Galáctica

por · Julio de 2011

Crónica del video más esperado de Javiera Mena, por Felipe Cussen.

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Hace casi 4 meses, Felipe Cussen vivió un capítulo decisivo en su trayectoria profesional como admirador de Javiera Mena, el día en que se lanzaba su video “Primera estrella”. Inmediatamente quiso compartir sus peripecias con los lectores de pániko, pero no podía hacerlo mientras no contara con el documento fotográfico que respaldaba su relato. En el intertanto, la difusión oficial del video fue aplazada a la espera de su versión definitiva, y Javiera conquistó España con una gira histórica. Hoy, cuando ya había perdido toda esperanza, el destino había deparado una sorpresa para nuestro poeta, y recibió en su correo las fotos prometidas.

Ha llegado el momento de conocer su emocionante testimonio.

// Fotos: Julio Villanueva Chang.

“Vidas enteras se agotarán en descrifrar las claves del secreto original debido a que las claves mismas se han ido complicando indescifrablemente. Para adquirir los medios de los que depende la orientación necesaria donde los caminos se bifurcan hacen falta muchos más recursos de lo que cabía suponer al partir. Faltan antes, mucho antes, las claves de las claves y también los accesos desconocidos a las claves de las claves.”
(Carla Cordua)

La vida nos pone a veces frente a dolorosas disyuntivas. El viernes 1 de abril coincidían en mi agenda, con escasos minutos de diferencia, dos eventos de suma importancia: una conferencia de Carla Cordua y la avant premiere de “Primera estrella”, el nuevo video de Javiera Mena, en el Planetario. Es sabido que, en la coyuntura actual, los intelectuales latinoamericanos debemos responder a múltiples desafíos en el área del pensamiento y la cultura, y resulta necesario hacernos presentes en diversas instancias del acontecer nacional. Pero por más que mi secretaria llamó insistentemente a los respectivos organizadores, no consiguió que ajustaran la programación para facilitar mi itinerario.

Con el alma en un hilo, partí hacia la conferencia. Carla Cordua es filósofa, es elegante, y demuestra que todavía es posible que un pensador sea amable. Numerosos profesores y alumnos la escuchaban con atención y asentían. Yo estaba demasiado concentrado mirando el reloj. Felizmente alcancé a escuchar su charla completa, y me retiré recién cuando comenzaban las preguntas. Lo último que le escuché decir fue que no consideraba que la originalidad fuera una virtud filosófica. Me hubiera gustado agregar que sí considero que la elegancia es una virtud filosófica.

Salí rápidamente. Llevaba puesta la chapita de Javiera Mena regalada por mi amiga Loreto, eximia estudiosa de la literatura clásica. Premunido de este talismán, los astros se alinearon para que, junto a mi adorada Marcela, consiguiéramos llegar a tiempo al estreno. Los buenos oficios de la gran familia pániko habían permitido que estuviéramos incluido en la lista oficial de invitados. Por primera vez en mi vida, me sentí VIP.

Nunca había estado en el Planetario, pero me encantó. Su arquitectura ochentera, su música ambiental ochentera, lo convierten en el lugar ideal para celebrar una fiesta, o incluso un matrimonio. Adentro estaba reunido lo más granado de nuestra farándula shúper. Todos ocupaban poleras y pantalones ajustados. Si quiero ser shúper, me dije, debo bajar de peso, y recuperar el cuerpo esbelto y tonificado que alguna vez lucí. Pronto llegaron nuestros amigos Álvaro y Carla, acompañados de un misterioso monje gnóstico, que resultaría crucial en el desarrollo de los acontecimientos.

Subimos a la sala principal del Planetario, y nos sentamos en el borde, desde donde nos habían dicho que se viviría mejor la experiencia. Apenas nos sentamos, Marcela me avisa que se siente mareada. Las luces se apagan lentamente y comienzan a encenderse las estrellas en el cielo virtual. Javiera emerge desde el centro de la sala. La escena parece el bautismo de una nueva nave espacial. Gritamos y nos emocionamos. Javiera se va hacia un rincón y se refugia en la oscuridad para cantar “Primera estrella”, en una nueva versión con muchas capas de sintetizadores, menos bailable y más cercana a un himno. Mientras cantamos a coro me dan ganas de cambiar los versos: en vez de “esta promesa, que no pesa”, quisiera decir “esta promesa, que no cesa”. Las estrellas se aceleran y ahora nos mareamos todos.

Cuando el viaje termina, lanzan el video. Se entrelazan un paseo por un bosque, las imágenes de Javiera frente a un espejo, cartas del tarot y unos seres plateados. Como luego diría Álvaro, parece una versión de Twin Peaks en San Felipe o Villa Alemana. Hay muchos primeros planos a Javiera, quien posa con la misma cara de sorpresa que tenía en la portada de Esquemas juveniles. Al final hay un inesperado beso que explota en luz.

Bajamos entusiasmados, comentando la brillante idea de realizar este lanzamiento en el Planetario. Me prometo volver la próxima vez que se realice un homenaje a Pink Floyd. Aunque Marcela odie a Pink Floyd, creo que aceptaría la invitación. En el hall de entrada espera Javiera, recibiendo a todos sus invitados como buena anfitriona. Está muy elegante. La miro de reojo mientras nos abalanzamos sobre las copas de champagne de honor. Se saca fotos con todos los que se le acercan, y se muestra muy amable.

Le confieso a mis amigos que también quisiera saludarla, y el monje gnóstico se ofrece para inmortalizar el momento. Estoy ansioso. Me dirijo hacia Rod, su fotógrafo y asesor general, y aprovecho de preguntarle por sus nuevos proyectos: se prepara para asaltar el mercado nacional con su primera exposición individual. Luego le pido si puede llamar a Javiera. Estoy nervioso. Javiera se da vuelta y mientras le balbuceo que hace algunos meses le hice una entrevista, ella responde que me recuerda: “¡Ah, el de la flauta dulce!”. Compruebo una vez más que es muy simpática en la vida real. El monje nos toma dos fotos. Me despido de Javiera diciéndole que luego de su entrevista me han ocurrido puras cosas buenas.

Al salir del Planetario nos encontramos, como era esperable, con Muriel, promisoria ajedrecista. Lamentablemente no alcanzó a llegar a tiempo, pero de todos modos su presencia contribuye a darle mayor realce a este evento. Conversamos varios minutos en silencio. Luego seguimos caminando y me detengo un momento a mirar el cielo estrellado, el cielo real. Contemplo fijamente las constelaciones, y pienso en las innumerables combinaciones que se podrían haber hecho, en los distintos signos que se podrían haber inventado. Pienso que cada estrella podría marcar una ruta. Pienso en lo fácil que es perderse.

El monje se acerca, pone su mano en mi hombro y comenzamos a entonar un himno gnóstico: “Óyeme, puesto que te canto, oh, Misterio que existes antes que cualquier incomprensible y cualquier infinito. Óyeme, puesto que te canto, oh, Misterio que has brillado en tu misterio”. Las estrellas podrían ser el resplandor de ese misterio. Las estrellas podrían ser las claves. Pero aún faltarían las claves de esas claves. ¿Quién tendrá la clave?

Javiera Mena tiene la clave.

// Felipe Cussen es investigador del Instituto de Estudios Avanzados de la USACH y admirador profesional de Javiera Mena.

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Sobre el autor:

Felipe Cussen (@felipecussen) es investigador del Instituto de Estudios Avanzados de la USACH y co-autor de Mil versos chilenos y Opinología, entre otras publicaciones.

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