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Se veía más femenina, aún si cabe…

por · Mayo de 2020

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En una reciente encuesta que se efectuó en un diario “serio”, me solicitaron que recomendara libros para leer, música para escuchar y películas para ver durante la cuarentena. Además, debía decir por qué sugería a tales o cuales personajes, con el objeto de enriquecer nuestro espíritu en estas difíciles circunstancias. Y agregaban que, a como diera lugar, debía tratarse de obras accesibles mediante la Internet (¡y eso se le pedía nada menos que al máximo tarado computacional de la tierra!). Tuve que hacer esfuerzos inimaginables, que se tradujeron en incontables respuestas, pues mi editora no estaba contenta con ellas. O le daba contestaciones muy largas, muy cortas o bien, como es mi inveterada costumbre, me iba por las ramas. Finalmente opté por Don Quijote, Bach e Ingmar Bergman. No recuerdo qué razones di para tal elección.

Le he dado tantas vueltas en la cabeza a este asunto que, a estas alturas, carezco de la mínima claridad para entender los motivos que tuve para escoger lo que escogí. En cambio, sí que me acuerdo de la confusión, la incertidumbre y el desorden mental que reinaron en mi cabeza, mientras buscaba representantes que fuesen adecuados para aliviar la claustrofobia en que nos tiene sumidos el virus corona. Eran tantos, tantísimos, tan encontrados entre sí, tan sin relación unos con otros, que varias veces estuve a punto de hacerme el harakiri. Por supuesto que, en un medio severo, adusto, solemne, no iba yo a proponer la lectura de revistas pornográficas, oír conciertos de rap o buscar películas de monstruos de los años 50. Eso, quizá, habría sido una provocación o lisa y llanamente, un desatino. Por lo demás, los sondeos de opinión de este tipo exigen concisión, propiedad y un nivel de recato, requisitos que, evidentemente, están fuera de mi alcance.

Ya ha pasado bastante tiempo desde que la pandemia se instaló quien sabe hasta cuándo y también desde que se publicó un extenso reportaje acerca de cómo pasarlo bien mientras dura el encierro; yo fui solo uno entre varios “expertos”, que emitieron sus doctos dictámenes en torno a la materia. Y he llegado a una conclusión lamentable: fui presumido, petulante, elitista, en suma, un tonto grave. 

Así que no puedo dejar de plantearme algunas interrogantes: ¿por qué Don Quijote en lugar de El valle de las muñecas, de Jacqueline Susann?; ¿por qué Bach en vez de Lucho Gatica?; ¿por qué Bergman y no Sansón y Dalila, uno de los bodrios bíblicos más grandes de todos los tiempos, dirigido por Cecil. B. DeMille, con Susan Hayward y el extremadamente fornido Victor Mature? Hoy por hoy, hay consenso en que se borraron las fronteras que separaban la cultura popular y la clásica, nunca como ahora el estatus del pop había alcanzado el nivel que detenta y, más aún, vemos a menudo los crossovers que se generan entre artistas, digamos, elevados, y otros de frentón masivos. El caso más contundente es Barcelona, con Montserrat Caballé y Freddie Mercury. No obstante, hay muchos más y en estos momentos, solo acuden a mi memoria las grabaciones entre la extraordinaria mezzosoprano sueca Anne Sophie von Otter y Elvis Costello.

Se dirá, claro, que estoy mezclando agua con aceite, arroz con puré. En parte es así, pues poner a Cervantes al lado de Jacqueline Susann, una norteamericana que deleitó al público de hace unas décadas con sus eróticos romances, a lo mejor es ir un poco lejos. O juntar Luz de invierno, Fresas Salvajes, La fuente de la doncella, de Bergman, con Sansón y Dalila u otros engendros semejantes –El manto sagrado, Helena de Troya, David y Betsabé-, podría ser tirado de las mechas. A pesar de los pesares, cómo se entretenían nuestro abuelos, nuestros padres y nosotros mismos, cuando éramos pequeños e íbamos al cine sin complicaciones. ¡Y cuánto placer, cuánta alegría, cuánta diversión nos proporcionaban esas superproducciones hollywoodenses que hacían sufrir a los críticos! 

Nicanor Parra hizo algunas afirmaciones inteligentes en relación con esto, lo otro y lo de más allá. A mí se me quedó registrada una en particular: hay que bajar a la poesía de su pedestal. Creo, mejor dicho, tengo la certeza, de que eso se aplica, sobre todo, a la cultura. Por descontado, no estoy descubriendo el remedio contra el COVID19 al decir esto. Simplemente es un hecho de la causa: Mozart es del todo compatible con el rock; las cintas de terror realizadas con medios primitivos y que realmente producían miedo, espanto y ganas de salir arrancando, nunca hicieron fruncirse a Fellini; los ingenuos o atrevidos bestsellers del pasado -Frank Yerby, Vicki Baum, Arthur Hailey- coinciden sin vergüenza con la llamada gran literatura. ¿Y qué ocurre con los súper ventas del momento, o sea, Stephen King, John Grisham, Laura Restrepo, Carlos Ruiz Zafón, Isabel Allende? Hace unos años, leí un artículo del estudioso español Ignacio Echevarría, titulado Una mujer leyendo. Echevarría estaba caminando por el Parque del Retiro, en Madrid y divisó lo que para él era delicioso: una muchacha sentada en un escaño se hallaba absorta en un espeso volumen. Pensó de inmediato en el cuadro de Renoir Une femme lisant y de ahí proviene el título de su ensayo. Por desgracia, su dicha se desplomó al descubrir que la chica devoraba una narración de Rosa Montero. De ahí a disparar salvas de fusilería dirigidas a los escritores que venden, faltaba un paso. Echevarría lo dio y dejó a Rosa Montero por los suelos. Respeto al filólogo y catedrático barcelonés, aunque sus palabras, su actitud, su posición, significan, para mí, el colmo de la pedantería. 

Lo he dicho y escrito tantas veces que ya he perdido la cuenta: nadie está obligado a leer solo a Proust, Borges o Kafka y cualquier comienzo es bueno. Por mencionar un enlace cualquiera, Isabel Allende podría conducirnos a García Márquez, este último a William Faulkner y de ahí a James Joyce, Virginia Woolf, Shakespeare, la Biblia…Con todo, los caminos de la literatura, de la música, del cine, son infinitos, de modo que me limitaré a contar unos cuantos chascarros, llamémosles, autobiográficos.

Cuando era niño, muy, muy niño, tuve la suerte -o la mala suerte, dependiendo del punto de vista con que se le mirase-, de ver mucho, muchísimo cine. En el Internado Barros Arana proyectaban tres películas a la semana: los miércoles, la función corría a cargo del colegio, en tanto los martes y viernes se destinaban a cuenta del famoso viaje de estudios (un pretexto para comportarse cual patanes, emborracharse y contraer enfermedades venéreas). Vi El enigma de otros mundos, El monstruo de la laguna negra, Llegaron del espacio sideral e innumerables producciones que nos hacían saltar de las butacas, justo en los instantes en que la intriga estaba a punto de resolverse, justo cuando todo parecía sumido en la calma, justo cuando el jovencito y la niña se amarían por siempre jamás. Vimos melodramas que hoy semejarían crónicas surrealistas, torrenciales, desbocados, irracionales: Imitación de la vida, La caldera del diablo -después transformada en teleserie-, Sublime obsesión, Lo que el cielo nos da, en fin, Palabras al viento, dirigida por Douglas Sirk. Hace poco, supe que este dramón había sido elegido como una de los cien mejores filmes de todos los tiempos. La notica me sorprendió, porque la crítica, al menos la local, despedazó a ese rodaje (bueno, también destrozó Vértigo, de Alfred Hitchcock). Los westerns eran harina de otro costal: hubo algunos de cierta calidad, si bien la inmensa mayoría iba de lo malo a lo pésimo.

Si vuelvo a hablar de música, me alargaría demasiado, así que, como se supone que mi fuerte es la literatura, compondré un himno desaforado acerca de la contadora de historias española más prolífica y popular de todos los tiempos, la divina Corín Tellado. Publicó más de 5000 novelas y relatos, ha vendido 400 millones de ejemplares en todo el orbe y se la ha traducido a 27 idiomas. Mi admiración hacia ella es infinita y, sin caer en el esnobismo, me acompañan Guillermo Cabrera Infante y Mario Vargas Llosa. El primero expresó que, en los folletines de Tellado, subyacía una intensa sexualidad, intensa, en especial, debido a lo implícito. Tellado fue la fuente de inspiración de numerosos títulos de Cabrera Infante y así se lo hizo saber. Vargas Llosa estima que es por excelencia, una cuentacuentos ejemplar y lo ha indicado en numerosas oportunidades.

El universo de Corín Tellado es, ni qué decir tiene, el de la época franquista, reprimido, refrenado, controlado bajo un férreo sistema de censura. Todos los episodios tenían que finalizar bien, ninguna alusión política se permitía, el sexo era inexistente. No obstante, Tellado se las arregló para subvertir el modelo fascista en enredos vehementes, por lo general ridículos, de una cursilería exquisita. La leía a dúo, acompañado por una polola que, huelga decirlo, me instaba a hacerlo a escondidas, cosa que la gente no creyera que perdíamos el tiempo en porquerías. El esquema de Tellado es básico: la chica mas bella de la provincia es pobretona y se enamora del magnate de la zona. Tras muchos impedimentos sociales, familiares, económicos, consiguen subir al altar. Hay uno que otro pasaje peligroso (“se dejaron llevar por el viento del ardor”, “una ola de frenesí la invadió”, “la fiebre del arrebato los traspasó”), aun cuando la tónica general retrata un bucolismo tan pasado de moda que, por eso mismo, es absolutamente contemporáneo. Sus frases son de antología y nos las aprendíamos de memoria: “apretó el zumbador del elevador”; “vestía un ajustado mono de dril”; “le lanzó un no rotundo”; “se deslizó por la carretera llena de baches haciendo sonar estrepitosamente el claxon”; “se veía más femenina, aún si cabe, en el atuendo masculino”. 

¿Quién se atreve a escribir así en la actualidad? Por cierto, nadie. ¿Quién propondría leer a Corín Tellado en la enseñanza media o superior? El o la que de esta forma actuaren, serían castigados con presidio perpetuo calificado. ¿A alguien se le pasaría por la cabeza elogiar a Corín Tellado? Modestamente, pienso que ese alguien existe: en la universidad donde hago clases, plantearé un semestre entero para estudiarla. O, ¿por qué no un postgrado?

Se veía más femenina, aún si cabe…

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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