Sobre el por qué, en esencia, todos somos buenos

por · Marzo de 2022

Desde los cazadores-recolectores hasta los niños pequeños, los seres humanos tenemos un sesgo hacia la justicia y la cooperación y somos esencialmente amables. Así lo cree Rutger Bregman en su libro Dignos de ser humanos (Anagrama, 2021) y así lo duda el ensayista inglés Steven Poole, que lo comenta.

Publicidad
Por Steven Poole. 
Traducción: Patricio Tapia
 

Como la mayoría de los libros de grandes ideas, este comienza exagerando de manera absurda la novedad de su argumento. El autor promete revelar “una idea radical” que se ha “borrado de los anales de la historia”. Constituye, incluso, “una nueva forma de percibir al ser humano”. Es de suponer que se pretende alguna medida de bathos o anticlímax retórico cuando nos enteramos de que esta nueva visión radical es que “en esencia, la gran mayoría de la gente es buena”. Pero el autor no parece avergonzarse de la afirmación risiblemente falsa de que esta idea ha sido “borrada” de la historia, presumiblemente por una misteriosa conspiración que dura siglos de misántropos secretos, para un fin desconcertantemente oscuro.

Todavía no borrado de los anales de la historia, por ejemplo, está el filósofo del siglo XVIII Jean-Jacques Rousseau, a quien el autor convoca regularmente por su opinión de que los seres humanos somos amables por naturaleza, y son las instituciones de la civilización las que nos han corrompido. Bregman contrasta esto con lo que él llama, siguiendo al biólogo Frans de Waal, “teoría de la capa de barniz”: la visión (atribuida a Hobbes entre otros) de que la civilización es una fina piel de decencia que apenas oculta al simio salvaje que hay debajo.

Se podría sospechar que hay algo de ambas visiones de manera simultánea, pero Dignos de ser humanos es una polémica en el alto estilo de Malcolm Gladwell y, por lo tanto, pretende ser una lección simple que anule nuestras ideas supuestamente preconcebidas, con la ayuda de citas de estudios cuidadosamente seleccionados y escenas pseudo-novelísticas del blitz y otras historias educativas. La teoría de la “capa de barniz”, insiste Bregman, está totalmente equivocada.

¿Cuál es su evidencia? Los estudios sugieren que los bebés y los niños pequeños tienen un sesgo innato hacia la justicia y la cooperación. Cuando algunos niños de Tonga naufragaron en una isla del Pacífico durante más de un año, cooperaron generosamente en lugar de volver a representar El señor de las moscas. En la Primera Guerra Mundial, los soldados alemanes y británicos jugaron fútbol el día de Navidad. (Con bastante valentía, el autor elige esta fábula demasiado conocida como su sentimental pieza final).
Tales anécdotas son reconfortantes, pero quizá uno quisiera más sustancia evolutiva. ¿Por qué, por ejemplo, sobrevivieron los primeros humanos mientras que nuestros primos los neandertales no? Los teóricos de la capa de barniz sombríamente sospechan que simplemente los matamos a todos. “Es más plausible pensar”, escribe Bregman, “que los Homo sapiens supieron afrontar mejor las condiciones climáticas extremas de la última glaciación por la sencilla razón de que colaboran más y mejor”. Eso suena bien, pero aparentemente el autor ha olvidado cómo, apenas unas páginas antes, observó que los neandertales: “Sabían cocinar. Conocían el fuego. Fabricaban prendas de vestir. Tenían instrumentos de música y joyas. Hacían pinturas rupestres”. En otras palabras, también colaboraban y trabajaban juntos. De manera que su explicación tiene poco sentido.
Tales inconsistencias estropean al libro, particularmente en su argumento (de nuevo siguiendo a Rousseau) de que la gran tragedia de la historia humana fue la invención de la agricultura y de las ciudades hace alrededor de unos 10.000 años. Eso trajo consigo la monotonía del trabajo y el surgimiento de líderes políticos y la guerra. Hasta entonces, todos éramos felices y pacíficos cazadores-recolectores. “Cuando nos cruzábamos con un extraño”, escribe Bregman con confianza sobre este idilio prehistórico, “podíamos charlar con él y el individuo en cuestión dejaba de ser un desconocido”. Pero aquí, a menos que se posea una máquina del tiempo, simplemente está inventando cosas. Y volviendo a seleccionar sus pruebas: se descubrió que al menos una sociedad moderna de cazadores-recolectores, el pueblo !Kung, era muy violenta, especialmente con los extraños. Finalmente, la visión deliberadamente edénica de Bregman de la sociedad prehistórica lleva al lector a preguntarse por qué, si le gusta tanto el estilo de vida cazador-recolector, no se va a vivir allí.
Ya que Bregman está seguro a priori de que todas las historias desagradables sobre la naturaleza humana deben ser “mitos”, trata de pinchar varias de ella. El capítulo sobre el famoso experimento en la prisión de Stanford de Philip Zimbardo recopila hábilmente los recientes descubrimientos de que todo fue un engaño, y que los guardias fueron entrenados en su crueldad con los prisioneros. Por otro lado, un extraño capítulo sobre la Isla de Pascua intenta refutar, sobre la base de algunos fragmentos de evidencia no concluyentes, la historia aceptada de cómo la deforestación condujo a la guerra civil, el canibalismo y el colapso de la población. Esto nunca sucedió, concluye alegremente Bregman, a pesar de que los propios habitantes de la Isla de Pascua dicen que sí: un ejemplo vívido de su don para descartar pruebas inconvenientes.
Ese enfoque, sin embargo, no cuadra con los experimentos de “obediencia” de Stanley Milgram, en los que los experimentadores instruyeron a los sujetos para que administraran descargas eléctricas (falsas) a personas en otra habitación, y continuaron haciéndolo incluso cuando las “víctimas” parecían estar en medio de un dolor terrible. De manera encantadora, Bregman admite que él originalmente quería que esta historia se derrumbara, pero no pudo: los hallazgos se han repetido de manera vigorosa. En cambio, reformula la “obediencia” de los sujetos como “conformidad”, lo que puede sonar como una distinción sin mucho de diferencia. Nuestro instinto social de conformarnos, junto con la conocida camaradería entre soldados, es lo que finalmente ofrece Bregman como explicación del Holocausto, en lugar de alguna historia sobre la maldad humana fundamental. Lo cual, incluso si es plausible, fracasa notablemente para explicar las acciones de los propios líderes nazis.
Hasta ahora, es algo menos radical de lo que se vendió originalmente al lector. Pero Bregman también quiere remodelar la sociedad humana a la luz de sus no muy nuevas noticias. Esto implicaría, por ejemplo, una generalizada democracia participativa hiperlocal, en la que muchas más personas asistan a reuniones públicas interminables, aunque los nerds de la política que defienden tales acuerdos podrían estar sobreestimando el apetito del público en general por la participación política. (El gran negocio de la democracia liberal moderna es que los ciudadanos pagan a una clase política profesional para que, la mayor parte del tiempo, ellos no tengan que pensar en la política). Bregman también señala lo agradables que son las cárceles noruegas y visita una escuela hippie donde no hay clases o plan de estudios establecidos. Si creyéramos en la decencia humana, sugiere, así es como podrían ser las cosas en todas partes.
Pero es evidente que el intento de reemplazar una historia sobre la maldad esencial de los humanos con una historia contrastante sobre la hermosura esencial de los humanos, ya ha encallado, como estaba condenada a hacerlo, ya que cualquier afirmación de que los complejos seres humanos son esencialmente una sola cosa u otra es un cuento de hadas. “He argumentado que el éxito evolutivo del ser humano ha consistido en convertirse en un animal amistoso hasta la médula”, escribe Bregman —como si esto fuera una cosa valiente que argumentar, aunque absolutamente nadie en el mundo está en desacuerdo con ello— “Pero ese carácter amistoso supone a veces un problema”. Bueno, seguro. Los armados manifestantes anti-confinamiento en Estados Unidos están siendo sociables y amistosos entre ellos; también lo son las bandas criminales y los activistas de extrema derecha. Por otro lado, debido a que las cosas son más complicadas de lo que permiten tales libros, a veces el problema es ser anti-social.
Bregman, involuntariamente, proporciona una ilustración perfecta de esto cuando va a encontrarse con el director de la escuela hippie. “Drummen es una de esas personas que nunca han olvidado el placer de jugar. Siempre ha tenido aversión a las reglas y la autoridad”, escribe Bregman con admiración. “Cuando viene a buscarme a la estación de Roermond y me conduce hasta su coche, resulta haber aparcado en pleno carril bici”. Así que este héroe pedagógico disidente, que ama la libertad ante las reglas, es en realidad un egoísta disfuncional que restringe irreflexivamente la libertad de los demás. Cualquier ciclista que, ese día, tuviera que circular alrededor del vehículo de este bufón, habría estado un poco menos inclinado a estar de acuerdo en que la gente es fundamentalmente de buen corazón.

Artículo aparecido en The Guardian (10 de junio de 2020).

Sobre el por qué, en esencia, todos somos buenos

Sobre el autor:

PANIKO.cl (@paniko)

Comentarios