Lingüística

por · Junio de 2013

Una columna fornicaria sobre el sexo oral. «Guardaré mi spiniak-virginidad y mi sadovirginidad por siempre» dice la guionista y creadora de la película Joven y alocada.

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Mis papás son evangélicos. Los evangélicos dicen que no hay que fornicar. Mi primer novio y mi madre diciendo: puedes tenerlo pero no le tomes ni la mano. Literalmente. De la mano al falo un paso. Yo soy joven y no entiendo. La sumisión o la rebeldía ante el dictamen absurdo. Escojo la segunda. Ni siquiera he pensado en la palabra virginidad y ya me lo está metiendo. Pienso: es aburrido que te lo metan. Pienso: estoy feliz porque ahora soy la menos evangélica de los evangélicos. Entonces les cuento a mis amigos y la experiencia aburrida se hace entretenida.

Yo soy joven y sí entiendo. Entiendo que la narración completa el follón. La típica idea de que qué gracia tiene tirarse a la maraca más rica del mundo si no podís contarlo. La idea inversa: que te eyaculen en el ojo empelota. Contarlo hace vomitar de la risita.

El otro día en la micro. Una mujer y yo. No nos conocíamos. Me dice que acá en Chile todas las niñas se hacen piercings. Me pregunta si acaso sé por qué se los ponen en la lengua. Creo que lo encuentran bonito. Bonito no, dice. Viene desde las geishas que le hacían sexo oral al varón, con una bola de acero en la lengua para darle más placer. A veces se cortaban la lengua de manera vertical para simular la penetración vaginal. Digamos las cosas por su nombre. Yo quiero que no diga nada por su nombre, pero ella sigue: en la Biblia está bien claro que la vagina es solo para el pene y el pene para la vagina. Los hombres andan buscando hasta la penetración anal, imagínese; si por ahí salen los excrementos. Usted debe haber hablado esto con sus padres, con sus amigas. No hable con sus amigas, mejor. No hay que confiar en las amigas. Lo dice fuerte. La micro nos mira. Me siento feliz y ya no quiero que se calle: podré contárselo a alguien después.

Básicamente por eso hablo de falos opresores, vayainas y tetas todo el día. Por un lado la rebeldía ante el evangelio (sicólogo dice: adolescencia tardía). Por otro, querer completar o reivindicar la experiencia cecsual.

Alguna vez pensé que el sexo oral era que te dijeran que te querían culear y que uno respondiera oh sí yo también. Que te dijeran que te chuparían el choro y uno dijera que se estaba mojando de solo pensarlo. Más tarde entiendo: es algo mucho menos imaginativo. Se trata de meter la lengua, sí shoro. Abrir la boca, sí pico. Cosmopolitan dice: cómetelo como si fuera un helado. Yo trato de comerme el helado como si fuera una pichula. Creo que no es lo mismo. Cosmopolitan no dice qué hay que hacer si se quiere chupar el choro. Cosmopolitan no es gai. Me doy cuenta de que pierdo el hilo. Vuelvo al sexo oral: quizás el sexo oral también sea esto. Hablar, contar las pérdidas. Marco teórico a manejar: el cecso como pérdida progresiva de virginidades. Deberían tener puntos. 10 puntos para la fornicación pico-choro. 20 para pico-culo. 40 para trío. Así. Gana el que tiene más puntos, claro está. Creo que yo nunca ganaré. Soy una persona ortodoxa que pierde lo que la gente suele perder. No me gusta la caca ni los latigazos. Al menos no los que duelen. Guardaré mi spiniak-virginidad y mi sadovirginidad por siempre. Menos ortodoxa que la mujer del pene para la vagina y la vagina para el pene. Ella debe tener pocos puntos. Pero yo tampoco confío en mis amigas: solo confío en el mundo virtual que me acoge. Amén, y amén.

Publicado en paniko.cl en julio de 2008.

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Sobre el autor:

Camila Gutiérrez (@joven_y_alocada) es periodista. Escribió la película Joven y alocada y es autora del libro del mismo nombre, además de No te ama.

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