Carlos Labbé: Llamada de cobro revertido

por · Febrero de 2011

“Caracteres Blancos” desde New Jersey

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Aunque ya trabaja en su próxima novela, Caracteres blancos de Carlos Labbé fue uno de los últimos lanzamientos de 2010. Su primer libro de cuentos y la confirmación de su propuesta. «Quien te lee siempre es más inteligente que tú», asegura, y desde New Jersey nos explica por qué.

Pocos días antes de las intensas nevazones que afectaron a la costa este de Estados Unidos, conversábamos —vía mail— con Labbé sobre los cálidos parajes de la playa de Matanzas, en la VI Región.

A tres horas de Santiago, este balneario sirvió de inspiración para que él imaginara a la pareja de Caracteres blancos (Sangría), en su último libro. Aquí nuevamente está intacta su firma: un texto algo esquivo a la primera, disperso, ambiguo, aunque lleno de sutiles y brillantes pasajes. Una propuesta estética que, ya está dicho, combate la claridad y le exige al lector una participación más real y activa a la hora de completar los relatos.

Parapetados con dos botellas de agua y un libro en el que escriben con tinta blanca, la enigmática pareja decide, de un momento a otro, escaparse al desierto. No hay aparentemente explicaciones. Intercalando entre sus experiencias, conocemos también a un fantasmal personaje que parece vivir en las escaleras de un edificio, o un joven aprendiz de escritor que -sin saberlo- sueña con La vida breve de Onetti. Suena delirante, pero no lo es tanto.

En la jerga periodística, Labbé hizo noticia durante el 2010. Diríamos incluso que estuvo intratable. Primero (y lo más importante) por su obra; luego, por su labor editorial en Sangría, despachando un par de joyitas difíciles de esquivar y, finalmente, por sus dichos. En el intermedio, la influyente revista inglesa Granta lo escogió entre los 22 narradores latinoamericanos con mayor proyección y Labbé, poco antes, probó puntería contra lo más granado de los escritores chilenos superventas: «son unos flojos, a quienes les arman sus libros», dijo a La Tercera. De algo le habrá servido su paso por editorial Planeta.

Así las cosas, Caracteres blancos no se nos podía quedar en el tintero. Tampoco Labbé y su inagotable paciencia para responder cuestionarios. Rodeado hoy de enormes fábricas al estilo Animals de Pink Floyd, trabaja en lo que será su quinta novela, Piezas secretas contra el mundo. Lo interrumpimos y esto fue lo que nos dijo.

¿Qué imágenes de Matanzas te impulsan a escribir sobre esta pareja?

—La playa de Matanza es muy larga y, como tantas otras del litoral central, sus dunas ofrecen un marco de calor y sequedad en extremo contrastante con el mar que está ahí, a dos pasos. Justamente la reflexión es cómo de la imagen de una pareja en el desierto surge una pregunta sobre la cercanía que tienen las palabras privacidad y privación. ¿Por qué se hace urgente negar una parte del mundo público para construir una relación privada? La literatura es un espacio de intimidad donde confluyen todo tipo de discursos —discursos públicos, experiencias inenarrables, conversaciones cotidianas, ecos y resabios de palabras desconocidas que igual nos suenan— y la instancia de un libro, donde cualquier lector puede entablar una relación personal con esa desconocida que es la voz narrativa mutable, se parece mucho a eso otro indecible que algunos llaman amor.

La gran mayoría de los relatos de Caracteres blancos ya habían sido publicados con anterioridad. ¿Qué tantas modificaciones sufrieron ahora?

—Los cambios no fueron estructurales ni de estrategia narrativa. Transformé algunas frases, incluso palabras específicas; pero esos cambios son siempre significativos.

¿Cuentos? ¿Una novela? En este libro el límite parece estar en entredicho…

—Hay una idea formalmente conservadora de que un libro de cuentos tiene que ser un compilado de relatos cuya relación no está explicitada y que siempre le corresponde al lector encontrarla. Es el mismo lugar ortodoxo que quiere definir géneros literarios y que frunce el ceño cuando las relaciones entre los cuentos están también mediadas por una narración, porque eso correspondería a la novela. Por mí que la cuentística sea un espacio de desborde, que la dimensión narrativa se confunda y se exceda a sí misma hasta atravesar el campo de la intensidad lírica, la especulación con el yo ensayístico y la multiplicidad dramatúrgica.

Hay narraciones que parecen dialogar directamente con la historia de esta pareja; otras, en cambio, derechamente le dan la espalda. No se la pones fácil al lector.

—No sé. Hay lectores abiertos y hay lectores cerrados. Incluso hay quienes prefieren siempre leer libros de autores y editoriales distantes para no tener prejuicios que les cierren la lectura; eso lo vemos mucho en las listas de fin de año donde no vemos casi ningún libro chileno, y es un resultado miserable de la colonización mental. La persona que te lee siempre es más inteligente que tú. Si uno lee un libro sin buscar la referencialidad inmediata, poniendo atención a relaciones lógicas distintas a aquellas a que nos tienen acostumbrados los procesos de lectura de la prensa, de internet o de nuestra formación intelectual personal, puede llegar a conversar con todas las personas que hay ahí dentro, sin negarles la complejidad de sus discursos ficticios.

Uno de los relatos más notables es Memorándum. Y uno de sus puntos más interesantes es esta suerte de crítica aspiracional sobre aquello que ambicionan las personas y que, eventualmente, podría estar en el “alma de una ciudad”.

—No había pensado exactamente en el adjetivo aspiracional, tan afín al discurso del guardia de seguridad pública en ese cuento. Hablar de que el alma tiene una ciudad dentro -como lo hacía una escritora religiosa de hace varios siglos como Teresa de Jesús- o que una ciudad tiene alma -un alma negra, como a veces los santiaguinos sentimos cuando todo se viene abajo otra vez, cuando vuelve el smog- es experimentar la paradoja terrible de que uno no puede simplemente quedarse quieto observando por muchas horas en el centro de Santiago, porque inevitablemente alguien se te va a acercar para exigirte algo: movimiento, plata, explicaciones. Es eso lo aspiracional santiaguino, un rasgo de personalidad que bien dices tiene que ver con lo mezquino. Y eso nos devuelve a la pregunta de cómo construir una relación íntima de gratuidad sin tener que salirse de ese entorno.

Saltemos a New Jersey, tu nueva residencia. ¿Con qué te topaste en Estados Unidos?

—Digamos que pese a que por mi ventana se ve un amplio horizonte campestre, que todos los días estoy rodeado de ardillas, marmotas, gansos, venados y pájaros desconocidos, puedo meterme a un tren y en poco más de media hora estar entre las pantallas gigantescas, rodeado de muchedumbres políglotas, las bibliotecas excelentes y el tráfico infernal de New York City. Esa complementariedad entre ruralidad y metrópoli es la mejor manera que tengo de describir la sensación que he tenido en estos pocos meses de conocer personas en Estados Unidos. Es una de tantas contradicciones marcadas -también está la lucha cotidiana del castellano, disfrazado de español- contra el inglés y viceversa; o los lugares históricos perfectamente habitados que colindan con fábricas enormes y el volumen de las voces que se cruzan en la calle -que me ha hecho buscar cuál es esa idea de unión y de división – que tanto obsesiona a las personas que viven en Estados Unidos.

En el intermedio Granta te escogió en su exclusiva lista de los 22 escritores latinoamericanos menores de 35 años más importantes. ¿Qué representa estar allí, imagino que hay un golpe positivo para el ego?

—Sí, pero el golpe al ego se evapora en cuanto uno se sienta y lee la página de una nueva novela de escritura interesante. O cuando levantas la mirada del libro y ves pasar un montón de niños tomados de la mano yendo a la escuela. ¿Qué importan las listas? Nada. El interés real para mí de estar en Granta es el hecho de que participé en un ejercicio de traducción de uno de mis textos a la lengua inglesa en sincronía con mi propio establecimiento en New Jersey.

Antes de partir a EE.UU. repasaste a Pablo Simonetti, Carla Guelfenbein y Roberto Ampuero. «Escritores flojos», afirmaste, que ganan demasiado para lo poco que trabajaban ¿qué conclusiones te dejó esa polémica?

—Lo que yo puse en discusión es la idea de autor en la literatura chilena y latinoamericana actual, el autor como una figura infalible que opina de todo y no dice nada pero es sagrado: una construcción que es exitosa -en toda la resonancia también mezquina de esa palabra- si se produce una coincidencia entre la imagen que el mismo narrador tiene de sí mismo, la que su editorial proyecta, la que de él percibe el círculo social primario que lo lee, la que los medios de prensa construyen sobre él, en fin. Y algunas veces esa coincidencia transaccional no es una casualidad, sino que es un producto del cálculo de un agente, de un periodista, de una editorial; aunque pocas veces resulta eso, los textos literarios que quedan como parte de ese negocio cultural son un palimsesto de novela rosa, clichés de crítica social y novela de aprendizaje. Confío en que no haya más autores jóvenes que dejen que les armen la novela, sea quien sea que lo quiera hacer, incluso el crítico literario más prestigioso del momento. El texto literario sigue ahí, y es necesario leerlo sin la imagen del autor, o considerando que eso también es una de sus ficciones, la más pasajera de todas.

Caracteres Blancos
Carlos Labbé
Sangría Editora
152 páginas.
Precio ref. $ 10.000

El cierre del 2010 trajo resúmenes, listas y balances. Me interesa saber el tuyo: lecturas recientes y apuestas para este año.

—Estoy leyendo dos libros de cuentos excelentes de Claudia Hernández, narradora salvadoreña. También estoy haciendo el ejercicio de leer a Antonio Gil, Fogwill y Fernando Vallejo como un terceto de narradores mayores de Latinoamérica que mezclan experimentación textual, relecturas de la historia y un afán polemista que los expone como autores-personaje que no parecen enseñar a los nuevos narradores, pero sí lo hacen; y luego leo a ese terceto en relación a Diamela Eltit, Margo Glantz y Silvia Molloy, tres narradoras mayores también de Latinoamérica. Estoy leyendo fascinado los libros que en Chile está haciendo el grupo La Faunita de Maorí Pérez, Marco Arcaya, Felipe Becerra y otros narradores poetas. La nueva novela de Becerra, Ñache, que Sangría publicará el año 2011, dividirá aguas entre los narradores más jóvenes que quieren ponerse de espaldas a la gran corriente neobarroca de la narrativa latinoamericana. Estoy leyendo el último poemario narrativo de Gustavo Barrera. En poesía, me parece interesante lo que está publicando Ripio, Moda y Pueblo, Alquimia y Tácitas; en ensayo lo que hace Lom, Metales Pesados, Palinodia y también las ediciones universitarias de la Silva Henríquez, la UDP y la Alberto Hurtado —donde espero con ansias que saquen pronto los ensayos de Fernando Pérez Villalón—; en narrativa, además de confiar en que Pablo Torche y César Farah apuntalen el nuevo sello Emecé en Chile, confío en lo que están haciendo de a poco Cuneta y Chancacazo. Quiero leer los dos nuevos de Alejandro Zambra, el nuevo de Matías Celedón también. Leerme de un viaje toda la narrativa de Jorge Guzmán. Me entusiasmo con los capítulos de la nueva novela experimental de Mónica Ríos. Estoy leyendo un libro de Ana Mariella Bacigalupo sobre el problema metafísico, genérico, económico y sexual de ser machi mapuche en Chile ahora, y cada noche me detengo en las páginas de los Sutras de Patanjali.

Carlos Labbé: Llamada de cobro revertido

Sobre el autor:

Fernando Cea

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