Tres días en el infierno francés

por · Noviembre de 2015

Estuvimos en el décimo cumpleaños del festival francés que apuesta a la programación de más de 150 bandas, repartidas en seis escenarios, durante tres días de rock pesado y otras yerbas, en la pequeña localidad de Clisson.

Publicidad

Por Vincent Paladines

Vivimos en un mundo ultra-conectado y de libre circulación de las producciones culturales humanas de toda índole. Este fenómeno contemporáneo, influenciado por la eterna búsqueda de una identidad cultural, tribal, y la fascinación que genera el encuentro social son parte de los elementos claves en la proliferación de los mega festivales Open Air, herederos empresariales del espíritu Woodstock 69′ que puebla los veranos del planeta.

Este año quisimos probar en la pequeña localidad de Clisson, al oeste de Francia, uno de los festivales de rock pesado más importante de los últimos tiempos. Nos dijeron que para sus 10 años iba a dejar una marca en la historia de los festivales de este amado y odiado estilo. Aquí les dejamos un recuento de lo que fue vivir 3 días en el infierno francés, el Hellfest 2015.

Bandas

Una de las grandes apuestas del Hellfest en el circuito de los festivales, es la programación de más de 150 bandas, repartidas en 6 escenarios, durante los 3 días de festival. Lo extraordinario de la hazaña es la efectividad de los equipos organizadores para concretar cada concierto a la hora correspondiente, casi perfectamente. Un afiche lo suficientemente ecléctico por lo demás, como para que cada uno encuentre la línea rockera que más lo caliente.

El único «pero» está en lo imposible que termina siendo el poder ver todas las bandas que a uno le gustaría. Sea por falta de tiempo, o porque —como a menudo— dos bandas tocan al mismo tiempo en escenarios distintos. Lo importante es adquirir una disciplina casi académica, y armarse una rutina detallada que esté adaptada a los cambios de escenarios dejando algunos momentos de descanso, necesarios, durante el día.

Por su despliegue en el escenario, Slipknot (US), Nightwish (FIN) y Meshuggah (SUE), fueron sin duda las bandas que más nos revolvieron los intestinos. El nivel de producción que contaron las dos primeras fue un lujo, sobre todo para los originarios de Iowa que se trajeron un equipo de ingenieros personalizado que les montaron una escenografía de otro planeta en el Main Stage 2. Nightwish, pulcro y a la vena, show de luces alucinante y el deleite de ver a Floor Jansen rompiéndola. Meshuggah, fiel a su estilo, fue la sobredosis necesaria de potencia, disonancia, rudeza y performance. Todo esto en el pequeño escenario The Altar, con un cometido —sin duda— importante.

Las bandas que sonaron un kilo fueron Cannibal Corpse (US) que realmente dejó la barra altísima con respecto a las demás bandas de death metal, Lamb of God (US) que se lucieron con temas clásicos y también algunas exclusividades de su disco de este año con todo el groove de sus riffs, Samael (SUI) por la calidad del espectáculo que supo mezclar perfectamente el metal a la vena con los elementos electrónicos (sobre todo percusiones) y Venom (UK) porque demostraron ser los tatas máximos del heavy metal extremo británico.

Las guindas del pastel, Alestorm (SCO) porque fue el mejor carrete del festival, una horda de vikingos tomando cerveza, remando drakars imaginarios y tirando por los aires tiburones inflables. Limp Bizkit (US) por su inesperada reaparición y la eficacia de su proceso de maduración, se aprecia la faceta más adulta de Fred Durst y sus secuaces, y para cerrar el circuito Faith No More (US) que, como siempre, supo ponerle su toque de «heaven» al Hellfest. Vestidos de blanco de pies a cabeza y sólidos en el escenario, fue un concierto completito, con clásicos infalibles y temas del nuevo Sol Invictus. O sea: un manjar.

Infraestructura

En pocas palabras este festival es lo que se podría llamar una ciudad del metal. No tan solo el espacio tras las rejas que definen los límites del festival, si no que la ciudad de Clisson en sí se transforma en una gran infraestructura alegórica del género. El hipermercado de la ciudad, por ejemplo, es un espectáculo digno de ver. Todo el equipo de trabajadores se pone camisetas del festival, instalan orcos y demonios inflables en todos lados, repletan los pasillos de cerveza, whisky y artículos de camping varios, y la clientela se reduce a cientos de congéneres del rock desesperados por pasar por caja luego de hacer colas interminables que empiezan desde las 8am.

De vuelta al sector festival hay que pasar por «casa» antes del headbang. En el Hellfest, casa es más bien una aglomeración de cientos de miles de carpas, pegadas unas al lado de las otras —alrededor de varias hectáreas de viñas— sectorizadas por colores. Red, Blue, White, Green, cada una de estas zonas cuenta con servicios de agua potable, baños químicos y puntos de control. Evidentemente el ambiente festivo de los campings es proclive al desmadre y la decadencia, pero tiene el mérito de contar con un público festivalero que —se nota— ha aprendido a vivir en estos espacios sin romper demasiado con el sentido común y las reglas de comunidad. La esencia de la experiencia de campamento aquí reside en generar tolerancia a la joda sempiterna, a una higiene limitada y al sol que, desde el alba, no perdona.

Ya habiendo entrado al área de festival, está el HellCity Square, o sea el universo del merchandising. Inspirado del estilo urbano característico del barrio londinense de Camden Town, este pueblo ficticio cumple el rol de centro comercial para amateurs y expertos. La decoración es increíble, y se encuentra de todo, sin embargo no es un mercado para regates, y los precios duelen. Lo más notable acá son los centros de recreación y relajación. Estas siguen las temáticas típicas del género, mucho medieval, mucho gótico y un sector especial para los amantes de los videojuegos en el que se hacen partidas de RPGs durante todo el día.

Ahora, ¿que es un festival de rock pesado sin los litros de alcohol de rigor correspondientes? Eso en el Hellfest lo entendieron, y muy bien. Ni uno, ni dos, ni tres, sino tres bares enormes dentro del área de conciertos y varios más en los alrededores. La cerveza no es barata, y es de calidad inferior, pero es menester. Siempre. La idea que marca la diferencia es la presencia de los hombres-cerveza que se pasean vendiendo shops por todo el festival con un galón de rubia en la espalda. En resumen 700.000 litros de cerveza y 10 hectolitros de vino vendidos en 3 días según los números oficiales. Todo lo que es comida está, por su parte, bastante bien manejado. Nadie sale perjudicado, puestos de carnes asadas con papas fritas conviven de lo mejor con los vegetarianos o veganos vecinos. Nuevamente, para la comida el bolsillo es el que más sufre.

Público

Es cierto que al Hellfest uno va por la música, pero también hay una gran parte de su carácter «fuera de norma» que lo hace muy atractivo. Es su público, en cierto sentido, el corazón del festival. Una comunidad enorme que se ha ido enraizando al concepto y que ha conocido y participado en la evolución de este encuentro de las músicas extremas, que hoy por hoy se corona como el más grande del mundo. Lo extraordinario de esta comunidad es su heterogeneidad, y por consecuencia su móvil sin prejuicios y desinhibición total ante el otro, la transforman en una pasarela espectacular de personajes más o menos caricaturescos. Lejos lo más notable es el uso recurrente de disfraces, de todo tipo y haciendo referencias a un sin fin de elementos de nuestra cultura occidental. Por un lado están los que se customizan un traje brutal que subraya el nivel de compromiso que tienen con respecto a su género musical favorito, y por otro lado están los que despojados de toda esa vergüenza —que quizás cargan en su cotidianeidad durante el año— y se visten (o desvisten…) de unicornio de peluche o de Bob Esponja. Lo impactante termina siendo lo espontáneo de todo esto, y el darse cuenta de cómo un conjunto de estilos musicales que hace no más de 20 años llenaban de controversias éticas y morales los comedores de las familias de bien, hoy son capaces de hacer convivir en total armonía familias con niños, chascones thrash y viejos jubilados de la vieja escuela, todos en un mismo lugar y felices de estar ahí.

Más allá de las bandas y la buena producción del festival en su globalidad, el Hellfest destaca por su calidad de lugar de encuentro. Todo lo relacionado con el imaginario de las músicas extremas puede fácilmente generar un prejuicio importante a nivel comunitario. Es precisamente este prejuicio el que pierde sentido en Clisson, ya que durante tres días lo que uno vive —rodeado de todos estos seres extravagantes— termina siendo mucho más cálido y amigable que lo que se vive por ejemplo en 90 minutos en un estadio de fútbol. Y eso que al fin y al cabo las dos son religiones, pero distintas.

Sobre el autor:

PANIKO.cl (@paniko)

Comentarios