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Larga resaca del FICValdivia

por · Octubre de 2015

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A días de haber finalizado la 22ª versión, repasamos algunos pormenores, ganadores y derrotados, lanzamientos y momentos que dejó la mejor semana (en modo sureño) consagrada al cine.

El ejercicio es similar a cuando, maltrecho por los litros de brebajes etílicos que te echaste encima la noche anterior, abres un ojo y la sinapsis, lenta pero constante como el caudal del Calle Calle, comienza avanzar en tu tejido neuronal. Así, pegado a la almohada mirando en vertical, las asociaciones corren difusas, pero aparecen poco a poco y van formando un espectro mayor de lo que pasó durante siete días. Un territorio, salas de cine, proyecciones, lluvia, luces, personajes y personajillos, comidas, cerveza, joda.

Reconstruyamos.

Salas y público

Así a simple vista, incluso para funciones matutinas que respondían a films más satélites, el público del festival respondió con devoción por la pantalla. Varios sold out marcaron su transcurso y ninguna sala mostró pobreza. Bien. La trayectoria y alcance del festival cultiva sus frutos, y se nota una audiencia desarrollada que se documenta y participa. Incluso las secciones paralelas, que en general orbitan en un segundo orden —nuevos caminos, totalmente clásicos, totalmente erótico, primeras naciones, totalmente salvaje— tuvieron buenos resultados, lo que destacaban con sorpresa sus programadores.

Si bien los número no están, se estima que este año se marcaron alrededor de 17 mil entradas en las funciones del FICV, cifra importante si se considera que este año no hubieron espectáculos asociados a la instancia que siempre aumentan las entradas únicas (conciertos o proyecciones gratuitas en otras sectores de Valdivia).

Luna de miel valdiviana

Uno de los platos más fuertes que traía esta versión del FICV era, sin duda, el estreno de Las mil y una noche junto a la presencia de su director Miguel Gomes. Para muchos el estreno del año (en Cannes la crítica especializada la eligió como lo mejor del certamen). Divido en tres —y largos— volúmenes, la película del director portugués traza la situación actual de su país y su relación de crisis con Europa a través de varias pequeñas y grandiosas historias, basándose en la estructura del famoso libro árabe. Y Gomes, quien mantiene una relación cercana con el festival de Valdivia (su película Aquel querido mes de agosto había ganado la competencia de largometraje internacional en 2008) ahí presentándolas. En el estreno del volumen 1 —O Inquieto—, los dueños de la cerveza Cuello Negro se le acercaron al portugués para regalarle un pack «porque su película estaba muy buena». Ese pequeño gesto, demostrativo de la buena onda en el ambiente de la ciudad (y no solo con él, sino en general), le proponían a Gomes un territorio relajado y distendido, lejos de las luces y parafernalia que lo ha rodeado durante todo el año por el impacto de su película (dicen que en Cannes el ego se le salía por los ojos).

Así tal cual, relajado y cercano, el director se paseaba como el resto de los mundanos del festival y se sumaba, en general, a lo que era la tónica de cada jornada (y de cada año): películas durante el día, aperitivos y comida en La Última Frontera y fiestas por la noche (muy probablemente en el Gaz Gaz). En ese modo hizo la presentación cada volumen de sus películas y en ese mismo participó de su master class. Algunos apuntes de la instancia:

«Para mi el cine nace del deseo de inventar otro mundo.»

«Para mi las reglas de la vida no son las del cine. El cine es otra cosa que habla sobre la vida.»

El cine como juego: «hay que inventar las reglas para jugar. Cuando hago películas no las estoy haciendo de manera racional.»

Cine dentro del cine: «La producción hace parte de ese territorio donde se está rodando.»

«En el cine digital se ve todo muy definido. Hay que hacer mucho para que se vea poco. Trabajar en película te hace ver poco y para mi el cine es luces y sombras. El cine es como la cerveza: tiene que tener un poco de gas.»

Animales y fábulas: «tengo una tendencia a filmar cosas fuera del orden social. El cine permite inventar espacios para criaturas así.»

Sobre Las mil y una noche: «yo quería hacer un cuento. Y tenía una fascinación por el libro de Las mil y una noche. La situación de crisis en Europa me da vergüenza. Pensamos que nuestro modelo estaba sustentado en una democracia más avanzada. Pero ahora nos dimos cuenta que estaba sustentado en la plata. La evidencia es la Troika. Yo quería filmar eso, y no filmar una sola cosa, sino muchas.»

Proceso de producción de Las mil y una noche: «creamos ficción en directo. Después de un día que sucedieran las cosas, estábamos reescribiéndolas».

Meses atrás, cuando Gomes confirmaba su participación en el festival, la organización le propuso, para aprovechar su visita, a ser parte del jurado de la Competencia Internacional. Gomes pidió las excusas respectivas y prefirió marginarse. Su novia (ahora esposa), quien había trabajado en el casting de Las mil y una noche, Maureen Fazendeiro, estaba seleccionada en esa sección. Su medio-metraje Motu Maeva terminó por ser el ganador de la competencia más importante del festival.

El documental de 2014, que tuvo su premier latinoamericana en Valdivia, traza un viaje por la memoria de Sonja André, una aventurera del siglo XX, que vive en un refugio que construyó con sus propias manos en la isla de Motu Maeva. Utilizando archivos de la mujer en 8mm entre los años 50 y 70, y combinándolos con sus propias tomas en el mismo soporte, la directora desarrolla poéticamente un viaje sensitivo por la experiencia de la libertad.

Esa experiencia, así tal cual, parecía la misma para la pareja portuguesa: un territorio idóneo para su luna de miel cinematográfica. Dos semanas de casados, con Gomes como invitado estrella y Fazendeiro como competidora y pronta ganadora, perdidos en un festival del fin de mundo, con gente del fin del mundo. De hecho, en una de esas tardes-noches valdivianas, hombres del fin del mundo se acercaban picarones a Maureen Fazendeiro y, puedo decirlo como testigo del fin de mundo, Gomes se hacía presente para marcar su territorio. Los celos son universales, al fin y al cabo.

Los competencias, los premios y no premios

La selección en la competencia internacional, y el posterior premio a Motu Maeva, resulta interesante de considerar por la duración del film. 42 minutos suele ser un problema para una película. Un objeto ambiguo a medio camino entre un corto y un largo —un mediometraje— es, en términos simples, un producto difícil de vender. Pudú a la nobleza del festival en ese sentido, porque finalmente la selección y reconocimiento de las películas está sustentada en su calidad contra los estándares que impone la industria.

Sin embargo, un par de extrañezas llamaron la atención: dentro de la misma selección internacional, que venía cargada de películas con excelentes pergaminos —Kaili Blues, Strange Particles, Une Jeunesse Allemande—, un documental peruano —A punto de despegar— se colaba en la sección y, seamos amables, estaba a un estándar de realización muy por debajo del resto. Las películas chilenas en esa competencia —Las Plantas, de Roberto Doveris; y La vida sexual de las plantas, de Sebastián Brahm—, por ejemplo, no merecían discusión de su presencia. Lo lamentable, al final, es que el documental peruano —que da cuenta del desalojo de un antiguo campamento en Lima por la extensión del aeropuerto de la ciudad— recibió mención especial del jurado y puso en cuestión la calidad del mismo.

Pero lo que el jurado no hizo por un lado, el público del FICV se encargó de reivindicar por el otro. El documental Une Jeunesse Allemande de Jean-Gabriel Périot —documental construido solo en base de material de archivo de la RAF (Rote Armee Franktion, Facción de la Armada Roja), grupo revolucionario alemán, autodenominado como guerrilla urbana, que pasó desde la batalla de las imágenes a la lucha armada— fue condecorada con el premio que dan los espectadores. Destacable gesto: se trata de un documental que se debe a un público más bien especializado por el tema y el tratamiento. El hecho se liga, además, con que su director tuvo un foco en el festival el año 2013, generado una continuidad en la relación con el público de Valdivia. Espectadores, a estas alturas, expertos y combativos.

Dentro del marco de la competencia Internacional, la película china Kaili Blues se ganó el pudú a la indiferencia. Una vez confirmada en la sección, no eran pocos los que preconizaban, al menos, una mención especial del jurado. Por lo bajo. Una obra muy exclusiva y jugada, y que tener ahí en competencia era un verdadero lujo. Pero pasó, a ojos del jurado, sin pena ni gloria y por las distintas instancias festivaleras, siempre abundantes en cerveza y descargos espontáneos, se repetía la frase «y la china no ganó nada».

Productores Independientes, ¡unidos!

En relación a otros festivales nacionales, y pese a la inestabilidad financiera que puede alcanzar el FICV entre año y año (hola Fondo Audiovisual), la estructura se sostiene por sus años recorridos, su prestigio alcanzado, y la calidad y compromiso de su organización. Madurez con sustancia, porque hay un público cautivo que le da sentido y los distintos estamentos de la industria saben, que en buena medida, el corazón de la frágil industria cinematográfica nacional habita en la decimocuarta región una vez por año.

Por ese soporte, no resulta azaroso que el lanzamiento de la Asociación de Productores Independiente tuviera lugar ahí. Organizados con la misión de crear una plataforma colectiva que pueda coexistir con los otros gremios de la industria, la asociación propone una red de colaboración basada en la experiencia que, separadamente, han ganado las distintas (y pequeñas) productoras que la conforman.

Esta experiencia, basada en mucha creatividad, autogestión y búsqueda continua de nuevos modelos de producción, y que en definitiva están forjando el nuevo y fresco cine nacional, tiene además un foco en el carácter autoral en el desarrollo cinematográfico. En otros términos, existe un compromiso de sus participantes por el hacer cine por el cine y que dada las condiciones merece un trabajo en equipo.

«Queremos ser inclusivos, y recibimos solicitudes de incorporación de empresas ya formadas a la fecha, con trayectoria, así como otras que estén recién constituyéndose con proyectos en desarrollo. Lo importante es sentirse representado por nuestra posición de escalas y formas de producción, trabajar en diferentes géneros y formatos. No es excluyente tampoco ya haber tenido un estreno a la fecha de incorporación», dice su directiva a días del lanzamiento.

Si hablamos de inclusión, el FICValdivia es para la API, para el público, para los invitados, para los competidores, un lugar muy hospitalario. Salud y larga vida al festival.

Larga resaca del FICValdivia

Sobre el autor:

José Jiménez (@jamonez) es periodista y realizador.

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