Publicidad

Salpicado de sangre y escupos

por · Julio de 2015

Publicidad
escanlar

A fines de 2011, Ediciones UDP publicó Los malditos, una serie de perfiles biográficos de escritores latinoamericanos ya muertos. Perfiles complejos y bien acabados, perfiles escritos por narradores y periodistas vivos, entre ellos, el chileno Alberto Fuguet, quien persiguió —por encargo de la editora argentina Leila Guerriero— al fantasma de Gustavo Escanlar, una figura border y crítica del poder político y cultural en el Uruguay dominado por las voces gravitantes de Benedetti y Galeano. Ese texto, el de la relación de un escritor vivo con uno muerto, sin la katana editorial de Guerriero, ha sido publicado por Alfaguara bajo el título Todo no es suficiente (La corta, intensa y sobreexpuesta vida de Gustavo Escanlar). Se trata de «una versión salvaje», como escribe la autora de Zona de obras en el prólogo, que no solo habla de Escanlar, sino que examina la relación profesional que mantuvo con Fuguet, la tibieza de su cadáver —la investigación comenzó solo siete meses después de su muerte— y el desastre en el que sumió a quienes lo rodearon.

***

Antes de morir en 2010, Gustavo Escanlar colapsó sobre su biblioteca. No habían muchos libros: la mayoría los había vendido para comprar cocaína. El ruido fue fuerte. Seco. Estaba tendido en el piso cuando su mujer lo encontró con un leve ronquido. Le gritó, lo pateó, lo pisó. «Hijo de puta, te drogaste, ya no lo hacías más y mírate», le dijo, pero el montevideano siguió ahí, en el suelo, en el ronquido, desparramado. Ella llamó a la ambulancia y a su hermana. Intentaron reanimarlo. Lo entubaron y se lo llevaron al hospital. Estuvo 24 horas en el Sanatorio Americano en Montevideo sin actividad cerebral, y luego murió de un paro respiratorio. Tenía 48 años.

Siete meses después, Fuguet llegó comisionado a la capital oriental para investigar. Como en una peregrinación literaria, pensó en leerlo en algún café de Ciudad Vieja, tomar apuntes, llevar una bufanda y un abrigo, recorrer librerías de viejo y conversar. Pensó, más que nada, en hablar de literatura. «¿Qué mejor que pasar una semana conversando sobre libros y escritores y releer la obra de alguien que pudo ser tu amigo? No partía a Montevideo tras un desconocido; iba en busca de trozos de vida de un compañero de ruta a quien siempre sentí cercano».

Pero se equivocó.

Fuguet salió a buscar al Escanlar de los noventa, ese que llegó a Santiago con su primer volumen de cuentos, Oda al niño prostituto (1993), que removió a los que rodeaban a la Zona de Contacto —«Nadie en el continente escribía como él», dice Fuguet—; el mismo del cuento de McOndo (1996) —”Gritos y susurros”—, el defensor más acérrimo de la antología, incluso cuando Fuguet quiso escapar de ella; el escritor que filtraba sus secretos, fisuras y emociones en novelas como Estokolmo (1998) y La alemana (2009), y en varias de sus columnas del semanario de derecha Búsqueda; el mismo que en 1999 interrumpió a Benedetti en un congreso en Casa de América, en Madrid, gordo, sudado y sin polera: «Cómo se atreve a aconsejar a los jóvenes si usted nunca lo fue». El que se emocionó y quiso volver a escribir luego de toparse con Missing (Una investigación) (2009). El que le preguntaba a Fuguet si sería su amigo si viviese en Montevideo.

De esas imágenes quedaba un rastro difuso. Y Fuguet solo encontró restos. Más bien, algo más duro de lo que esperaba. Los residuos de un escritor, de un hombre que estaba roto, y que la televisión y la cocaína terminaron por derribar —dice un amigo con el que compartían dealer: «Se metía piedras enteras, ni las picaba».

Lo que Fuguet encontró en esa ciudad a escala humana fue una brisa de mal gusto mediático e imágenes macabras, que nada tenían que ver con la mejor literatura de Escanlar.

Escribe Fuguet: «Fui tras un escritor y volví salpicado de sangre, escupos, algo asqueado. Perseguí un espectro que seguía vivo y, como en vida, no se dejaba atrapar, huía, se escapaba».

En un artículo que escribió sobre Escanlar para la revista uruguaya Freeway, cita un artículo de Patricio Jara en el diario La Tercera, que dice:

«No hay mejor ejemplo que el mal ejemplo, ni hay enseñanza más perdurable que la que termina enfrentándonos con la muerte.»

Esa frase define muy bien la estadía de Fuguet en Montevideo. Todo no es suficiente es así de triste, vertiginoso y personal porque hay una especie de proyección del autor de Por favor, rebobinar en la figura de Escanlar. Un paseo por la cuerda floja sobre temores que parecían enterrados: dañarse hasta el punto de no funcionar, no poder escribir.

Hay algo brutal y revelador en esta escena: la última vez que se vieron, Escanlar le dijo a Fuguet que «era solo y se sentía solo y a veces quería escribir y no sabía cómo y escribía pero no lo que quería».

Y ahí precisamente está el contraste: Fuguet se salvó. Escanlar, en cambio, nunca quiso salvarse, menos calmarse: lo suyo era arder, exponerse. Consumir y consumirse. Alejarse hasta quedarse irremediablemente solo.

Todo no es suficiente convive bien con Mi cuerpo es una celda (una autobiografía) (2008) de Andrés Caicedo y con Alejo Cortez de Invierno, la última película de Fuguet. Cadáveres exquisitos —y ni tanto— que merecen ser salvados después de muertos. Resucitados. Recuperados como autores, de paso. Un poco de luz en esos largos viajes hacia la noche.

todo no es suficiente

Todo no es suficiente
Alberto Fuguet
Alfaguara, 2015
179 p. — Ref. $12.000

Salpicado de sangre y escupos

Sobre el autor:

Javier Correa (@javiercorreaM) es periodista.

Comentarios