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El buen soldado

por · Mayo de 2016

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Dos hombres se pelean en la fila del café Starbucks. Un cincuentón, ostensiblemente enchuchado, le reprocha a otro adulto, de unos treinta años, no dejarle espacio para pasar. Desconcertado, éste último responde apenas con una mirada de desprecio. Le dice qué te pasa, y se corre. Pero el viejo se queda mirándolo fijo, y le dice: «Por qué tienes que hablar tan fuerte; ¡te siento hasta el aliento!», remata despectivo, cara de asco y voz algo elevada que provoca miradas de estupor en la fila. En realidad, son dos los treintañeros que lo secundaban, pero el hombre las carga contra el primero que se le cruzó, simplemente. No se percata que el humillado también padecía, igualmente incómodo o más, al ruidoso de su acompañante. A unos metros, en la mesa de enfrente, el coronel (R) Enrique Gloffka los mira de reojo mientras conversamos sobre su más reciente novela, La dulce muerte (RIL, 2015). «Mira la cara de humillado que le dejó», repara Gloffka sobre el vejado treintañero, que ahora, ubicado en la esquina contraria al irascible señor, lo mira con un odio creciente y áfono. Los ojos le hierven. «Esto no va a terminar acá», advierte Gloffka. Y volvemos a concentrarnos en la entrevista.

¿Cómo llega un militar a interesarse por la escritura?

—Creo que la escritura es un acto reflejo de la lectura. No sé en qué minuto un lector deviene en escritor, lo que sí tengo claro es que la lectura no se remite exclusivamente a textos literarios. A pesar de haber leído cuando niño a los clásicos, yo pienso que en realidad me formé como lector practicando esgrima. La esgrima es un lenguaje lleno de sospechas, de intuiciones y de gestos mínimos que exigen una mirada muy atenta y aguda. Si bien dejé el deporte hace ya mucho, creo que esa disposición de la mirada perduró en el tiempo. Se quedó como una forma de interpretar, o sea, de leer.

Apenas recibe sus vasos de café, el de cincuenta camina hacia su mujer, que lo espera a dos mesas nuestra. Se sienta. En la esquina, el de treinta sorbe el jugo de la paja, maliciando con la mirada al mechacorta de la fila; al parecer esperan el pedido de su acompañante, el ruidoso de larga tufada.

¿Qué libros leíste antes de practicar esgrima?

—Fueron libros que leí gracias a mi padre, en la infancia. Mi papá era carabinero, vivíamos en Chile Chico y teníamos una modesta biblioteca con libros de Julio Verne, de Salgari, de Neruda. Creo que el verdadero impacto de esas lecturas se remite a la imagen de mi padre, absorto e inmóvil, leyendo a Blest Gana en el sillón de la sala. Verlo me hacía pensar que algo estaba sucediendo en otra parte, algo que no era capaz de ver y que me estaba perdiendo. Años después, cuando me puse a leer más en serio, sin el peso de las lecturas obligatorias, descubrí el mundo que anunciaba el gesto de mi padre, un mundo propio, sin tiempo ni lugar, un espacio de ausencia y de recreo, quizá una casa.

De pronto, el treintañero mechalarga, cuya cara de humillado ahora es pura ira, deja a su compañero en el aparador, y avanza hacia nosotros. Pasa por el lado; ni nos ve, ni nos mira. Y encara, sin más, al irascible hombre de la fila. «Si tanto te molesta la falta de espacio —dice—, porque mejor no vái al Tavelli o al Radisson; el espacio dispuesto pa’ que yo saque el jugo es el mismo que tú tenís pa’ transitar… ¡gratuita la puteada que me pusiste!», cierra enfático, pero sin alzar demasiado la voz. El más viejo, o el más mayor, qué importa, se pone al tiro de pie, a lo choro. Apenas levanta un brazo, el mechalarga le deja caer el vaso de jugo en el exiguo territorio de su mesa y, rápidamente, con la otra mano, lo agarra del hombro. «¡Y más encima te venís a achorar, viejo!», le dice indignado, meneando la cabeza. En eso, el atufado entra en escena, insultándolo picudamente por la espalda de su acompañante. La mujer mira perpleja. Súbitamente, el más viejo cambia su empinada estrategia, y vuelve a su silla; y, fingiendo una calma irrisoria, dice: «Lo siento, estoy con mi mujer, si tienen algo que decirme entonces vamos afuera y los arreglamos». Mechaslargas se agarra la cabeza, afectadamente. Al frente mío, Enrique Gloffka se ríe. «Tenís que cachar que estai en un lugar vulgar, el más vulgar de todos —continúa mechitas, mirándolo fijo— un Starbucks y en un mol, más encima, ¡hueón! Un lugar pensado para gente vulgar, por gente vulgar…»; lo dice atropelladamente, como con bronca política, o como queriendo decir algo más, es cierto. Tras levantar el jugo del territorio ajeno, y el consiguiente chispeo del atufado de piedra, se retiran: «Lo único que me faltaba —murmura al paso—, una foca pública y gratuita por el tufo ajeno». En apariencia, todo vuelve a la normalidad.

—Te diste cuenta, me dice Gloffka.

—A qué te refieres, le digo.

—Por qué crees que el tipo insistió tanto en lo de vulgar, y vulgar, y vulgar, ¿y qué te pareció ese murmullo final, tan… deliberado?
Me quedo pensando, «¿algo de clase?», pregunto.

—Exactamente. Desde la esquina el tipo estuvo fermentando todo el rato su estúpido orgullo de clase. Y se lo vino a escupir ante nosotros como exigiendo una especie de reivindicación social, ¿qué crees que significó el cambio de tono y de estrategia del viejo? Este país está lleno de gestos como ese. La literatura también. Gestos que por cierto nadie lee, que a nadie le interesan.

¿Y cómo interpretas esto en relación al escaso nivel de comprensión lectora?

—Lo que yo veo es una absoluta dejadez lectora, una dejadez por el otro. ¿Cómo amar al otro sin querer saber de él? Nos han adiestrado para mirar por encima, superficialmente. Nos gusta que nos entreguen el sentido en bandeja; la ambigüedad nos da terror. La lectura es una manera de acercar las cosas a la vida, y quizá de amarlas mejor. Una manera de dialogar, de crecer juntos. Sin diálogo no hay nada.

Enrique Gloffka, casado, tres hijos, después de comandar el batallón chileno en Haití, entró a retiro y hasta el día de hoy se desempeña como jefe de seguridad del Banco Security. De su experiencia en Haití escribió un libro titulado Nou se Chilyen (Somos chilenos, en el idioma créole), publicado por la editorial RIL. «Quería narrar los hechos desde la mirada de un niño, Tony, que todavía vive en Cap-Haïtien y que yo conocí mientras estuve allá», señala. Y agrega que fue un libro concebido sin más pretensiones que la necesidad inmediata de escribir lo que estaba viendo. «Solo cuando llegué a Chile y me puse a releer esos apuntes, me di cuenta que entonces podía ser un libro». La dulce muerte, su segunda novela, aborda la tragedia de Antuco en la que murieron 45 conscriptos del Ejército chileno mientras se encontraban en cumplimiento del Servicio Militar.

Cuáles fueron las dificultades que tuviste que asumir para escribir esta novela.

—Lo primero fue dar con el punto de vista. Busqué varias formas de narrarlo, y al final, por sugerencia de un amigo contador, decidí escribir un texto escrito a varias voces, con las voces de los soldados. El otro desafío era abordar la tragedia en sí, pero eso fue más natural, porque en mi opinión Antuco fue un accidente, donde claramente hubo negligencias, pero accidente al fin y al cabo, y una forma de exponer esas circunstancias, cuyo nexo causal no parecía tan claro, fue, por ejemplo, echar a hablar a la muerte en segunda persona, como si saliese al acecho. Creo que la falta de certezas que nos arroja la vida me llevó a indagar en esa zona de ambigüedad. Una zona donde entra el delirio con toda su fuerza liberadora.

Hay algo que me inquieta de la literatura bélica. Pienso en libros como El viaje al fin de la noche de Céline, o en Los pichiciegos de Fogwill, textos en donde los personajes son arrastrados a un límite en donde los valores patrios convalecen. Es como si el contacto con el horror, con esa verdad inasimilable, redujera todo nuestro sistema de creencias a su condición de absurdo. ¿Cómo digiere un militar estos textos? ¿No te parece que hay fuerzas que proclaman cierta exaltación a la patria con el mero fin de manipularnos según sus propios intereses? ¿No nos convierten en carne de cañón?

—Los intereses de un militar son los intereses de los políticos que dirigen el destino de la nación (intereses que en una democracia representativa debiesen corresponder al interés de la mayoría). Ya lo dijo Clausewitz hace años: «La guerra es la continuación de las relaciones políticas pero por otros medios». Es cierto que somos un instrumento de la política, el más extremo, lo sabemos, y para eso nos preparamos toda la vida. Un militar elige las armas para defender su patria; pero ya en combate se lucha por preservar la vida, amparada en eso que los sociólogos denominan «grupo primario». Es tan fuerte el hecho de pertenecer a un grupo primario que esto, que se denomina «espíritu de cuerpo», es considerado el arma más potente de una unidad. Las unidades especiales tienen un gran espíritu de cuerpo, son grupos primarios por excelencia. Entre los paracaidistas, por ejemplo, sin distinción de grados se dice que son «hermanos de la seda», a ellos los une la distinción de pertenecer a la que consideran la mejor unidad, su símbolo es la boina negra y se juegan la vida por sus compañeros. Lo mismo sucede en otras unidades del Ejército. Con esto quiero decir que tal y como concluyeron los sociólogos, al final un soldado lucha por sus camaradas y su voluntad de lucha se mantiene en tanto el grupo primario no se desbarate. Creo que tanto Céline como Fogwill retratan muy bien lo que estoy diciendo, Céline estuvo en la guerra y Fogwill, que se la aspiró en cuatro días, la intuyó perfecto. Es imposible pensar en Los pichis… sin sentirse carne de cañón. Cuando pienso en esa novela inevitablemente se me viene a la cabeza la desesperación de las madres de esos soldados argentinos que tuvieron que morir en una guerra declarada por un dictador para distraer al pueblo de los problemas políticos internos.

Antes me hablabas del peso de las lecturas obligatorias. ¿Cuáles fueron esas lecturas?, ¿qué libros pertenecen al plan de lecturas de Ejército de Chile?

—No eran lecturas que correspondieran a un plan institucional, para nada. Era algo más bien personal, casi espontáneo, que nacía de los comandantes de regimiento (Coroneles, Tenientes Coronel, algunos Mayores). Me acuerdo de haber leído Victorias perdidas de Erich Von Mastein, Waterloo de Ludvig y mucho de marxismo… No eran lecturas obligatorias, pero sí nos entregaban muchos libros de ese tema, que obviamente me saturaban.

¿En serio? ¿Estudiaban marxismo en el Ejército? Qué finalidad tenían esas lecturas: te lo pregunto considerando, sobre todo, el contexto: los ochentas.

—Lo leíamos para conocer a quienes enfrentábamos. Era otra época… Había un contexto de ideologías, de guerra fría, de pasiones desmesuradas, de gran confusión. Visto desde hoy, parece una locura, y tal vez lo era.

A 11 años de la tragedia de Antuco, ¿crees que el Ejército ha hecho suficiente por las víctimas del accidente?

—Nunca nada será suficiente para los padres y familiares de quienes allí murieron. Lo peor que podría hacer el Ejército es olvidar y no aprender de la tragedia y hoy, a más de 10 años, veo hartos cambios, lecciones aprendidas. Hubo cuestionamientos de fondo y de forma que eran totalmente necesarios para madurar como institución. Pienso que las personas, y qué decir las instituciones (que son dirigidas por personas), somos siempre los últimos en adaptarnos a los contextos, cada vez más cambiantes, y tal vez esto tenga que ver con lo que he venido sosteniendo: uno, que nos aterra saber que no sabemos nada; dos, que nos aferramos a «la verdad» con una obstinación que es más cobardía que fe. Esa conjunción de factores, en el mejor de los casos, nos hace bastante rígidos a los cambios, y en el peor, nos violenta. Hay cierta fragilidad que no queremos aceptar, una humildad que el orgullo repele. Alguien dijo que nuestra naturaleza huye al vacío, y puede que huyamos de nosotros mismos, que esa sea nuestra naturaleza. En fin, quién podría culparnos… Hay un poema de Bolaño en el que siempre pienso mucho, y probablemente hay en este una ternura que escapa a lo que yo te podría decir. El poema cuenta una historia más o menos así: un padre y un hijo se abrazan mientras ven que el mundo se cae a pedazos, el hijo pregunta qué pasa y el padre, que sabe que han entrado en el programa de la muerte, le dice que no tema, que será solo un viaje, pero el hijo se da cuenta que van a morir y, desconsolado, pregunta quiénes somos: «¿Somos abejas, hormigas, cifras equivocadas en la gran sopa del azar?», y el padre responde: «Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros, héroes públicos y secretos».

A todo esto, a qué hace alusión el título de la novela,‛La dulce muerte.

—Dulce muerte o muerte dulce es la forma con que se denomina a la muerte por hipotermia. Me pareció adecuado el título porque más allá de la pesadilla que debieron vivir, es una de las formas menos traumáticas de morir.

¿Qué función le cabe a la literatura en la asimilación de la tragedia?

—Bueno, muchas en realidad. Creo que podría ayudar a asimilar el dolor. La literatura nos pone de cara al espejo y nos devuelve nuestra imagen trizada, que, con empeño, es como mirarse desde varias perspectivas. La literatura, como tú dices, desestabiliza todo nuestro sistema de creencias; es un cable a tierra, un aterrizaje forzoso en nuestra propia fragilidad; una toma de conciencia del milagro de la vida. La literatura, la mejor literatura (un Joseph Conrad, pongamos) siempre nos enfrenta a un mundo que está dominado por fuerzas que nos superan y que marcan un destino inevitablemente trágico. Y así y todo no niega al mundo, sino al contrario, se lanza de narices a bucear en ese agujero negro. La literatura recoge lo que abandonamos en el camino, lo que va perdiendo su valor de uso, hace del camino su meta y comparte la emoción de los fugaces resplandores que aparecen hasta en las tinieblas más oscuras.

la dulce muerte

La dulce muerte
Enrique Gloffka
RIL Editores, 2015
124 p. — Ref. $8.000

El buen soldado

Sobre el autor:

Juan Carlos Echazarreta

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