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Ideas para una ética

por · Mayo de 2016

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Con cuatro discos y un EP, Nader Cabezas ha ido construyendo una carrera musical en donde la literatura, el pop y ciertos guiños hacia el cine se funden en canciones que cuentan pequeñas historias barriales, desencuentros o sueños extraños con edificios, cuerpos que corren por escaleras o saltan por la ventana sin razón alguna. En esta entrevista conversamos sobre sus primeros flirteos con la composición, las lecturas y la escena local.

Cuéntanos un poco sobre tu formación musical, ¿cuándo decides armar el proyecto y qué ha ido cambiando con el tiempo?

—Curicó, 2007. En el patio de mi casa de aquel entonces había un palto gigante. Cada año, llegaba un tipo que me ofrecía subirse al árbol, sacar las paltas y repartirlas a medias. Un día llegó borracho como una cuba y dijo que se subiría igual, diciéndome que sabía lo que hacía. Se llamaba Ulises y era un fanático del rock progresivo. Se subió a la punta del techo (triangular) y parado en punta de pies y con las manos puestas en el árbol, comenzó a sacar las paltas. Equilibrado perfectamente, parecía moverse en sincronía con el árbol. Se trataba de un borracho iluminado, claramente. Yo lo miraba desde la calle y ahí se me ocurrió la línea de bajo de “Día blanco”, que fue donde comenzó todo. Desde entonces no ha cambiado mucho, sigo luchando (por decirlo de alguna manera) solo que ahora vivo en Santiago y tengo a Pedro, que ha resultado ser un magnífico compañero de banda.

En general, me parece que hay una preocupación por la composición de las letras. ¿Hay influencias literarias o es pura intuición?

—Para mí escribir es el proceso más difícil. Cada canción puede tener uno o dos borradores con letras distintas. En el último disco tomé un par de elementos de la pintura de Magritte, como el árbol y la llave. Posiblemente haya más. Lo mismo sobre el cine. Me metí en Tarkovsky por recomendación de Emma Villazón, poeta boliviana que falleció demasiado joven, en agosto de 2015. Apenas vi Solaris me puse a escribir el primer borrador para “Llave en el fuego”.

La mayoría de tus discos pueden encontrarse para descargar gratuitamente de internet, ¿cómo te posicionas frente a la idea de la profesionalización de las carreras musicales y el mercado en general?

—Trabajar a pérdida. Recuperar algo con las tocatas. Hacerlo uno mismo siempre que se pueda. Las ansias por trascender bloquean la creación. Terminar un disco, publicarlo y olvidarse de él, continuar con el siguiente. No componer buscando el consenso. Responder siempre a todo aquel que se da el tiempo de escribirme preguntando o comentando cosas. Más que ser profesional, el asunto está en juntar con el tiempo algunas ideas que te permitan tener una ética, un impermeable que te delimite frente al poder, que tiende a disolverlo todo.

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Este año hubo un estallido, al menos a nivel mediático, de una serie de bandas que configuran una especie de nuevo parnaso del pop chileno, en donde sin embargo priman cuestiones como la autogestión y una sólida escena de gente que sigue constantemente las tocatas, ¿qué te parece este nuevo clima que se ha generado?

—No salgo mucho, no sigo la prensa musical y apenas escucho radio, así que probablemente mi visión es muy sesgada. Por lo poco que he visto, no muchas bandas logran combinar autogestión con presentaciones sólidas, lo que produce una mezcla de ansiedad y decepción. Tal vez le doy demasiada importancia a la música y no tanto al fenómeno social que la rodea. Dicho todo esto y más allá de las marcas de whisky y zapatillas de lona, con más o menos estallidos parnasianos, siempre habrá excelentes bandas desconocidas.

En tu discografía no es raro encontrar covers a canciones que parecen perdidas en el espectro de alguna radio AM o en algún especial ochentero de VH1 –estoy pensando, por ejemplo, en “Bette Davis Eyes” https://www.youtube.com/watch?v=Ui12H-_HHFM –, ¿retromanía, justa retribución o diálogo con una tradición musical perdida?

—Esa música tiene una textura inigualable. Todo se construye con pocos elementos y de alguna manera he tratado de mantener eso en mis canciones. Hay una melancolía con la que siempre me he sentido identificado; en “Time” de Alan Parsons Project, por ejemplo: «Quién sabe cuándo nos veremos otra vez, si es que nos vemos». Es una despedida a medias y entender eso en la niñez es como viajar al futuro de los adultos solitarios. Recuerdo haber visto el clip de “Sowing the seeds of love” de Tears for Fears a los doce años, justo antes de irme a la playa (sin tele, sin teléfono, sin música) y cantar la canción todo el verano. Eso parece algo ridículo hoy, porque es imposible que una sola canción ocupe dos meses completos de tu vida.

Siendo de Curicó, ¿crees que es posible mantenerse en circuitos que no sean exclusivamente capitalinos?

—Es difícil y no porque no existan bandas. En Curicó, por ejemplo, los bares no tienen patente de cabaret, lo que significa que no pueden tener bandas en vivo; entonces optan por el karaoke y se echan al bolsillo toda una escena musical a la que podrían estar ayudando, pero tampoco les importa. Culturalmente hablando, son lugares más precarios porque el poder opera de manera mucho más brutal. Entonces la música se transforma en vehículo de una rabia muy justificada. Espero que eso cambie algún día.
»Lo que sucede en Concepción, en Casa de Salud, es algo que no tiene comparación. Es un rollo donde se mezcla todo, el baile nortino con la música electrónica, el punk, la cumbia, etc. Si te fijas en Santiago, hay una segmentación mucho mayor, cada local tiene su público y te miran feo si sales con algo distinto. Casa de Salud opera con el principio opuesto y en ese sentido es una alternativa increíble a lo que sucede en la capital.»

Finalmente, ¿qué lugar ocupa tu nuevo disco al interior de tus anteriores producciones?

—En Rocket Cinema pude usar mi nuevo sintetizador e intenté hacer cosas nuevas con mi voz. Tuve la suerte de contar con un tipo muy asertivo en el estudio, pero entre el trabajo y mi familia, siempre estaba corriendo de un lado a otro. Conceptualmente y en cuanto al sonido, creo que es el disco más unificado que he hecho hasta ahora. Pude juntar muchas cosas, como mi obsesión por Palestina, Bergman, Magritte, Teillier, Pet Shop Boys, Inxs, Scott Walker y Prince. Por eso, también es el disco que más me ha costado, en todos los sentidos posibles. Ahora mismo estoy viendo la posibilidad de hacer un clip con “Corriente abajo”, uno de los singles del disco.

Ideas para una ética

Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández (@ensayo_error) es autor de Junkopia y mantiene el blog lacitadeunacita.

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