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Lindo momento

por · Mayo de 2014

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En el paradero Concón de la Alameda hay dos jóvenes besándose, ella, que usa un vestido negro y panties moradas, está sentada de piernas abiertas sobre él. Se mueven, más ella que él, absortos en el ritmo de la calentura adolescente. Un poco más allá un local antiguo, lleno de escritos y avisos de tocatas. Tiene un pasillo oscuro y no muy ancho que a esa hora protege del sol en Santiago. Sobre el escenario instalado en el patio se escucha «Y no sabes lo que siento cuando pienso en tu cuerpo. Esas noches imborrables que vivimos tanto tiempo». Es No Shame. La banda toca y el local se llena de gente. Los punkies que en los ochenta se vestían con pantalones rasgados y poleras de cuarto dueño, ahora, renovados y modernos, lucen zapatillas Nike con detalles en leopardo, anteojos grandes y poleras nuevas. Unos quinceañeros fuman y se marcan la cara con plumones. Gritan y cantan como si supieran que se van a morir. El grupo baja del escenario y dos mujeres chillan y abrazan al vocalista. «Somos No Shame lovers», dicen histéricas al cantante que muestra una sonrisita falsa. Vuelvo al pasillo que está algo más desocupado y me siento a esperar: vine por dos bandas que posiblemente toquen dentro de tres horas más. Al frente mío hay dos skins con un niño que parece ser su hijo. El chiquitito viste una camisa a cuadros y suspensores con unos pantalones que hacen alarde de su hombría a sus 4 ó 5 años. Juega con un muñeco del hombre araña y come huevos de chocolate. Los papás conversan entre sí y él, entre coqueto y tierno, le dice a ella «saquémonos una selfie». «Ya po, pero con tu celu», le responde ella. Fuera del local está la yuta llevándose unos punkies que toman cerveza. Desde adentro hay gente mirando y reclamando, algunos hombres se agarran el paquete gritándole a los pacos «hijos de puta». Cuando logro entrar, veo a Álvaro España arreglando los instrumentos. Está enojado y alega. Usa jeans negros apretados y una polera de Popeye. «Baja el retorno de este micrófono porfa», le dice al sonidista, que ausente o sordo no hace caso. «El retorno porfa», repite el vocalista de Fiskales Ad-hok. No hay respuesta. «Puta el hueón, no baja nunca la hueá». Me subo a la reja y me paso hacia el espacio entre el escenario y el público, me siento sobre un parlante enorme y ahí me quedo esperando que los Fiskales empiecen a tocar. Hay un tipo sobre la pandereta que da al edificio vecino y otros sobre el techo. España habla. Suenan los primeros acordes de “Lindo momento frente al caos” y salta sobre el escenario. El movimiento deja entrever el poto del cantante. «Se le vio la raja», comenta alguien. El público, en un gesto que no sé si es simple copia o impulso, también salta y se empuja. Se suben unos sobre los hombros de otros y se lanzan al escenario, agarran el micrófono y cantan un pedazo de canción a punta de gritos y desesperación. Se mueven como electrizados, como enrabiados, como saturados de tanta mierda y creyéndose algo que nunca han sido y probablemente nunca serán. «Cuando yo no era funao por los ratis desgraciaos piola pasaba por la pesca, nunca me habían maquiniao», canta el público con los brazos en alto, como alentando, al ritmo de “La cumbia del Pancho”. «Y por culpa de un gil azarpao encané, la máquina aguanté y al gil por zarpao qué chuzazo le pegué», responde España. Los Fiskales siguen tocando y en un momento el cantante se queda callado, el resto de la banda sigue en lo suyo y España manosea el micrófono, imita un pene, saca toda la lengua y simula lamerlo, hace movimientos pélvicos, baila en tono erótico. Pienso que el punk es genital y me acuerdo de varias situaciones donde los cantantes punkies hacen pasos similares. Pasan 6 ó 7 canciones más y Fiskales termina el show. «El Guardabosques (guitarrista) tiene que viajar en 15 minutos a Osorno», se excusan. La banda baja del escenario y me quedo esperando por Curasbun, el otro grupo que quería ver, pero aparecen unos tipos y empiezan a desconectar los instrumentos. Todos se van. «¿Y Curasbun?», le pregunto a un tipo con mohicano verde y media docena de piercings en la cara. «No van a tocar, se acabó esta hueá». Alguien que desarma el escenario lo confirma. Por la mierda. Por qué no tocan si estaban arriba del escenario cuando tocaron los Fiskales. Me bajo del parlante y me meto al metro.

Lindo momento

Sobre el autor:

Macarena Núñez

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