Mazapán, Inti Illimani Histórico, 31 Minutos: mi mundo de niño

por · Abril de 2012

Mi mundo de niño

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Felipe Cussen, el poeta de la mirada transparente y la sonrisa a flor de piel, se sumerge en un remolino de nostalgias. Inspirado por los conciertos de Inti Illimani Histórico, Mazapán y 31 minutos en Kidzapalooza nos entrega su nota más emo.

Qué lindo es ser niño
pequeño y risueño,
jugar con amigos,
bailar y cantar
(Emilio Antilef, Mi mundo de niño)

Es cualquier día de los ’80 y estoy sentado frente al televisor. Es la hora de almuerzo y estoy viendo El festival de la una. Como tallarines con salchichas y salsa de tomate, y para que se enfríe más rápido le echo Coca-Cola. ¿Cómo será tener 5 años y estar escuchando su música? Es un día del 2012 y escucho una grabación que invita: “Niños… niños… niños… ¡vengan!”. Voy. Quiero escuchar una vez más a Mazapán. “Pan, pan, pan, mazapán. Masamasamasamasamigos”. Esta canción es hablada. “Sensemayá”, de Inti Illimani también es una canción hablada. Horacio Salinas me contó una vez que se la escribió en la cocina a su hijo Camilo, para jugar a asustarlo. Ahora Camilo está tocando en la banda de 31 minutos. Yo no vivía en Chile cuando apareció 31 minutos. Me los perdí, y también me perdí Rojo y Protagonistas de la Fama. Fue un pésimo año para haber vivido fuera de Chile. Tengo una foto de chico en la que aparezco en el patio del jardín infantil con un bolso de Iberia. “Mi papá era Simbad el marino. Mi papá tiene un barco de vela. Y un tren”, dicen los versos de Aquiles Nazoa, como un niño sacándole pica a otro. Hace algunos años, Horacio me dijo que cuando se fue al exilio, se preocupó especialmente que le enviaran ese libro. Me imagino ese libro guardado en un sobre. Mientras tanto, yo descubría un mundo nuevo y fácil que estaba en la televisión. ¿Cuál es la infancia que tuve? Los primeros dibujos que vio mi mujer no eran de Walt Disney, eran rusos. En las animaciones se mueve una culebra de plasticina. Mazapán canta una canción sin letra que puede ser completada con sílabas, ruidos, movimientos: “Hoy traigo una canción”. Gracias a las musicalizaciones que ha hecho Horacio he aprendido mucho más de poesía que en la universidad. Las Mazapán tocan con un uslero y un bol: las influencias de la música concreta son evidentes. Cuando se disfrazan de chinitas, parece una performance de Fluxus. Imitan con onomatopeyas los ruidos de los utensilios de limpieza. Casi 30 años después, Mazapán me parece un grupo experimental. Y siguen siendo igual de buenas mozas. Mi mamá perfectamente podría haber cantado en Mazapán. “¿Cómo te llamas tú?” “Emilio.” “¿Te gustó el concierto de Inti Illimani?” “Sí.” Las Mazapán cantan “Lávate los dientes” y se disfrazan de tropicales, pero son lo menos tropical que he visto en mi vida. Los 31 minutos cantan “Diente… amigo…”. Y luego: “Lo mejor que me ha pasado en la vida es sacarle las rueditas a mi bicicleta”. Me acuerdo perfectamente de ese momento. Pero pronto la bicicleta me quedó chica. Los 31 minutos no tocan la canción de la pelota, aunque es la que más pide el público. Yo no sé cuál es esa canción, y si sé, no me acuerdo. Para un cumpleaños me regalaron un libro sobre fútbol y una pelota de fútbol muy buena. Llevé mi pelota y jugamos en el recreo. El problema es que en el cemento la pelota se gastó muy rápidamente. El libro lo seguí estudiando durante muchos años. “El caracol Agustín” es nuestra canción favorita de Mazapán con la adorada Marcela. Horacio canta apenas acompañado por su guitarra “La pajita”, de Gabriela Mistral. Luego cantan “Luchín” a varias voces. Se forma una extraña intimidad a pesar de que a lo lejos retumba la música de los otros escenarios. Los Inti Illimani son los únicos capaces de formar ese silencio. ¿Cuál es la infancia que no tuve? Ahora descubro que casi todas las canciones de Mazapán provienen de la polifonía renacentista. Hacen buenas ornamentaciones con la flauta dulce. La música de Mazapán fue una influencia decisiva para entregar mi vida al apostolado de la flauta dulce. Mi primer recuerdo musical es cantando a los Bee Gees. No necesitaba hacer falsete para llegar a lo agudos. Cuando los Inti Illimani cantan al unísono a todos se les hace un nudo en la garganta. Michelle destaca por su voz muy grave. Verónica es siempre etérea. Cecilia tiene unos agudos que ya se quisiera cualquier cantante de concurso de talentos. Álvaro Díaz se cree el vocalista de Bersuit Vergarabat. Otro verso de Aquiles Nazoa: “La voz de mi papá es como el viento entre los pinos”. La voz de mi papá también. “¿Cómo te llamas tú?” “Martina.” “¿Y qué te pareció el concierto?” “Bien.” “¿Daban ganas de bailar?” “De tocarle la guata a mi papá.” Mi primer concierto de Inti Illimani fue en 1993. Los había escuchado por primera vez sólo unos meses antes. No entendía bien el ambiente del público. No entendía por qué se emocionaban especialmente con algunas de las canciones: para mí eran todas nuevas. Entrevisto ahora a Horacio al final del concierto: “Nos pareció extraordinario que invitaran a un grupo de raíz folklórica como el nuestro, y yo creo que eso la gente lo agradeció”. Mazapán toca una cueca con ruidos de animales de granja, que me recuerda el “Contrappunto bestiale alla mente” de Adriano Banchieri, en el que también dialogan distintos animales. Cuando Inti Illimani toca “La fiesta de San Benito” muestran unas animaciones de vacas sureñas en fast forward, unas vacas jaladas, unas vacas locas. Mazapán canta “La vaquita loca”. Camilo toca en Inti Illimani. Sus solos en el teclado son siempre impredecibles. Lo conocí cuando éramos adolescentes, y éramos compañeros en una clase de teoría musical. “Mala … como el jugo en polvo”. Cuando chicos el jugo en polvo nos parecía exquisito. Horacio me cuenta: “Tratamos de cantarle a los niños, aunque en realidad más vimos más a los padres, pero yo creo que en estas circunstancias todos fuimos un poco niños”. El público escucha muy concentrado. “Porque hablo como idiota” es el nuevo “Somos tontos no pesados”. “Tangananika” es una canción absurda, pero no es tan radical como la última canción que toca Mazapán. Su letra es pura glosolalia: “Cheche cole. Cheche Cofisa. Coche Calanga”. Se parece a “Karawane”, del dadaísta Hugo Ball. Pero no, es Mazapán. Mazapán es el eslabón perdido de la poesía sonora chilena. “Y yo creo que lo mejor es eso, tener ideas, y sobre todo, que la vida musical para nosotros tiene que ver con crear cosas nuevas, nutrirnos y sorprendernos a nosotros mismos, seducirnos entre nosotros mismos. A pesar de sus 45 años, sentimos que este grupo aún es muy joven”, me dice Horacio. ¿Cómo será tener 5 años y escuchar su música? La gente se pone a gritar: “¡Mazapán! ¡Mazapán!”. Ellas están tranquilas. No hay que explicarles el tremendo éxito que tienen. “¿Cómo te llamas tú?” “Amanda.” “¿Y qué te pareció el concierto?” “Bien.” “¿Conocías este grupo?” Dice que no con la cabeza y su madre le reprocha: “¡Amanda! ¡Cantamos ‘El pueblo unido’”. “Aunque ésa es del Quila…”, le corrige una amiga. La gente pide a gritos “La cuncuna”. Los títeres gritan a voz en cuello mientras Camilo salta. El de 31 minutos es el concierto más rockero que he ido en años. Todos están muy contentos y se ponen de pie para bailar “Mulata”. No me atrevo a confesar que las canciones bailables de Inti Illimani me han puesto melancólico, como si en alguna parte de mi cerebro estuviera aprendiendo a bailar por primera vez. Lulú dice “La verdad es que nosotros lo hemos pasado fabuloso”. ¿Qué música infantil habrá escuchado Camilo cuando vivía en Italia? ¿Habrá visto tanta tele como yo? Escucho a un adolescente que dice: “Las voces de Mazapán las tengo como en el alma”. El próximo año tenemos que venir con mi sobrino Elías. ¿Cuál es la infancia que me habría gustado tener? Lollapalooza es volver a la FISA.

Mazapán, Inti Illimani Histórico, 31 Minutos: mi mundo de niño

Sobre el autor:

Felipe Cussen (@felipecussen) es investigador del Instituto de Estudios Avanzados de la USACH y co-autor de Mil versos chilenos y Opinología, entre otras publicaciones.

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