoc habla mal de la escena nacional. Lo curioso es que, a pesar de atravesar cuatro décadas tan disímiles, Papelucho, tal como Peter Pan, nunca creció. Se quedó pegado en un 1947 que, gracias al ojo de Marcela Paz, nunca fue muy preciso. A través de los años, algunas cosas fueron cambiando. Expresiones, modismos, adelantos técnicos. Incluso, si se hace un esfuerzo, se puede leer una suerte de evolución política en el personaje. Pero lo increíble es que Papelucho nunca cumplió los nueve años.

Papelucho se saltó la monstruosa etapa de la pubertad y nunca, ni por casualidad, fue adolescente, ni teenager, ni lolo. Algunos teóricos y exégetas de personajes se han entretenido imaginándose qué sería de él hoy, asumiendo que Papelucho fue chico cuando ellos fueron chicos (y leyeron el libro). Pero el juego no resulta porque, incluso hoy, Papelucho sigue con ocho años y probable no jugó con los Nintendo, los Power Rangers o se perdió en los laberintos de red y los teléfonos inteligentes y la red misma. Tal como los grandes personajes, Papelucho es lo que uno quiere que sea. Es un tipo para todos los tiempos.

*

Cualquiera que haya leído Papelucho –releído, más bien, y de adulto- capta que Papelucho es todo menos los que creen que es: un simpático niño risueño y sin muchos dientes “lleno de curiosidad” y “adicto” a las aventuras. Por el contrario. Quizás la imaginación no tiene edad, como dice la frase de la próxima película animada, pero tampoco hay edad para sufrir, tener pena y, lo que es quizás más angustioso, para no sentirse seguro, acogido y con un lugar en el mundo. La idea que Papelucho es “nuestro chico más feliz y risueño”, a lo más un poco travieso de más, pero sin una gota de maldad en su sangre, se ha arraigado tanto que se ha instalado como uno de los tantos clichés con los que tenemos que vivir. Travieso, quizás, pero como una forma de escape. 

Si a Papelucho les gustan las aventuras es que no se siente tan cómodo en casa. Las cosas claras: Papelucho es una de las voces narrativas nacionales más punzantes, agudas, perfectas en su tono, desafiante en su ira, incondicional con sus ideales y afilada a la hora de cortar con una inocencia casi aterradora la gruesa capa de desdén y la mediocridad de nuestra burguesía poco ilustrada. En efecto, no hay que confundir a Papelucho, el personaje público, con lo que llamo Papelucho, la novela, formada por la saga, es decir, esos once volúmenes cortos de libros infantiles que, unidos, uno detrás de otro, en tapa dura, sin los dibujos ni las portadas de color, se podrían alzar como la gran novela del siglo XX sobre la familia disfuncional chilena.

Lo que pasa es que nadie quiere leerla así.

O quizás no corresponde.

¿O sí? ¿Por qué no?

Los Papeluchos son libritos infantiles, encantadores, que llenan a los adultos de nostalgia y que, cegados, se los pasan a sus críos, sin tener del todo claro lo que les están entregando.

No es común releer Papelucho ya de adulto y, a veces, la parte infantil de Marcela Paz termina por cansar y agotar, pero cuando la paz de Marcela Paz se disipa y surge el complejo mundo interior de Esther Huneeus, la voz de Papelucho deja de brincar y salta a profundidades no menores. La duda que se inserta en el cerebro luego de releer toda la saga es clara: ¿se trata de una fallida novela de adultos o un saga infantil infiltrada llena de sarcasmo, ironía, perversidad y simple abandono? 

De qué está hablando Marcela Paz: ¿del mundo de las pastillas Ambrosoli o el universo de las pastillas con receta retenida? Es complicado y erróneo juzgar un libro por lo que quiere que sea y no por lo que es. Esta mala costumbre termina, muchas veces, por hundir al más objetivos de los críticos. Pero uno puede especular. Cómo hubieran sido estas novelas si Marcela Paz hubiera usado la misma voz y el mismo

narrador y, con leves variantes, hubiera escrito una novela para adultos. No porque un narrador tenga nueve años y escriba en presente implica que la narración deba ser infantil. Leyendo todos los Papeluchos queda claro que Paz no está simplemente “entreteniendo a los peques”. Está, por cierto, también hablándole a aquellos que, muchas veces, les leen en voz alta esos libros al público objetivo. 

Papelucho es y no es un libro infantil. En esa tensión está su fuerza y ahí también sus carencias. El mundo de Papelucho no es tan limítrofe y retorcido como en ciertas novelas que apuestan por un narrador infantil. pero tampoco es un simple chico ingenuo. Antes de Los Simpsons, antes que South Park y Charlie Brown, Marcela Paz tuvo claro que el mundo infantil puede estar poblado de gente pequeña, pero no por eso de problemas pequeños.

*

Papelucho es un clásico, un ícono. Me refiero al personaje en sí. Es —qué duda cabe— parte de nuestro disco duro emocional; es más, lo ha sido para varias generaciones. Es, por lo tanto, una figura pop local, alguien que todo el mundo conoce y atesora a pesar de que ya lo olvidaron o su memoria está algo borrosa. Papelucho es de esos personajes que incluso es conocido y hasta querido por aquellos que nunca lo han leído.

En el mundo de la publicidad, un creativo diría que el chico tiene “capacidad de recordación”. No hay que perder el tiempo para que el resto establezca una conexión de confianza, empatía y cariño hacia él. Papelucho está por allá arriba, quizás compitiendo en masa-crítica de identidad y reconocimiento sólo con Condorito. Y por eso llama un tanto la atención que ahora Papelucho está “saltando a la calle”. Papelucho reloaded. Papelucho mediático. Papelucho superestrella. Papelucho en el cine. 

¿Puede un chico tan a la deriva, tan introspectivo, que se inventa aventuras para vivirlas, puede trasladarse a la pantalla, sobre todo a la de los multicines, donde un héroe, para ser masivo, tiene que conectar con el ciudadano (o el niño) medio?

He aquí un problema: de medio, de común, de masivo, Papelucho no tiene nada. Este es un chico dañado, a la que le falta plaza y calle, por mucho que se siente un patiperro, que en vez de estar jugando con sus amigos o durmiendo le está escribiendo sus cosas a un diario.

¿Qué niño sano-sano escribe un diario?

*

Creo que optaré por ahorrararme explicar quién es nuestro héroe. Sabemos quién es. El que no sabe quién es Papelucho no ha sido niño, no tiene niños o simplemente no es chileno. Papelucho es una figura literaria, pero, curiosamente, a diferencia de otros héroes literarios infantiles (o adultos), esta creación de Marcela Paz, tiene su estética física. De alguna manera, Papelucho no es sólo una voz literaria sino una figura pública. Sus rasgos humanos son inconfundibles: ese remolino incontrolable como pelo que podría transformarlo en un poster-boy para un gel capilar para surfistas- urbanos; esas largas piernas huesudas, señal inconfundible de ese viejo Chile mal alimentado, pre cereales, yogures y cajitas-felices.

Mientras Tom Sawyer y, sobre todo, Huckleberry Finn, poseen rasgos y voces inimitables e inmediatamente reconocibles, y el lector medio tiene claro trozos de sus vestimentas (Huck y sus overoles, por ejemplo), quizás no exista un personaje literario no tenga una identidad visual tan marcada como Papelucho. Sólo Harry Potter con sus anteojos redondos, esa cicatriz en la frente, el uniforme de colegio caro inglés, y esa imitada bufanda a rayas posee una persona tan instantáneamente reconocible. La razón, en estos dos casos, es clara: ambos libros venían con ilustraciones y portadas con la simpática cara del héroe.

El riesgo de la película no es menor, aunque es más artístico que comercial. Es poco probable que Papelucho y el marciano no sea un éxito y no se replete de niños con olor a cabritas durante su primer fin de semana. Cuenta, además, con la bendición del angelito de UCTV por lo que no es aventurado pensar que el filme no será tan oscuro, disfuncional y, en rigor, desolado, como la saga de novelas que inspiran este esperado largo animado.

Lo más probable, y tal como lo ha hecho Disney por décadas, Papelucho pasará “por el filtro” y habrá más luz que sombras y, lo más probable, menos ambigüedad, también. Es algo lógico, por lo demás. ¿Una cinta infantil depresiva y triste? Poco probable. Papelucho y el marciano sin duda atraerá e intriguirá a sus lectores, tanto los del presentes como los del pasado, pero como sucede con toda adaptación de un clásico leído por millones, la gente llegará a sus butacas con sus propias expectativas. Lo más probable es que Papelucho y el marciano sea, en rigor, para toda la familia y sea en extremo “sana” y “cautivadora” y “bonita”.

El Papelucho estrella-de-cine ya no es el mismo de siempre. En rigor, este es el segunda fashion-emergency al que ha sido sometido el chico. Desde que se cambió de editorial, Papelucho ya no es tan huesudo y ha sido, de alguna manera, coloreado y photo-shopeado. Además, parece que es más globalizado porque habla con un extraño acento difícil de localizar.

*

Papelucho es un chico que va rápidamente camino a la droga, a la rebeldía y a un espiral que apunta decididamente hacia abajo. Papelucho es el chico inocente que termina pagando por lo platos rotos de sus mayores y de ahí que sea un narrador compulsivo y privilegiado.

“Me gustaria q me enterraran en un cajon bien pobre y con la plata del fino le compraran chocolates a los niños pobres… porque el rico le roba al pobre y a mi me da vergüenza ser hijo de ricos” dice, en forma clara, el chico.Una de mis grandes dudas es que hubiera pasado si Papelucho, en vez de quedarse pegado a los 9 años, hubiera ido creciendo. ¿Se hubiera dañado tanto como sus pares y contemporáneos o se hubiera mantenido inocente a pesar de todo? Papelucho, es bueno no olvidarlo, es el diario de vida de un chico en serios problemas que, al final del día, sólo tiene a su diario y un mundo demasiado interior que no siempre se entiende con eso que llaman “el exterior”.

 Antes de seguir: no me siento un experto en Papelucho pero sí me siento cercano. Le tengo cariño. He escrito acerca de él antes, y aquí estoy de nuevo, tecleando sobre lo que yo considero uno de los personajes fundamentales del canon literario nacional. Personajes. Ya lo dije antes: es mejor el personaje que la suma de sus novelas. Pero en un país donde faltan personajes literarios de carne y hueso, y sobre novelas supuestamente perfectas y bien escritas, el aporte de Marcela Paz no es menor y bien se merece el Premio Nacional de Literatura (aunque fue en la época del apagón cultural de la dictadura). Si don Volodia Teitelboim, que aún está vivo y sus libros, en cambio, están muertos, tiene un Premio Nacional, Marcela Paz es la exepción a la regla: a veces el jurado se equivoca y premia a la persona correcta.

*

La saga empieza así:

“Lo que sucede es terrrible. Muy terrible y anoche me he pasado la noche sin dormir pensando en esto. Es de aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen por la boca. Y yo sé que mientras no lo haya contado no podré dormir”

Luego: “…es bueno dejar su diario cuando uno se muere para que la gente comprenda lo que uno era por dentro y conozca sus intenciones”.

Es cierto que lo terrible es que casi mató a su fiel nana (como se dice ahora) Domitila. Y todo es por una broma o una travesura. Pero la primera frase es clave, eso lo sabe todo el mundo, y da el tono, y sobre todo es una saga, y por mucho que rápidamente todo se soluciona, no deja de llamar la atención que una novela chilena parta así:

“Lo que sucede es terrible”.

Alejémonos del experimento con Rinso y entremos al mundo interior del chico. Porque eso es, al final, la saga: un gran diario. En busca del tiempo perdido pero en presente.

“Yo ya no estoy desilusionado de la vida porque ya sé que la vida es así y que lo que uno quiere hacer bueno sale malo. De modo que ahora trato de hacer algo malo para que salga bueno, y cuesta mucho, porque no sabe uno cómo va a salir bueno… Cuando uno es invisible, aunque le den pena los que lo busquen, uno no puede aparecer y sigue invisible. Y, de repente, le da miedo de quedarse invisible para toda la vida”

Esto no es un chico de diecisiete el que está hablando. Nada de memorias desde una clínica siquiátrica. No es un tipo que se está recuperando de un suicidio o que dejó esperando a su novia o que no es capaz de recuperarse de su primera pérdida amorosa o afectiva. No. Es un chico de nueve –sí, de nueve-, de clase media alta (o alta baja), con familia entera, y mascotas y hermanos y habla así.

¿Por qué?

“Ya sé lo que llaman desengaños de la vida. Hoy tuve uno tremendo. El desengaño más atroz, creo. Se siente en el pecho como una aguita caliente que corre suave hacia la garganta y se instala ahí. Es un gran sufrimiento desengañarse”.

Por qué Marcela Paz le dio tan poca paz interior a su personaje. Por qué lo hizo sentir siempre un extranjero, a lo Camus. “Me voy de la casa, me voy para correr por el mundo y para huir de las injusticias de la vida. Me voy a la montaña, donde nadie me insulte y me desentienda. Mi padre es cruel y me aborrece… Los ricos no saben lo que es la pobreza. Yo sé”.

Algunos de los subtítulos de sus libros hablan por sí solos: perdido; casi, huérfano; soy dix-leso.

Cierto: hay montón de otros simpáticos y coloridos y todo chico sueña con ser misionero o detective. Pero lo raro es que, más allá de todos los viajes y aventuras que, en efecto, Papelucho tiene, lo perturbador es que, a cada rato, sus reflexiones están llena de dudas e incertidumbre. Alguien podrá argumentar que esta personalidad depresiva de Papelucho son errores en el texto. Que es lo mínimo y que el que quiere ver eso soy justamente yo o lectores más atentos de lo necesario a ese tipo de personalidades que tienden a estallar en mil pedazos. Puede ser, pero no lo creo. Nadie obligó a Marcela Paz a persistir, libro tras libro, década tras década, con estos estados y reflexiones que no tendrían que aparecer en la personalidad de un niño “alegre, feliz y aventurero”.

*

Papelucho y el marciano no es uno de los mejores episodios de la saga, aunque es el más ambiguo. ¿Papelucho en efecto se traga un marciano o es todo producto de su imaginación producto de una bronconeumonía que lo deja en la clínica delirando? ¿Ese marciano es son los bichos del virus o es un alien cariñoso? Det, el marciano, no es E.T. y ese capítulo de la saga pudo haber sido acerca de un encuentro real entre un ente de otra galaxia y un chico sudamericano que se adelantó al Elliot de Spielberg. Pero no se puede criticar un libro por lo que no es sino por lo que es. No es, para mi gusto, uno de los mejores de la saga, pero entiendo por qué fue elegido como base para la adaptación.

Quizás uno de los episodios más lúcidos es Papelucho, perdido que parte, como buena parte de los libros, con una sentencia devastadora: “Soy un perdido… y lo peor es que nadie nos busca. No hay avisos de radio que digan: “Se gratificará, con un barril millonario al que devuelva niños perdidos, etc, etc”, ni cosa por el estilo. Porque mi familia es de esa gente que busca las cosas perdidas, pero jamás la fruta ni la plata ni los parientes. Tampoco buscaron a la tía Ema, sino que dijieron siempre: la Ema es una perdida, y se acabó el cuento… Ellos creen que uno se pierde adrede y quieren obligarlo a encontrarse”.

Vaya.

Veamos esta reflexión:

“La gente es muy distinta de lo que uno aprende en la Historia Sagrada. Siendo que yo era un hijo completamente pródigo, no hicieron ninguna fiesta para recibirme y me trataron igual que si nada hubiera pasado. Ni siquiera me preguntaron la aventura de la perrera. Porque son padres modernos o tal vez subdesarrollados”.

Hay humor y da risa que la palabra moderna se siga usando y siga provocando tantos estragos.

La visión que Papelucho tiene de sus padres es apabullante y la pareciera que él los quiere más que ellos a él. Es cierto que en un momento el padre se presenta como “su mejor amigo” pero Papelucho le explica, en forma clara, que necesita más un padre que un amigo. La madre de Papelucho bien puede estar entre los grandes personajes de nuesta literatura pues, con pocas apariciones, demuestra una ausencia continental y pone en entredicho que esta es una sociedad matriarcal (aquí el rol de la madre sostenedora y acogedora es, sin duda, Domitila, una mujer que nunca ha sido madre).

Veamos algunos momentos de la madre.

“Mamá estaba como loca y me dio diecisiete pellizcazos”.

Papelucho es muy chico pero no tanto para insinuar que pasa mucho tiempo en la calle en “diligencias”. Raro para una mujer que no trabaja y que tiene un buen pasar. ¿Qué hace tanto en la calle? “Quítate que estorbas!” le dicen al que quiere ayudar, y si uno se va, lo llaman: 

“Ven acá tú, y sé útil por una vez en tu vida!”

Esta son palabras de la madre. Hoy se llamaría abuso verbal. Releyendo Papelucho, una de las cosas fascinantes es ver como lo que hoy escandaliza, antes era pan de cada día: castigos, abandonos y una confianza ciega en extraños. Las veces que Papelucho termina en la compañía o bajo el techo de extraños es para dejar a cualquier funcionaria del Sernam en estado de constante alerta.

Una diálogo madre-hijo:

-Mamá, una vez dijo usted que me daría una fiesta para mi cumpleaños.

-Por supuesto que te la daré- dijo limpiándo una foto apestada de moscas.

-Lo malo es que ya pasó mi cumpleaños… -dije fatalmente.

-¡No me digas! ¿Cuándo fue? – paró de limpiar, me miró y escupió el trapo para seguir limpiando.

-Usted debería acordarse. Yo era guagua cuando nací.

-En realidad, lo siento. Pero podemos celebrarte cuando quieras. ¿Estará esta mujer drogada? ¿Tomará martinis o pisco sours antes de las siete? Sigamos con ella:

“…Entonces la mamá sacó sus famosas pastillitas y nos metió una en cada boca y dos en la propia y de puro desvelados nos dormimos”.

Sus famosas pastillitas… ¿De qué? ¿Por qué una madre le da pastillas de dormir personales a sus hijos pequeños?

En una clínica, un doctor se percata:

-Hace tiempo que está raro- dijo una voz de hombre-. Sus padres no se preocupan… Deberían internarlo en un hospital…

Pero Marcela Paz no cree en villanas y supongo que cree que todos somos víctimas y todos, a la vez, tenemos la razón. La madre puede estar en otro planeta pero también tiene los pies en la tierra. Y Papelucho intuye que uno de los motivos que huye de la casa tanto es quizás por ellos mismos, por sus hijos, que a la atan:

“Me gustaría que la mamá se demorara mucho en sus diligencias porque así descansa de nosotros…”

Lo mejor de Papelucho y el marciano es un intercambio al final que poco y nada tiene que ver con E.T. Papelucho se despide de su amigo que lo abandona y, con pena, le pide un consejo:

-¿Y ahora qué hago yo?

-Lo mismo que hice yo en la Tierra: aguantar.

Aguantar.

Curiosa palabra, extraño consejo. ¿Eso es lo que uno tiene que hacer en esta tierra? ¿De eso se trata todo? No creo. Pero hay gente que sin duda estaría de acuerdo y que entiende el consejo del marciano y comprende que eso es lo que debe hacer Papelucho para sobrevivir: Aguantar. Soportar. Seguir.

Y así lo hace y lo hizo por 25 años y lo sigue haciendo ahora. En el cine, en las páginas de su saga, condenado a siempre tener nueve años, a estar perdido y casi, huérfano, a depender del cariño de los extraños y entender que, al final, la única persona que tiene, el único en que confía, es su en sí mismo, desdoblado en su escritura. Papelucho, más que un niño, es alguien que entiende muy joven que la única manera que el puede salir vivo de esto es escribiendo.

Sí, lo que sucede es muy terrible, pero peor sería si no pudiera contarlo. Aunque nadie lo lee. Lo curioso es que sí lo leen, por millares. Tal como un blog, el diario secreto de Papelucho no tiene nada de secreto pero es extremo personal y, a veces, entre risas y palabras divertidas, en extremo desolador.

Papelucho (el niño que ve más que los demás)

Sobre el autor:

Alberto Fuguet es periodista y tiene una dilatada carrera como escritor y cineasta. Ha publicado dieciocho libros y casi una decena de guiones.

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