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Mia madre, mi mamá

por · Agosto de 2015

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Veo Mia Madre, de Nanni Moretti: dos hermanos se enfrentan a la enfermedad de su madre y van lidiando mientras tanto como pueden con sus propias vidas. Margherita, la protagonista, es una directora de cine que tiende a creer que la vida real es como sus películas: una sucesión de escenas que ella puede, y debe, controlar. Nada más inmanejable que el paso del tiempo, nada más inexorable que la decadencia física, nada más finito que la vida. Tengo 45 años: mi madre tiene 84. Imposible no pensar en ella. Perdí a mi padre en 2001, mucho antes de lo esperado, cuando él tenía 69 y yo 31. En el año en que los argentinos sentíamos que se nos movía el piso, a mí se me movió un poco más. Estaba escribiendo una novela, iba por la página 150 y tras la muerte de Aurelio Juan Riera no pude escribir ni una más. Recién pude romper el bloqueo cuando empecé a escribir un libro nuevo, sobre lo único que me importaba: la vida sin mi papá, el mundo como un lugar absolutamente distinto al que había conocido hasta ese momento. Han pasado 14 años desde entonces.

Ahora María Zulema Otero, mi madre, está cansada. Todavía da batalla, pero está cansada, en parte porque a su edad es lógico estar algo cansado, en parte por las decisiones que ella misma ha tomado. Nuestra relación siempre fue muy difícil, pero ahora estamos en paz. Puede que parte de esa paz esté basada en la resignación. Mi madre tiene un problema físico por el cual debería ir al médico, pero no quiere ni querrá jamás saber nada al respecto. Dice que Dios la protege y ejerce su libre albedrío. Ni siquiera tiene interés en afiliarse al Pami. En el intento de convencerla hemos fallado el mayor de mis hermanos y yo. Si ella mostrara cierta disposición, su calidad de vida mejoraría de inmediato. Si ella mostrara cierta disposición, me temo, no sería ella: mi madre es terca, mucho más terca que la profesora de latín de Mia Madre. No sin dolor, aprendí a respetar su terquedad. Mi madre es creyente evangélica y tiene diálogo directo con Dios, quien milagrosamente suele estar siempre de acuerdo con ella. De este modo, no hay discusión posible sobre la mayoría de las cosas: ¿cómo cuestionar la voluntad de Dios?

En los últimos tiempos, pareciera que algo se descomprimió en la relación con mi madre, que siempre fue, en el mejor de los casos, conflictiva. Es como si nos hubiésemos aceptado al fin el uno al otro, como si ambos hubiésemos renunciado a pretender que el otro sea como nos parece que debería ser y no como es. Me asusta pensar que este mismo proceso ocurrió con mi padre en el último año de su vida. Alguien que sabe escucharme dice que ese entendimiento se llama “madurez” y que no necesariamente se relaciona con la vejez o con la despedida. No sé qué decir. Pasé buena parte de la vida peleándome con ella y ahora que ambos depusimos las armas, cada vez que la veo termino en un estado de melancolía. Alguna vez pensé que nuestras diferencias eran tantas que yo sólo la quería por el mero hecho biológico: porque era mi madre y nada más (y nada menos) que por eso. Ahora pienso en algo que hace años me dijo mi analista: nos unen más cosas de las que estoy dispuesto a admitir, no puedo seguir peleándome con mi historia, no puedo seguir peleándome con mi sangre.

Leo que la película de Moretti tiene mucho de autobiográfico, como todas las del italiano. La madre del cineasta enfermó y luego murió en días de rodaje: la madre de Moretti era, igual que la de Mia Madre, una profesora de colegio secundario. En Mia Madre, Margherita logra llevar el rodaje a buen puerto, igual que lo logró Moretti. La ficción es más fácil de acomodar que la vida real: si a uno no le gusta un final, lo cambia; si no le gusta una toma, la repite. En la vida real no siempre se puede.

Mi madre está preocupada por mí. Creo que su preocupación empezó hace un año, cuando me separé de mi esposa, cuando me mudé y empecé a pagar un alquiler. Estas cosas suelen ocurrirles a las personas de mi generación: nos separamos, nos mudamos y nuestros padres —y nuestras madres— envejecen. Hasta hace un año vivía al lado de la casa de mi madre: ahora que salí de su campo visual, cada vez que la visito me pregunta si tengo trabajo, si ando bien de dinero, si tengo para comer. Mientras estoy de visita me atiborra con comida: me ofrece un sándwich, galletitas, una fruta, un café, todo lo que haya en su casa en ese momento, por separado y todo junto. Generalmente termino comiendo algo, para que no se ofenda. Después me dice —ahora sin insistir, sin molestar— algo relativo a que yo debería ir a la iglesia. Ahora escucho esas manifestaciones como un acto de cariño, porque mi madre ha cambiado. En otra época sólo parecía preocuparle ganar mi alma para Cristo: ahora le importo como su hijo, una persona de carne y hueso. Ahora estamos en paz, después de tanto tiempo. Debería estar contento por eso y sin embargo me duele mucho. María Zulema Otero, mi madre, tiene 84 años. Parece algo cansada, pero todavía da batalla.

Mia madre, mi mamá

Sobre el autor:

Daniel Riera es periodista y poeta. Autor de los libros Buenos Aires bizarro y Nuestro Vietnam y otras crónicas, entre otros. Desde 2003 edita la revista Barcelona.

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