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Pederastia, pedofilia y otras filias

por · Septiembre de 2020

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Vladimir Nabokov (1899-1977) es considerado, una y otra vez, tanto por el público en general, como por la crítica académica o periodística, uno de los grandes, si no, exageradamente, el más grande escritor del siglo pasado. Hay varias razones para ello: su increíble dominio del idioma inglés, que aprendió antes del ruso, el lenguaje natal de la familia, su completo conocimiento del francés y el alemán y, de nuevo, el ruso: en los años 40 realizó una magistral traducción, en verso, de “Eugenio Oneguin”, de Púshkin, al inglés y lo mismo llevó a cabo con sus primeras obras, naturalmente escritas en caligrafía cirílica. Nabokov proviene de una aristocrática, riquísima y muy culta familia y él mismo ha definido su infancia en San Petersburgo como “perfecta”, destacando la temprana pasión por la entomología y el ajedrez. Su padre fue consejero del zar, Elena, su madre, desciende de ilustres ancestros, todos sus hermanos ocuparon altos puestos en la administración imperial. 

La revolución Bolchevique produjo la huida del grupo a Europa, Vladimir vagó por Berlín, París y otras capitales y, tras lo que se ha calificado como una deslumbrante carrera en su voz originaria, se radicó en Estados Unidos en 1940, casándose con Vera, quien lo asesoró en su labor literaria, confeccionando escritos perfectos. Dominic, el único hijo, es un destacado fotógrafo que colabora en prestigiosas revistas y medios neoyorquinos. Nabokov pertenece al muy selecto grupo de autores que han optado por cambiar de idioma: Stephen Vizinczey del húngaro al inglés; Samuel Beckett del inglés al francés, Milan Kundera del checo al francés, Kafka del checo al alemán, cierto Rilke del checo al alemán y después al francés. 

Lolita
Lolita

La fama de Nabokov proviene de Lolita, publicada en 1955, que produjo un escándalo mundial y se convirtió en un bestseller instantáneo. Se ha llegado a decir, quizá con razón, que, si no fuera por esta novela, Nabokov sería un oscuro y olvidado nombre. En 1993, la exclusiva colección The Library of America, editó sus obras completas, convirtiéndolo en un clásico. Son tres tomos inmensos que, a juicio de la editorial y de numerosos especialistas, contienen únicamente piezas maestras. ¿Es tan así? La vida real de Sebastian Knight o Barra siniestra son francamente olvidables, cuando no superfluos y lo mismo puede aplicarse a numerosas ficciones del prosista, poeta, guionista, insectólogo, ajedrecista y muchos otros oficios que practicó el literato ruso-americano. El estilo de Nabokov es amanerado hasta lo incomprensible, empalagoso en niveles insoportables, totalmente rebuscado, en suma, carente de la más mínima naturalidad. Sé que numerosos y numerosas personas cuya pasión es la literatura hallarán aberrante mis opiniones. Sé que, en nuestro medio, hay quienes no vacilan en declarar que Nabokov es un genio inalcanzable, deleitándose en sus recovecos, sus oraciones prefabricadas, su bizantinismo técnico e ignorando por completo la extrema artificiosidad de un estilo exasperantemente alambicado.  Sin embargo y por más que yo no sea el único que piensa de la manera con la que me he expresado, es cosa de tomar, por ejemplo, Cosas transparentes, para sumirse en una madeja verbal que puede reemplazar a cualquier barbitúrico o benzodiacepina a los que recurren quienes padecen de insomnio crónico. 

Leí Lolita cuando tenía 16 años y, por descontado, me encantó, me entusiasmó, me hizo delirar, en fin, poco me faltó para hacerme el harakiri de felicidad. La he releído recientemente y mi parecer ha variado en 360 grados, tanto desde un punto de vista estético, como desde otro, digamos, ético. En cuanto a lo primero, en Lolita vemos todo lo que dije antes, sobre todo en aquello relativo al barroquismo consustancial a Nabokov (el ridículo poema Wanted, Wanted, Dolores Haze, inserto en la narrativa, es tan melifluo, azucarado, almibarado, que en nada desmerece lo que, en prosa, genera Nabokov). 

El argumento de Lolita es archiconocido: Humbert Humbert, el narrador, catedrático en el habla angloamericana, muere de un infarto cardíaco, mientras espera sentencia en un proceso por asesinato. Antes ha conocido a la viuda Charlotte Haze, quien le presenta a Dolores, su hija de 12 años, (Dolores es Lola, Lo, Lolita, Dolly y cualquier derivado del vocablo español, con el cual Nabokov juega repetitivamente). Apenas la conoce, Humbert se obsesiona por ella y contrae matrimonio con Charlotte para estar cerca suyo. Esta última descubre los diarios del marido y reacciona con repugnancia y humillación. Quiere huir con Lolita y antes escribe una carta a todas sus relaciones advirtiéndolas del peligro. Al caminar hacia el correo, es convenientemente atropellada por un vehículo. ¡Qué le han dicho a Humbert! En su función de padrastro, recorre el desolado paisaje norteamericano de los años 40, conduciendo de día y alojando en moteles en la noche. Para tenerla bajo su poder, el profesor recurre a costosos regalos, que aumentan en cantidad y calidad, así como inventa innúmeras argucias a cambio de sexo. Los celos lo devoran, controla frenéticamente a Dolores e inclusive le prohíbe asistir a fiestas o juntarse con amigos. Humbert percibe que, en sus correrías, va tras ellos un individuo, que resulta ser Clare Quilty, amigo de Charlotte y famoso dramaturgo (Lolita iba a actuar en la graduación del colegio en uno de sus dramas). De súbito, Dolores desaparece y el pedagogo inicia una feroz, desesperada, enloquecida búsqueda de la niña. Tiempo después, recibe una misiva de Lolita, en la que le informa que ha cumplido 17 años, está casada con un mecánico y se halla en avanzado embarazo. No obstante, quien la raptó y borró del mapa fue Quilty, pues tiene in mente hacer un film pornográfico, con Dolores en el rol de estrella. Humbert da muerte al cineasta descerrajándole una pistola, resulta detenido y hace frente a un encausamiento criminal. En sus postreros momentos, reafirma su incondicional amor hacia Lolita y deja instrucciones en el sentido de retener la publicación de sus memorias hasta después del fallecimiento de su amada. Ella expira a consecuencia del parto en vísperas de la Navidad de 1952.

Indudablemente, cuando se publicó Lolita, el clima político, moral, social e intelectual era radicalmente opuesto al que rige en el presente y la historia que he resumido -y mucho, pues el libro es extenso- hoy por hoy no asusta ni a una monja carmelita. La novela ha sido objeto de innumerables interpretaciones, sea como metáfora del maccarthismo, sea como símbolo de la emancipación femenina, sea lo que sea y hasta se ha afirmado que es la ficción más importante del siglo XX. Nabokov expresa: “No soy ni lector ni escritor de temas didácticos y Lolita nada tiene que ver con la moral. Para mí, el valor de un texto literario reside en lo que, sin matiz alguno, denomino felicidad estética, o sea, aquello que se conecta, donde sea y cómo sea, con formas de vivir en las que el arte -curiosidad, ternura, bondad, éxtasis-, es la norma. Nabokov es, huelga decirlo, muy inteligente, agudo y poseedor de una cultura asombrosa. Y este fragmento ni remotamente pretende ser una justificación de su ejemplar más conocido. En rigor, esa fue su actitud frente a todo lo que se dijo, no se dijo, se hizo o dejó de hacer a raíz de la aparición de Lolita y el resto de su corpus. 

Lolita tuvo, desde su aparición, una plétora de admiradores incondicionales, por lo general provenientes del sector académico; además, la llamada prensa “seria”, tanto europea como angloamericana, se desvivió en calificativos extravagantes, de forma que, más que un acontecimiento literario, el tomo se transformó en un fenómeno social. No obstante, hubo entre los campeones de Lolita, ciertas disidencias. Dorothy Parker dijo que la historia se enfocaba en un hombre que solo puede querer a niñas y en cuanto a Dolores, es una criatura espantosa, una niñita egocéntrica, vulgar en extremo, idiota, malcriada. Por su parte, Lionel Trilling declaró: “al leerla, condonamos la violación que representa, nos hacemos cómplices de ella y permitimos que nuestras fantasías acepten, como lo más normal, aquello que es repugnante”. En rigor, la controversia suscitada por esta intriga continúa siendo vigente, por más que la permisividad de hoy tolere lo que ayer resultaba inaguantable. 

Lolita ha sido dos veces llevada al cine. La primera versión, en 1962, estuvo dirigida por Stanley Kubrick, con guión del propio Nabokov, y tuvo un reparto excepcional: James Mason, en el mejor momento de su carrera, Shelley Winters y la bellísima Sue Lyon, claro que con 18 años. La segunda, a cargo de un tal Adrian Lyne, data de 1993, es morbosamente explícita y Jeremy Irons sufre lo indecible, sin que uno sepa bien por qué. También se han montado óperas, ballets, musicales, pantomimas, o se han compuesto canciones en homenaje a la heroína. En rigor, el personaje ha pasado a ser uno de los muy escasos mitos del siglo XX. De hecho, las palabras lolita, lola, lolo, se han incorporado al español y muchos que la usan jamás han oído hablar de Nabokov ni de sus relatos.

Con todo, aun cuando en nuestra época quizá hayamos progresado en lo relativo al respeto por la vida privada y las conductas, llamémoslas, minoritarias, lo que recién reseñamos, más que inquietante, transgresor, chocante, es, ni más ni menos, un canto a la pedofilia. Para qué estamos con cuentos: un cuarentón avanzado, casi cincuentón, que seduce a una chica impúber, es un pedófilo al cien por ciento. No es cuestión de moral, moralina, gazmoñería, sino simplemente estamos ante la comisión de un gravísimo delito. Dicho en buen chileno y sin ser cartuchones, nadie está obligado a aguantar, ni tampoco fomentar, comportamientos de esta índole. Por descontado habrá quienes, sobre todo “artistas”, al leer estas líneas, opinarán que han sido concebidas por un carcamal aterrorizado frente a lo que ahora es moneda corriente. A menos que, a menos que…la víctima de atroces abusos, raptos, secuestros, iniquidades, sean sus hijos o hijas.

Nabokov fue un hombre íntegro, decentísimo, intachable y jamás pudo reprochársele haber realizado el tipo de actos que describe en sus narraciones. Aun así, es innegable el embeleso que lo embargaba por asuntos peliagudos. En Ada o el ardor, un mamut novelístico, caracterizado por las frases interminables, la intriga está centrada en el incesto. Y en numerosos otros trabajos de su extensa producción, tenemos incontables episodios de pederastia y las parafilias abundan. Huelga decirlo, no es el primero ni será el último que aborda las más retorcidas formulaciones de erotismo. Desde la Antigüedad hasta el momento actual, la literatura está colmada de himnos al amor, sea carnal, sea espiritual, sea místico o bien se traduzca en actividades de lo más peregrinas.

En fin, todo lo anterior puede parecer irrelevante ya bien entrado el siglo XXI. A pesar de ello, mientras determinadas actividades se mantengan en el terreno de la literatura…

Pederastia, pedofilia y otras filias

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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