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Seducción por la destrucción: Kevin Lynch desde el gran vertedero del mundo

por · Abril de 2016

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en un paisaje destruido veo toda la belleza del
mundo.
Oscar Orellana.

Las palabras…

Cuando Durkheim intentaba describir, con pedagógica precisión, cuál era el derrotero que tenía que seguir la sociología para ser una ciencia, habló del «hecho social». ¿Dónde estaban los hechos sociales?, nos interpela el autor: «Están fuera del individuo y no dependen de sus manifestaciones individuales». ¿Qué sería, entonces, un hecho social? Las leyes. El lenguaje también. Los dichos populares, que condensan toda la sabiduría de la tribu, podrían ser entendidos, pese a la antigüedad de esta categoría sociológica, como un hecho social. Están ahí, podemos conocerlos y aplicarlos. Explican —aunque el autor despreciara o al menos recalcara en varios momentos del texto la necesidad de escapar del sentido común; y qué son los dichos populares sino un sentido común cristalizado a través de las generaciones— la realidad. Son una forma del status quo, en el sentido menos negativo de la expresión. Puro acervo. Y así como decimos «que cuando el río suena, es porque piedras trae» para hablar de una situación específica, este adagio dice mucho también de nosotros. Las metáforas que usamos hablan de nuestra vida cotidiana, nos explican. Nos dejan al desnudo en nuestra íntima relación con el mundo. Porque mientras cierta clase de pintura es bautizada en nuestro castellano como «Naturaleza Muerta», el término inglés para la misma es «Still Life». Los objetos inanimados, plasmados en su perfecta naturaleza quieta, son naturaleza, pero muerta. No tienen, por ejemplo, la vitalidad que quizás le demos a una imagen animada. Somos presa también, como se ve, de dicotomías. Vida y muerte. Movimiento y quietud como dos extremos entre los cuales parece mediar un abismo. Por todas partes se nos escapa la marca de la herencia occidental: cuando alguien tiene una idea nueva y fresca decimos que ha tenido una idea «brillante»; y probablemente todavía queden muchos profesores de historia que sigan bautizando a la Edad Media como «La época del oscurantismo». Ya pintó Goyá que «el sueño de la razón produce monstruos». A simple vista, parecemos unos perfectos intransigentes a la hora de categorizar el mundo. El poeta T.S. Eliot nombró a uno de sus más célebres poemas “The Waste Land” (waste:) para describir la desazón que dejó en toda Europa la guerra, buscando en el Támesis una forma de conjurar ese vacío: «Sweet Thames, run softly till I end my song». La ilusión teleológica de la Historia, herencia de la Ilustración —otra vez las metáforas sobre la luz y la sombra; dicotomías—, parece ser la explicación, al menos momentánea, a esa actitud frente a los deshechos, frente a la basura y la muerte misma: la evitamos a toda costa.

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…y las cosas

Si hacemos la ecuación sugerida por Marx, todo lenguaje es conciencia práctica y toda conciencia es expresión de determinadas condiciones materiales de producción. Hablamos para dar cuenta del mundo y este aparece ante nosotros de determinada forma y así, en esa relación dialéctica que nunca se clausura. Obviando el análisis de la ciudad como condición de posibilidad del capitalismo, más interesante sería pensar el espacio urbano como una producción ideológica; la planificación de los lugares de circulación como una forma de normar el correcto andar de los ciudadanos y de los automóviles. Capas funcionales y otras de esparcimiento. Todo en su lugar —y en su «no-lugar», sugeriría Augé—. Pero a Kevin Lynch es otra cosa lo que lo convoca. No es la planificación ni la funcionalidad, sino su reverso: ¿qué ocurre con los edificios cuando se deterioran? ¿por qué los destruimos cuando podríamos transformarlos en marcas de un pasado no muy remoto? Y lleva sus preguntas a un plano más profundo todavía: ¿por qué nos fascinan los edificios destruidos? ¿Qué es lo que nos seduce de la destrucción y del acto de destruir? ¿Qué es lo que lleva a que hordas de jóvenes elijan casas abandonadas para hacer sus grafiti o a juntarse precisamente ahí para pasar el tedio de un viernes por la noche? Las preguntas exceden, por supuesto, un ámbito académico específico y el autor lo sabe muy bien: el libro indaga con una exquisita variedad de fuentes que van desde la literatura hasta la fotografía, pasando por una investigación realizada en torno a los deshechos a través de entrevistas.

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El infatigable trabajador de la muerte

En Venus en el pudridero, Eduardo Anguita, poeta de la generación del 38, escribió: «¿Escucháis madurar los duraznos a la hora del estío, a la venida del sol, mientras un príncipe danza en vísperas de su coronación? Yo pienso en el gusano». Para Lynch este pensamiento se vuelve imperioso, necesario, pero no en la forma trágica del sentimiento de la finitud de la vida —y todo lo que esto significa en términos concretos—, sino como una posibilidad. Y es que, volviendo a Marx, para el autor no solo es importante pensar cómo producimos las condiciones materiales de nuestra existencia cuanto qué hacemos con éstas cuando se vuelven obsoletas. Una propuesta que nos remite necesariamente a las exploraciones que llevó a cabo Augé en El tiempo en ruinas en torno a la experiencia que producen estos lugares donde aparece el tiempo puro:

En un momento en el que todo conspira para hacernos creer que la historia ha terminado y que el mundo es un espectáculo en el que se escenifica dicho fin, debemos volver a disponer de tiempo para creer en la historia. Esa sería hoy la vocación pedagógica de las ruinas (p. 53).

Necesitamos una pedagogía de la destrucción o una pedagogía del desastre, ese parece ser el llamado que el texto nos hace en sordina:

¿Podemos aceptar que formamos parte de una corriente de devastación universal y ver en ella nuestro sitio y nuestra conexión? (p. 52).

Y en este sentido es casi inevitable no pensar en la fracturada y telúrica geografía en la que crecen nuestras ciudades; un accidentado curso producto tanto de la naturaleza como de la negligencia, el cortoplacismo y la miopía con la que se están pensando actualmente los asentamientos urbanos de proa a popa en este largo pasillo que cuelga de los Andes. Porque a veces parece que el hilo rojo que funde las regiones en ese extraño crisol que llamamos Chile es, más que la abstracta idea de la nación, una suerte de avezada experiencia de la catástrofe que va siendo enterrada sistemáticamente bajo el frágil barniz de las políticas públicas pensadas para el corto plazo o la entrega absoluta a la especulación inmobiliaria. Pero Lynch también se juega sus cartas por un vuelco epistemológico, un cambio de actitud profundo hacia nuestra relación con la muerte en su concepción más amplia: porque junto con nuestros cuerpos se degradan también las ciudades donde vivimos, con sus calles, letreros, escaparates y edificios.

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Echar a perder, un análisis del deterioro
Kevin Lynch
Gustavo Gili, 2014
255 p. — Ref. $21.000

Seducción por la destrucción: Kevin Lynch desde el gran vertedero del mundo

Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández (@ensayo_error) es autor de Junkopia y mantiene el blog lacitadeunacita.

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