Publicidad

La hora incandescente del crepúsculo violeta

por · Agosto de 2021

Lo esencial de escuchar radio fue el progresivo descubrimiento que llegó a mí debido al radioteatro.

Publicidad

Hace un par de años, cuando se me pidió que escribiera un segundo tomo de mis memorias, que titulé El Sol del Pacífico, mi editor, el incomparable Vicente Undurraga, editó, censuró o, como quiera que se lo llame, un extenso capítulo dedicado a los radioteatros que, durante mi infancia, eran la sal y pimienta de las entretenciones que nos alimentaban. Ahí puse que un programa radial es tan diverso a uno de televisión, que toda comparación con otra forma de pasar el rato resulta del todo impracticable. Esas voces profundas, pronunciadas y construidas con refinamiento, correspondían, qué duda cabe, a hombres y mujeres tan bellos como las estrellas de cine, generosos hasta lo indecible, a pesar de que fueran parte de series tan horrendas como El siniestro Doctor Mortis o La tercera oreja.

Aquellas locuciones, líquidas, densas, esmeradamente moduladas, nada tenían que ver con los mortales comunes y corrientes que uno se topa a la vuelta de la esquina, puesto que habitaban un territorio inaccesible, un más allá, aun cuando este espacio fuera una mera y vulgar oficina de transmisiones radiales. Esas palabras, pronunciadas de modo incomparable, nos ponían al día en las noticias, nos hacían saltar de la cama, resultaba del todo imposible reconocer a sus portadores, ya que eran inalcanzables. Y, entre tantas enunciaciones portentosas, sobresalían las de Justo Ugarte, Luchita Boto, María Llopart, Sylvia Pinal, Mireya Latorre, Ricardo García, Raúl Matas o Sergio Silva.

Nunca he sido especialmente aficionado al fútbol, pero escuchaba deleitado los partidos transmitidos por Hernán Solís, Darío Verdugo y el inimitable Sergio Silva. En verdad, más que escuchar, uno, literalmente, asistía a las contiendas deportivas, puesto que era como estar, de manera física, en el estadio y en ocasiones mucho mejor, a pesar de que nos llegara en micrófonos que operaban mediante tubos eléctricos y, tiempo después, gracias a transistores.

Una vez más, reitero que no idealizo el pasado: coetáneos míos comparten mis puntos de vista y los niños que apenas saben lo que es una radio, pueden acudir a sus padres o abuelos para que les digan en qué lugar residía tal hechizo, cuál es el motivo de que dicho universo, recién fenecido -estoy hablando en términos históricos-, tenía ese asombroso don de embelesarnos, dejarnos con la boca abierta, embrujarnos.

Con todo, para mí lo esencial de escuchar radio fue el progresivo descubrimiento que llegó a mí debido al radioteatro. Para ser franco, entre los diez y doce años, tenía como hábito leer “revistas para mujeres” y, sobra decirlo, lo hacía sin que lo supieran mis padres, sobre todo el ogro Camilo, quien me amenazaba con que me transformaría en maricón si persistía en esas aficiones tan poco varoniles.

Así, en los fines de semana y a lo largo de las vacaciones, cuando Loreto y Camilo padre dirigían la Hostería “El Paso”, yo me escapaba a los confines de esa hectárea para devorar Confidencias, Solo para mujeres con criterio formado, Para ti, Rositas, o Perfidia, que, mediante fotogramas o dibujos, nos proveían aventuras de pasión desbocada, adulterios encubiertos que todos conocían o pretendían ignorar, locuras de amor no correspondido, engaños a vista y paciencia de cónyuges y parientes.

Resultó, pues, ineludible, inevitable, insoslayable que terminaría en manos de Chabela y Elba, las dos empleadas para todo servicio que residían en mi casa, mientras, junto a ellas, seguíamos los radioteatros de la época. Nos atrincherábamos por horas de horas para extasiarnos con las comedias, como en esos años no tan lejanos, se titulaban los truculentos folletines para los parlantes eléctricos y a ellas les agradeceré siempre mi pasión, mi devoción, mi interés nunca saciado por todo lo sentimental, lo cursi, lo enloquecido de esas tramas descabelladas y, para decirlo con todas sus letras, absurdas y sin sentido. Esas andanzas inverosímiles fomentaban en mí la creencia, que, hasta cierto punto sigo manteniendo, de que esa era la literatura genuina, y no la otra más “seria”, puesto que todo estaba a la vista y era innecesario hacer esfuerzos de comprensión.

Mis obras preferidas fueron El derecho de nacer, Los hijos de la otra, Pasaron veinte años, La usurpadora y, sobre todo, La infame, que fue el abracadabrante dramón que parece no haber sido del gusto del magnífico editor Vicente Undurraga y que me persigue hasta el día de hoy, como si lo estuviese sintiendo en estos mismos momentos.

He aquí el argumento, muy, muy resumido. Magda y Ernesto, ambos jóvenes, apuestos, con toda la vida por delante, están a punto de contraer nupcias. Sin embargo, hay señales de tormenta, a las que ninguno presta mayor atención. Estela, íntima de Magda, le advierte que su futuro consorte lleva consigo un pasado reprochable. A Magda esto nada le importa, ya que ha depositado toda su confianza y su ser en Ernesto. Hay otras señales de peligro, pero tal es la infatuación de Magda que ignora toda premonición adversa. Llegan regalos, felicitaciones, llamadas de parientes y amigos deseando parabienes a los futuros esposos. Otros signos funestos -pájaros de mal agüero, escaleras mal colocadas, lluvias torrenciales inesperadas, etc.-, son igualmente indiferentes para Magda. La ceremonia matrimonial es suntuosa y al término, un descapotable Cadillac aguarda a los futuros consortes para conducirlos a su luna de miel. Pero algo horroroso sucede justo en el momento en que el sacerdote va a bendecir los anillos. En el templo irrumpe Elvira, desmelenada, desencajada, fuera de sí, proclamando que espera un hijo de Ernesto. La celebración culmina en un caos y la concurrencia se desbanda.

En adelante, la convivencia entre Ernesto y Elvira deviene una pesadilla. Él es un médico serio y preocupado por el prójimo y a ella solo le interesan las fiestas, los trajes, los paseos. Para colmo de males, su hijo padece poliomielitis. Entretanto, Magda ha rehecho su vida y ejerce como enfermera en Acapulco. El destino quiere que Chava, el hijo de Elvira y Ernesto, sea vecino de Magda. El destino también quiere que ambos se hagan amigos entrañables. Por último y muy sintéticamente, el destino quiere que Magda enseñe a Chava a caminar, dar sus primeros pasos, valerse por sí mismo. Y claro, el destino además determina que Elvira se entere de que su hijo adora a Magda.

En consecuencia, se querella en su contra por secuestro de menores y el titular “La infame”, “La infame”, “La infame”, ocupa todos los diarios nacionales. A pesar de los esfuerzos de Ernesto por disuadir a Elvira, se lleva a cabo un proceso criminal en el que Magda lleva todas las de perder: nadie la defiende, todos la llaman LA INFAME. Pero comparece un letrado joven, muy atractivo, inteligentísimo, que, atraído por la personalidad de Magda, la visita en la cárcel y, a pesar de que ella no posee recursos, se hace cargo de la defensa. De este modo, prosiguen capítulo tras capítulo de virulentos episodios. José Miguel, el abogado de Magda, tiene un as bajo la manga que nadie sospecha. En los momentos culminantes del proceso, cuando la condena a Magda se ve inexorable, hace comparecer a Chava. Ante la consternación de la concurrencia, el niño se abalanza a besar a Magda. Por consiguiente, ella es absuelta. Poco después, Magda y José Miguel caminan tranquilos por una concurrida calle y ella le inquiere sobre los honorarios. Él le responde que ya los sabe. Magda, mirando hacia el difuso horizonte, solo atina a decir: esto ha ocurrido en la hora incandescente del crepúsculo violeta.

La hora incandescente del crepúsculo violeta

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

Comentarios