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Panteras Negras: la historia se cierra

por · Enero de 2015

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Está al norte de Santiago, lejos del centro, a los pies del cerro que dice «Renca la lleva». Huamachuco es el punto exacto donde se escribió la historia de Panteras Negras, la población que vio los primeros apuntes del hip-hop chileno: construcciones modestas, escuelas numeradas y una cultura donde las cosas se comparten, se saluda al vecino y también se ve cómo viven los demás.

Fue en esos pasajes donde un grupo de adolescentes rayó con los pasos de Michael Jackson al ritmo de “Billy Jean”. En 1984, el programa Magnetoscopio musical mostró al rey del pop haciendo por primera vez el moonwalk.

Ese sería el primer destello del breakdance y la cultura hip-hop entre el grupo de amigos de Lalo Meneses, aka Lalo Bakán Primero o LB-1, que acaba de publicar el libro con la historia visual y oral de Panteras Negras, Reyes de la jungla (Ocho Libros):

Es paradójico que haya sido la televisión de Pinochet la que nos permitió saber lo que eran el breakdance, el rap, el graffiti, los dj: toda esa cultura callejera que había nacido diez años antes en las calles de Nueva York, de Los Ángeles, de Florida; en guetos gringos plagados de afroamericanos y de latinos, y que contenía una mirada social crítica y, a veces, subversiva. Pero así fue, y, para mí, encontrarme con ese mundo a los catorce años me abrió un camino sin vuelta atrás. (p. 10)

En adelante, el grupo practicó los pasos y después la estética de películas como Breakin’ y Beat street: ropa ancha y flexible, polerón con capucha o parka sin mangas, y zapatillas de caña alta.

PanterasNegras

Así llegaron a bailar hasta Bombero Ossa, en el centro de Santiago, el punto neurálgico del hip-hop chileno de fines de los 80. En ese pasaje a metros del Paseo Ahumada se reunían los adolescentes de San Miguel, Maipú, La Florida, Pudahuel, Conchalí y Puente Alto para moverse en el piso y desafiar la gravedad con una radiocasetera con mixtapes de Public Enemy, LL Cool J y Run-D.M.C.:

Todos los breakers pioneros de esta cultura venían de poblaciones. Vivíamos en bloques o en casas muy modestas, lo cual nos da el derecho a decir que el hip-hop es cultura popular; o, para que quede más claro, un movimiento que no nació entre quienes iban a la universidad o participaban en política, sino que de la juventud más indefensa culturalmente. Éramos cabros sin contactos, profesión ni estudios; y veíamos cine americano buscando algo con que identificarnos. Buscábamos algo mejor que la realidad de las poblaciones, y el baile se volvió para nosotros un escape. (p. 13)

El entusiasmo y la destreza de los bailarines llegó a oídos del noticiero clandestino Teleanálisis, que decidió seguir al grupo de Meneses hasta Huamachuco y el pasaje Bombero Ossa, donde se ve a un joven Jimmy Fernández antes de formar La Pozze Latina.

Dirigido por Rodrigo Moreno, el registro se llama Estrellas en la esquina y muestra al líder de Panteras Negras y sus amigos bailar y reflexionar: «Ser un breaker es ser un comunicador social», dice uno de los entrevistados. «Eso significa la palabra ‘break’: quiebre, cambio. Un cambio para vivir en paz, que es algo que en todos estos años no se ha logrado. Hay que cambiar el sistema de vida: la pobreza, la falta de acceso, la desigualdad».

Hay una imagen cerca del minuto veinte que sintetiza ese momento del hip-hop criollo: dos chicos pintan una muralla con spray en Huamachuco mientras suena una casetera y un breaker se desdobla al ritmo de “Rightstarter (Message to a Black Man)” de Public Enemy:

Para nosotros fue hermoso, como una película chilena de break. La banda sonora de la nota, además de temas clásicos de hip-hop gringo, incluyó algo de música en castellano. En ese tiempo había aparecido con gran fuerza el grupo De Kiruza —nombre sacado del coa de los canas, que significa ‘tranquilo’ o ‘calmao’—, que hacía una fusión de música negra, funk, bossa, reggae, soul y, por supuesto, rap. Recuerdo que Rodrigo Moreno nos mostró canciones suyas para cachar qué nos parecían, y las encontramos buenas. Eran choras, y rescatamos para bailar tres temas: “Caramelo”, “De Kiruza” y “Algo está pasando”. (p. 25)

Rap rodriguista

Si algo le falta a nuestra literatura musical es un componente narrativo. De un tiempo a esta parte que el promedio de publicaciones parece una rígida línea de tiempo con datos fríos, cuando un libro debiera emocionar y conectar con el lector. Bajo esa simple idea, Reyes de la jungla se defiende con una serie de hechos escritos en una primera persona salpicada de rabia y coa que van entreabriendo la cosmovisión del líder de Panteras Negras y sus inicios en la música y la política.

En el segundo capítulo, por ejemplo, Meneses y sus amigos saltan del breakdance a la grabación de canciones. Todo es más bien precario y como un ejercicio de lo que vendrá más adelante. Así aparece “Desde la basura”, el primer tema de Panteras Negras, grabado sobre bases de casetes de grupos extranjeros, como una artesanía del sampling. Al final de cuentas, el primer paso formal en el largo camino de la piratería fue el casete:

Un día, con tres radiocaset bien feas hicimos nuestra primera maqueta, debe haber sido el 87 u 88. En una radio ponía el beat, en otra yo cantaba encima y en la tercera se tiraban efectos ambientales que habíamos empezado a grabar en la calle con una radiocasetera chica. Los sonidos en vivo los hacíamos con unos cierres de ropa y unas peinetas. Kalkin alargó unos beats de Run-D.M.C., y el Gudy consiguió unos ritmos del teclado que tenían Los Marginales y los agregó. Todo quedó muy sucio y apenas se escuchaba, pero para mí fue una weá emocionante. (p. 35)

En el plano musical, uno de los personajes clave en su aprendizaje fue Pedro Foncea, que más adelante produjo el disco más politizado de Panteras Negras: Atacandocalle (1996), donde aparecen “Rapulento”, “Juicio final” y “Guerra en las calles”.

Después del reportaje de Teleanálisis, el líder de la banda De Kiruza regresó a la Huamachuco para encontrarse con Meneses y sus amigos. Impensadamente llevó de regalo una batería digital, que después supieron fue la misma que usaron Los Prisioneros para grabar el disco Pateando piedras (1986):

Mucho tiempo después le comenté esto al Jorge González, y no podía creer que yo todavía la tuviera: ‘Tráemela, y yo te regalo una Emulator ESP Desertor que te va a servir mucho más —me dijo—, me la compré en un mercado de las pulgas en Nueva York y es la que ahora se usa en el hip-hop’. Y así fue: fui a su casa e hicimos el trueque. Yo estaba feliz, porque era la Emulator de los Beastie Boys y de los Run-D.M.C. (p. 38)

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NWA y Public Enemy pasaron a ser las bandas de cabecera de Panteras Negras. Traducían sus letras y no tardaron en interesarse por su contenido social y contestatario. Pero fue en Beat street que Meneses vio por primera vez la imagen de Malcolm X, punta de lanza de los movimientos por la igualdad y los derechos de los negros en Estados Unidos. Así conoció al movimiento Black Power y los Black Panthers que luchaban contra un sistema opresor, «tal como acá lo estaban haciendo los pobladores contra la dictadura pinochetista».

Fue en los primeros años de la transición que el rimador inició sus lazos con la política. Primero, a través de su pareja que pertenecía a la Jota, y luego por amigos y libros como Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano) y Psicología e identidad latinoamericana (Jorge Gissi), y una breve militancia en el PC:

Siempre tuve gran respeto por Gladys Marín y mantuve cierta cercanía con Lucho Corvalán y con su hija. Pero también me di cuenta rápidamente que en el partido, como en todos lados, estaban los cuicos que mandaban y los proletas que obedecían. Yo ahí entendí que la burguesía al final siempre tiene el control de todo, hasta de la revolución. (p. 45)

Para mí lo más parecido al Black Panther Party y la lucha afroamericana de la que leía y escuchaba en esa época era el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Su gracia principal era que tenía como militantes a gente pobladora, a diferencia del MIR que había nacido en la universidad. Tremendos mandos militares eran obreros, gente humilde. El rodriguismo era muy de base, con gente inserta en sindicatos y juntas de vecinos. (p. 47)

Fue a amigos frentistas que les escuché, antes que a nadie, que la transición iba a ser un puro arreglo, porque era una democracia inventada por los milicos golpistas. Los rodriguistas veían que a través de la vía política y la “reconciliación nacional” —o sea, el continuismo y la impunidad— no se iba a ninguna parte; y que hiciéramos lo que hiciéramos, votáramos por quién votáramos, daba lo mismo: Pinochet moriría en su puesto, los ricos seguirían ricos y los pobres seguiríamos en casas de madera. Y así nomás fue. (p. 48)

Quizás uno de los recitales más emocionantes de mi vida fue en La Victoria, para un aniversario de la pobla. Estábamos en medio del show cuando llegaron los saludos con demostraciones armadas. ¡Pa-Pa-Pa!, sonaban los rafagazos. Distintos grupos milicianos —el MIR, el Lautaro, el Frente— iban apareciendo y hacían sus demostraciones de fuerza. Esos momentos marcaron fuertemente nuestra música, y nos unieron como piño. Así empezamos a crear canciones más radicales, poniendo al rodriguismo en nuestro rap. (p. 51)

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La historia se cierra

Es difícil pensar la historia sin un sonido: Los ’80 chilenos y Jorge González, “La voz de los ’80”. Los primeros borradores del rock traído por marineros en los ’50: William Reb y los Rock Kings y The Ramblers. La caída del muro de Berlín y “Looking for freedom” de David Hasselhoff.

Las anécdotas de una banda marginal de hip-hop también sirven para rastrear la historia de Chile. Precisamente ese es el valor de lo particular: cuando la música actúa como reflejo de un momento determinado de la historia.

«La investigadora Margot Loyola fija en 1920 el inicio de la canción protesta chilena con “El dolor del minero”», escribe Marisol García —editora general de este libro— en Canción valiente (2013). René Largo Farías explica en La nueva canción chilena (1979) que las canciones huasas de los años 40 se imponían como folklore oficial a los cantos campesinos y mineros: «Por varias décadas, Chile vivió la larga siesta de la canción de huasos». Algo que confirma José Miguel Varas en la crónica En busca de la música chilena (2005): «Los intérpretes se visten como los patrones».

A comienzos de los ‘90, el rap de origen periférico se desarrolló de manera subterránea a los sonidos que traía la transición chilena:

Uno puede cachar qué pasó con Chile en los años noventa mirando lo que pasó con la música. El grupo más importante fue Los Tres, que como que decían pero no decían. Eran parte de una cultura, la de la Concertación, que venía entera arreglada, como para mostrar que sí se habían abierto nuevos espacios, pero donde veías siempre a los mismos apitutados. Los Tres me merecen respeto, porque igual aportaron una luz de originalidad en medio de tanta copia, y además demostraron que no era cuestión de llegar y tocar, nomás. Tienen su onda, pero la verdad es que no los cacho.

Cuando salieron Los Tetas con “Corazón de sandía”, me molestó que rapearan esa frase que dice: «Oye, pato malo: tu cara no me gusta / tu tajo feo / no me asusta», porque se estaban metiendo sin saber con weás que son de los barrios. Fue un tiempo en que salieron todos estos grupos nuevos que se llenaban la boca con el rap, con el funk, con la música negra, como si De Kiruza y Panteras nunca hubieran existido. Era música de cabros cuicos. Era funky, no funk, aunque la gente no entendía la diferencia. No es que uno esperara que todos los grupos fueran políticos, pero al menos uno quería claridad. (P. 66)

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Hay más hitos en la historia de Lalo Meneses que es la historia de Panteras Negras: entre otros, un episodio de censura en la Teletón, las amenazas de carabineros por incitar a la violencia con el tema “Guerra en las calles” y una serie de anécdotas que incluyen sus viajes a Argentina, el País Vasco y un capítulo del programa El Mirador de TVN, grabado en 2001, donde el equipo de Patricio Bañados decidió explorar la cultura hip-hop y acompañar a bailarines, muralistas y raperos (Panteras Negras) a “La batalla del año”, en Suiza.

Ese viaje financiado a pulso sirvió para conocer in situ la cultura hip-hop y su gestión en Europa.

«¿Qué es el hip-hop?», introduce Bañados, «es un movimiento contracultural multidisciplinario porque incluye danza —breakdance—, poesía, música, pintura —a través del graffiti—, que nació en Nueva York alrededor de los años 70, de los grupos marginados cultural y socialmente como los negros o los puertorriqueños. De allí se ha extendido por el mundo».

El viaje a Europa fue muy importante por muchas razones, entre ellas porque aprendimos cómo trabajaban ciertas comunidades hip-hop con una organización a tope. Había muchos centros culturales recuperados y gestionados por los propios raperos, y que luego de una buena gestión recibían subvención estatal. Fue algo de lo cual saqué caleta de ideas, para pensar luego en talleres municipales en Chile. El discurso nuestro hasta entonces era la reinvindicación social, pero en Europa empecé a entender que la única forma de hacer esa reinvindicación era con acciones en los barrios. Y que esas acciones el Estado tenía la obligación de pagarlas. (p. 85)

Reyes de la jungla, rico en imágenes de la época y feroz testimonio de un protagonista privilegiado del rap en Chile, también aborda el desgaste y separación de la banda, el encuentro con sus mentores Public Enemy (Chuck D les dice «I’m moved») y, ya sobre el final, una sentencia por escrito entre la discografía de la banda, revisada desde Lejos del centro, su debut aparecido en 1991, hasta Prodigios, el último disco que publicaron en 2012. Allí Lalo Meneses pone el punto final:

«Lo más importante de este disco es que será el último. Porque así es, porque lo dicto yo: la historia se cierra. (p. 105)

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Reyes de la jungla
Lalo Meneses (Edición de Marisol García)
Ocho Libros, 2014
106 p. — Ref. $16.000

Panteras Negras: la historia se cierra

Sobre el autor:

Alejandro Jofré (@rebobinars) es periodista y editor de paniko.cl.

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