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Muchacha del tercer mundo

por · Noviembre de 2015

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Cuarenta son las entradas que componen Cuaderno alemán (Alquimia), el nuevo libro de la novelista, ensayista, traductora, pero ante todo, poeta, María Negroni. Escritos bonsái que describen situaciones ocurridas en medio de caminatas por ciudades alemanas. Ahí se convierten en otra cosa: relatos luminosos sobre la violenta paradoja que encarna el primer mundo. Antes, entre agosto y septiembre de 2010, la autora de Elegía Joseph Cornell (Caja Negra, 2013) tuvo que lidiar con la desconfianza que le provocaba escribir un blog.

La situación era esta: las sedes del Instituto Goethe en Alemania y Argentina pusieron en marcha un blog, hace cinco años, bajo el nombre de proyecto Rayuela. La iniciativa consistía en enviar a cinco escritores argentinos a Alemania (María Sonia Cristoff, Alan Pauls, Pablo De Santis, Ariel Magnus y María Negroni) y cinco escritores alemanes a Argentina (Ulf Stolterfoht, Ron Winkler, Ray Wieland, Alissa Walser y Cristoph Simon). Todos tuvieron que escribir un diario de viaje.

Con esa imposición y con la palabra «blog» taladrándole la cabeza, Negroni llegó a Stuttgart —su ciudad «base»— y se forzó a dejar un registro minucioso de sus cinco semanas en Alemania: desde el amor de los alemanes por sus perros, pasando por la Fiesta de la Cerveza y protestas políticas en que la gente carga globos verdes, hasta el horror del Centro de Documentación Fascinación y Terror en Núremberg, símbolo arquitectónico de la pesadilla nazi.

Pequeños ensayos poéticos, punzantes y a ratos experimentales configuran el libro. Siempre con humor negro y una voz inconfundible, que filtra experiencias personales y apuntes cinéfilos. La misma voz de Ciudad gótica (Bajo la luna, 1994) y Pequeño mundo ilustrado (Caja Negra, 2011). Cuaderno alemán, finalmente, encarna el significado del juego rayuela para los alemanes: himmel und hölle, el cielo y el infierno.

—¿Cómo nace la idea de convertir en un libro tus entradas del proyecto Rayuela?

—La idea surgió cuando conocí las ediciones de Alquimia. Me pareció que el libro podía caber en esa propuesta editorial que apostaba, con tanto desparpajo y tanta libertad, a lo visual y a un concepto de libro no tradicional.

—«Siempre desconfié de ese tipo de escritura —cuya espontaneidad y alegre inmediatez ocultan mal su tendencia al chisme y su proselitismo a favor de las banalidades del ego», escribes sobre los blogs. Aunque no hayas cambiado de opinión sobre ellos, ¿qué rescatas de la experiencia de llevar uno durante casi un mes?

—En efecto, no cambié de opinión. Pero, en cambio, reconozco que la obligación de escribir a medida que viajaba, sirvió para exponer una manera de mirar: la mía, con todas sus arbitrariedades, sus limitaciones, pero también su música y su pasión. Creo que el valor del libro, si tuviera alguno, sería ese.

—A pesar de tu desconfianza inicial, las entradas de Cuaderno alemán están marcadas por cierta urgencia, desfachatez, síntesis y humor negro, características muy propias de leer y escribir en Internet.

—No soy lectora de blogs, perdón, así que no puedo opinar sobre esto y menos, comparar. Si supieras las cosas que leo. Cada vez me voy más atrás en el tiempo. Hoy por hoy, podría decirse que mi biblioteca personal es una especie de Monumento al Anacronismo.

—¿Qué estás leyendo hoy?

—Ahora estoy leyendo El Jardín de Ciro de Sir Thomas Browne. Lo de Monumento al Anacronismo fue una exageración, pero es cierto que en general evito los contemporáneos (perdón). Como dice un amigo, sólo me interesa lo que se escribió antes del descubrimiento de los antibióticos.

—Partes con esto: «Nunca escribí un diario de viaje. No lo voy a escribir ahora». Entonces, ¿cómo definirías a Cuaderno alemán?

—Esa frase, si no me equivoco, fue la primera que escribí. Estaba enojada. No quería obedecer. De ahí, el tono un poco encaprichado, desafiante. Lo cierto es que hice lo que me pedían. La prueba está a la vista.

—El escritor británico Pico Iyer ha escrito que uno viaja para perderse y en el camino logra —con mucha suerte— encontrarse y, finalmente, ese es el premio. ¿Qué te pasó a ti con Alemania?

—Mmm, no sé si estoy de acuerdo. Yo prefiero pensar que uno viaja para perderse y en el camino logra —con mucha suerte— perderse de verdad. Borges contaba que, cuando él era chico, salía con sus padres a perderse por Adrogué [ciudad del Gran Buenos Aires]. Pero, claro, no era tan fácil. Perderse es todo un arte, requiere concentración y algo de terquedad.

Al pasar las páginas de Cuaderno alemán aparecen dibujos. En ellos: trenes, la flor azul de Novalis [poeta alemán], partituras, un árbol que crece —incesantemente— hacia arriba y hacia abajo. Todos dibujados por Negroni, que apenas llegó a Stuttgart compró un pincel y un frasco de tinta azul. En esos dibujos hay desfachatez. También es una forma de precisar, de corregir la mirada.

—Como habrás visto, no tengo ningún talento para el dibujo. Por eso mismo lo intenté. Hay algo maravilloso en la ineptitud, uno se vuelve niño otra vez. Siempre me encantó el experimento que hizo Néstor Sánchez [escritor argentino, autor de Nosotros dos y Siberia blues, entre otros libros] cuando escribió su Diario de Manhattan [recopilado en La condición efímera (1988)] con la mano izquierda, no siendo zurdo.

negroni

¿Dónde están los morlock?

—En Cuaderno alemán dices que sólo viajaste con De l’Allemagne de Madame de Staël, ¿por qué llevar ese libro?

—Me llevé ese libro porque Madame de Staël tiene lo suyo. Es un personaje fascinante. Era escritora, opositora a Napoleón, había sido amante de Benjamin Constant (que escribió su maravilloso Adolphe, inspirado en ella), y conoció Alemania de la mano de uno de los teóricos más importantes del romanticismo alemán, August Wilhelm von Schlegel, quien le presentó a Goethe y a Schiller. Toda una dama de la literatura y, sobre todo, un personaje disonante y altamente no convencional. Después, claro, la comparación me quedó grande y, por momentos, me vi más cerca del personaje de dibujitos animados, Dora la exploradora.

La escena es reveladora y brutal: María Negroni escribe en la plaza central de Stuttgart, la Scholossplatz. Incómoda, algo desencajada. A su alrededor, muchas familias y perros con correas. Algunos, tirados en el pasto, leen, comen helados. Ve, también, ciclistas que se mueven a toda velocidad esforzándose en una carrera que no entiende. La imagen es de una perfección algo violenta. Sin ninguna grieta. Stuttgart —también Núremberg, Weimar, Baden-Baden o Bayreuth— viven en un equilibrio absurdo e incomprensible. Entonces escribe: «Por alguna razón, no puedo dejar de pensar en los eloi de La máquina del tiempo, de H. G. Wells. Si Wells estuviera aquí, seguramente se preguntaría dónde están los morlock, en qué subsuelo escondido, con su piel oscura, sus cuerpos libidinosos y hambrientos, a cargo de las máquinas que hacen posible el bienestar rubio de la superficie».

—Las entradas de Cuaderno alemán denotan una especie de fricción entre el primer mundo y el tercer mundo. Esa desigualdad. «La sociedad global tiene todavía sus diferencias», escribes.

—Mira, viví durante 25 años en Nueva York, o sea conozco bastante bien esas discrepancias. Lo interesante es que ahora, con la tecnología, se difunde la ilusión de un mundo único, globalizado, donde las diferencias quedarían borradas. Pero, obviamente, es una ilusión. Yo creo que esas diferencias persisten. Y si no, basta ver la desesperación con que los refugiados sirios se lanzan a la «invasión» de Europa.

Otro asunto que llama la atención de Cuaderno alemán es la fascinación de Negroni con Berlín. Ahí el diario de viaje se interrumpió de repente y escribió sólo poemas. La capital de Alemania —especialmente su lado Este— como un desvío que lo cambia todo. Un lugar donde reconocerse. Siguiendo la cita de Negroni a La máquina del tiempo: ahí los eloi conviven con los morlock en la superficie.

—Berlín es, todavía (y lo será por poco tiempo), una ciudad inconclusa: todavía el capitalismo no ha logrado homogeneizar la zona Este, aunque lo hace a pasos agigantados. A mí me hizo acordar a la ciudad de Nueva York a fines de los ochenta, cuando la vi por primera vez. Nueva York era entonces una amalgama de ciudades. Los rascacielos convivían con los homeless, la droga, los barrios intransitables. Era una ciudad desequilibrada, absurda, incomprensible y por tanto, fascinante. Si te equivocabas de cuadra, podías encontrarte en uno de los círculos del infierno de Dante. Es la Nueva York que filmó Jim Jarmusch en Stranger than Paradise (1984). Esa ciudad ha dejado de existir. La han cubierto de una pátina brillante, la han uniformado, ahora hay niños, cochecitos, familias, shopping centers y grandes templos diseñados para el consumo, incluido el consumo de la cultura.

—¿Qué te llevó a interrumpir el diario de viaje y sólo escribir poemas en tu paso por Berlín?

—Porque Berlín, a diferencia del resto de las ciudades que visité, me conmovió. Entré en otro estado. Se me abrió adentro una especie de cajita musical y me fugué ahí con mis fantasías. Algo así.

cuaderno aleman

Cuaderno alemán
María Negroni
Alquimia, 2015
96 p. — Ref. $8.000

Muchacha del tercer mundo

Sobre el autor:

Javier Correa (@javiercorreaM) es periodista.

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