Nina la insurrecta

por · Julio de 2011

Ni la bonita ni la coqueta, tampoco la mejor cantante. Nina Simone era la sediciosa; un perfil de la leyenda estadounidense.

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No era ni la bonita ni la coqueta. Tampoco la mejor cantante. Nina Simone era la sediciosa. Recordada por sus himnos sobre derechos civiles, la pianista disidente del jazz –porque siempre renegó ese estilo- luchó hasta el cansancio por la justicia para la raza negra, o al menos hasta que perdió la fe en el cambio. Tres hitos marcaron su trascendencia, y tres momentos fueron sus pequeñas revoluciones.

El nombre de esta canción es Mississippi Goddam. Y cada palabra de la letra va en serio”. Sin embargo, todos rieron. Casi todos eran blancos. En el escenario, una mujer negra contenía su ira. Nina Simone, cantante y activista por la lucha de los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, usaba su piano y sus letras como forma de protesta, pero ante un público como el del Carnegie Hall esa noche, no había mucho que hacer. No antes de que escucharan su más reciente melodía. Un pequeño arranque de revolución.

A pesar de la advertencia, nadie le creyó. Simone tenía fama de excéntrica. Pero esa noche de marzo de 1964 sus dedos hablaron por ella, acelerados y estrepitosos. Irónicamente alegres. Y a pesar de que la letra era desde un comienzo lo opuesto a las notas, recién en la mitad el público dejó de reírse.

La cantante estaba hablando en serio.

No me digan nada, yo les diré algo / Mi gente y yo estamos por rendirnos / Lo sé porque he estado ahí / Ustedes siguen diciéndonos ‘vayan despacio’ / Pero ése es justamente el problema”.

Luego sólo se escuchó un silencio. Uno de esos culpables, como el de un hijo que recibe cabizbajo el reto de su madre después de haber hecho algo malo, muy malo. Y la audiencia del Carnegie Hall asumía su travesura. Cuando Nina Simone cantaba, había que escucharla: Mississippi Goddam era su forma de lamentar la muerte de cuatro niños afroamericanos tras un bombardeo en Alabama y la de Medgar Evers, un conocido activista, todas ocurridas hacía un año y debido a la lucha por sus derechos civiles. “¿Y pensaban que estaba bromeando, no?”, agregó furiosa entre los versos restantes. Nadie volvió a reír.

Nina Simone

Invitados de honor –y negros

Sexta entre siete hermanos, A Nina no le costó sobresalir por su talento. “Nací siendo una genio”, reconoció en una entrevista. A los seis meses entendía lo que era una nota musical escrita, y tres años más tarde tocaba canciones en el piano en un tono distinto al original, sin tener conciencia de los arreglos que hacía. Un talento como el suyo no podía perderse. Sus padres, a pesar de lo pobres que eran, le pagaban clases particulares en su casa en Carolina del Norte, y sus primeras presentaciones fueron en las iglesias de su pequeña ciudad natal, Tryon. En esa época el apartheid era sólo un tema de discusión entre adultos, y la discriminación algo que le pasaba a su gente. Pero no a ella. Su mundo era su piano y sus canciones, no la pelea por unos derechos que ni siquiera sabía que no le pertenecían. Hasta que se los quitaron a sus padres.

A los niños no se les pide que lo entiendan todo. Sólo lo que les compete. Pero cuando un problema global pasa a ser suyo, es inevitable que despierte en ellos un deseo de arreglar el mundo. Eso se prometió Nina a los 12 años, cuando debutó oficialmente como pianista en un pequeño recital en Tryon y sus papás quisieron sentarse en primera fila, en muestra de apoyo y de expreso orgullo. Pero no los dejaron. Se les pidió que desocuparan los asientos de las personas blancas y que buscaran un lugar en la última fila, donde les correspondía. Donde se sentaban los negros.

Resignados, acataron la orden. Pero Nina se negó a aceptarla. Antes de empezar a tocar, se paró y anunció seria: “mi mamá y mi papá tienen que estar en la primera fila”, y así fue. Violando sus derechos de negros, ocuparon el lugar de los blancos. En ese momento, la joven pianista pasó a ser también una joven defensora de la igualdad de razas.

Auspiciada por su profesor, a los 17 estudió un año de piano clásico en la prestigiosa Escuela Julliard, en Nueva York. Ahí se preparó para entrar al Instituto de Música Curtis en Filadelfia, donde su familia se mudó para estar más cerca de ella. Postuló al único cupo disponible y no quedó. Según ella, por ser negra. Y aunque sus deseos de convertirse en la primera pianista de concierto de color en Estados Unidos se disolvieron, su incursión en la música popular marcó su primer hito.

Consciente del gasto que habían hecho sus padres al cambiarse con ella de estado, entró a trabajar a un local nocturno tocando canciones tradicionales. Pero gustó y le pidieron que, además, cantara. Y para evitar los sermones de su madre por el lugar donde actuaba, inventó un seudónimo que tuviera una vida propia: en 1954 dejó de ser Eunice Kathleen Waymon y nació Nina Simone.

Tres años más tarde, grabó su primer disco. Y tuvo su primer éxito. El single I loves you Porgy, de la ópera Porgy and Bess, fue su puerta de entrada a escenarios clave como el Town Hall y el Carnegie Hall, ambos en Nueva York, donde se codeaba con el resto de los artistas de moda en aquellos tiempos. Todo músico digno de su condición debía tocar en dichos recintos, pero ella los llenaba. Su voz era cruda y suave, apasionada y visceral. Un timbre casi andrógino y un rango vocal sorprendentemente bajo para una mujer se apropiaban de sus melodías, haciéndolas inconfundibles. No era Vaughan ni Fitzgerald, era Nina Simone. Única. Memorable.

Se paseaba entre el soul, el blues, el gospel y el R&B. Coqueteaba con el folk y algunas notas pop, pero siempre renegó el jazz. “Ese es un término que los blancos usan para identificar a la gente negra. Yo simplemente toco música clásica negra”, aseguraba. En 1964, tras cambiarse de un sello estadounidense al holandés Philips, tuvo mayor libertad creativa y acompañó el piano con letras más críticas que románticas. Creó emblemas de las condiciones de los afroamericanos y el que luego se transformó en el himno nacional negro en los Estados Unidos: To be young, gifted and black.

Sin embargo, sus letras no siempre tuvieron el resultado esperado. Four women hablaba de los distintos destinos que corrían cuatro mujeres según el matiz de su piel oscura, pero la misma comunidad vetó la canción por considerarla “ofensiva hacia su gente”. La versión que grabó de Strange fruit, originalmente de Billie Holiday, también provocó escozor. Revivir las historias de linchamiento que relata esa canción era excesivo; innecesariamente doloroso. Para Simone, en cambio, era imprescindible. Olvidar la historia era el primer paso hacia la derrota.

Después de Luther King

A pesar de los desencuentros, Simone defendía impertérrita la lucha por los derechos civiles. Entre 1958 y 1970 se casó dos veces, tuvo una hija y cuatro abortos espontáneos. Pero nada importaba más que la música. Era su pasión, su trabajo y su única vía hacia la trascendencia. Consciente de su liderazgo, su último gran intento de generar una revolución fue participar en la tercera Marcha desde Selma hasta Montgomery, en Alabama. La única que llegó al destino final. La iniciativa surgió en enero de 1965 como una campaña de inscripción electoral en el condado de Dallas, donde el 57% de la población era negra y menos del 1% de ellos votaba.

El movimiento por los derechos civiles estaba en su punto más álgido, por lo que la caminata entre las principales ciudades de los condados limítrofes, Dallas y Montgomery, representaba la inclusión necesaria para marcar la diferencia. Pero los dos primeros intentos fallaron. La policía y el Ku Klux Klan intervinieron con armas y gases lacrimógenos. Seiscientos civiles inocentes murieron y Nina Simone se molestó.

Encabezó la tercera marcha, segura de que morir en el frente era más noble que vivir tras su piano.

Partieron el 21 de ese mes. Llovió ese día y los tres siguientes, durante los 87 kilómetros del recorrido. Pero no importó. Habían llegado. La noche del 24 celebraron el mitin “Estrellas por la libertad” y cantaron Harry Belafonte, Tony Bennet, Sammy Davis Jr. y Nina Simone.

Al día siguiente habló Martin Luther King, pero nadie acaparó la atención como ella. Por algo la llamaban “la sacerdotisa suprema del soul”. Según Andrew Young, embajador de la ONU presente en el acto, “ella se robó el show”. Marchó, cantó e hizo historia. Cuarenta mil personas corearon Mississippi Goddam, y cinco meses después Lyndon Johnson firmó el Acta de los Derechos de Votación de 1965.

Pero nunca era suficiente. El fervor de la lucha disminuía y Simone se decepcionaba. La Guerra de Vietnam ganaba protagonismo y ella, a modo de protesta, se negó a pagar impuestos. Tesorería le embargó su casa y los sellos discográficos no le pagaban sus derechos de autor. Vivir así era inhumano. Se amargó y dejó de creer que la segregación racial tenía solución, sobre todo en un Estados Unidos sin Malcolm X. Cuando murió Martin Luthert King, en 1968, se dio por vencida. Le dedicó la canción Why? The king of love is dead, escrita por su bajista, y se fue del país. Derrotada. Su revolución no llegaba a puerto.

En Barbados tuvo una relación con el Primer Ministro, Errol Barrow, y gozó los lujos de una Primera dama. Pero se aburrió. Pasó por Liberia, Holanda, Suiza y Francia, volvió a su país y volvió a partir. En 1985 lanzó un nuevo álbum, Nina’s back, con un perfil despolitizado y sugerido por su nuevo sello, VPI. Nada de eso la convenció.

Radicada en el sur de Francia, en Aix-en-Provence, siguió haciendo presentaciones y metiéndose en problemas. En 1995 le disparó al hijo de un vecino con una pistola de aire comprimido porque no la dejaba concentrarse con su risa, y huyó de la escena de un accidente automovilístico en el cual dos motociclistas salieron heridos. Pagó multas y buscó ayuda psicológica, pero nada le servía para estar en paz.

Sus ideas de revolución se transformaron en actos inconexos: pocos entendían el carácter irracional de la artista. Su canción Don’t let me be misunderstood (No dejes que me malinterpreten) calzaba como el himno de sus últimos días, en una especie de mea culpa y excusa al mismo tiempo: I’m just a soul whose intentions are good (Sólo soy un alma con buenas intenciones).

Simone dejó este mundo –el 21 de abril de 2003- con un legado musical y social y un signo de interrogación entre sus seguidores. Su conducta era, a ratos, incomprensible. Hasta que en 2004 la biografía escrita por Sylvia Hampton y David Nathan, Break down and let it all out (Estalla y desahógate), reveló un secreto a voces que explicaba el comportamiento de la artista: la sacerdotisa suprema del soul era bipolar. Desde mediados de los ‘60.

Eso explicaba hasta lo inexplicable en la vida de Simone, pero no condicionó sus reales deseos de una revolución civil. Por suerte tenía la música. Si no, de seguro habría dado rienda suelta a sus más íntimos deseos, plasmados en el documental francés Le legend (La leyenda). Mientras come con la mano unas papas fritas, confiesa tranquila –y sin tragar la comida antes- que “si me hubiera salido con la mía, habría sido una asesina. Habría sido genial. Si hubiera tenido armas, habría ido al sur (de Estados Unidos) y habría esparcido violencia y más violencia con disparos y más disparos. Pero mi esposo me recordó que no sabía nada sobre armas, y que él no quería enseñarme. Insistió en que lo que yo tenía era la música, así que le obedecí. Pero si de mí hubiera dependido, habría usado armas. Nuca fui una persona no violenta”.

Nina la insurrecta

Sobre el autor:

Andrea Pérez Millas

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