The Smiths: la fractura inicial

por · Marzo de 2013

Los ochentas chilenos fueron re-escritos por los de Morrissey, que trajeron el concepto de lo alternativo desde el Reino Unido de Margaret Thatcher y dañaron a muerte la pretendida uniformación juvenil de la época.

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Los ochentas chilenos fueron re-escritos por los de Morrissey, que trajeron el concepto de lo alternativo desde el Reino Unido de Margaret Thatcher y dañaron a muerte la pretendida uniformación juvenil de la época.

Si uno sintonizaba cualquier día de 1986 en Santiago de Chile la Radio Concierto (o Radio Concert, como le decían Los Prisioneros), lo más probable es que la parrilla musical rotara insistentemente temas como “That’s What Friends Are For” de Dionne & Friends, “Say You, Say Me” de Lionel Richie, “Broken Wings” de Mr. Mister, “Burning Heart” de Survivor, “Kyrie” de Mr. Mister, “Addicted To Love” de Robert Palmer, “Glory Of Love” de Peter Cetera, “Never” de Heart, “Stuck With You” de Huey Lewis & The News, “Holding Back The Years” de Simply Red, “Sledgehammer” de Peter Gabriel, “Sara” de Starship, “Human” de Human League, “Take My Breath Away” de Berlin o “Rock Me Amadeus” de Falco; todos temas sacados de la lista de éxitos del Billboard.

La radio había comenzado sus transmisiones en agosto de 1972 y es sindicada por la misma Archi como la punta de lanza de las emisoras FM juveniles que dominaron la escena radial entrados los ochentas.

Para 1986 controlaba completamente lo que se escuchaba en las piezas de los adolescentes y sus Walkmans y tenía un poder tal que practicamente toda la generación de lolos de la época seguía sus directrices programáticas sin casi dejar que hubiera nada que le hiciera sombra. Su connivencia tácita o explícita con el otro generador de audiencias que era el Magnetoscopio Musical, hacía que para un quinceañero cualquiera subsistiera una impresión profunda de que la oferta sonora de esos años era absolutamente homogénea, monolítica. Claro, a menos que se escapara hacia el metal o el Canto Nuevo.

El escenario no parecía diferente ni en los Estados Unidos, ni en Top of the Pops en Inglaterra.

Pero, aparecieron estos muchachos de Manchester con un disco bajo el brazo que tenía por portada a Alain Delon en la película L’Insoumis de 1964… y todo se fue a las pailas.

A la distancia es difícil dimensionar el impacto que tuvo en la historia de la audición musical anglo chilena el fenómeno de The Smiths, y, lo que voy a hacer a continuación es una reconstrucción más desde la memoria que desde el dato duro.

The Smiths introdujo en Chile, al menos para los adolescentes, el concepto de lo alternativo. Lo alternativo era algo bien claro: aquello que estaba fuera de la programación de la Radio Concierto. Es verdad, tal como señala con extremo detalle Óscar Contardo en La Era Ochentera, que existía una corriente subterránea alternativa en el país que podía ser capturada en el Garage de Matucana o en la obra de los Pinochet Boys, pero, esa corriente era tan antisistémica que jamás pensó, ni pudo, combatir al mainstream.

The Smiths y lo que vino a continuación, en cambio, infligeron una herida mortal a la pretendida uniformación juvenil de la segunda mitad de la década. No se hizo esperar la “apertura de oreja” para dejar entrar a los grupos de college’s radios norteamericanos (R.E.M.) o los herederos del No-Wave de la costa este (Pixies, Sonic Youth) o del post-punk inglés (Bauhaus, XTC) y al shoegaze (Jesus and Mary Chain).

De hecho, la misma Billboard tuvo que reconocer el impacto de estas y otras bandas ya para 1988, cuando el 10 de septiembre lanzó un chart alternativo llamado Modern Rock Tracks (en ese primer año, fueron Nº1 Siouxsie and the Banshees, Big Audio Dynamite, The Psychedelic Furs, U2 y R.E.M.).

Cuando la discoteque Blondie abrió su puertas en 1993 y recuperó esos sonidos y otros bajo el lema “Old Wave”, The Smiths fueron casi siempre uno de los “kernel” del movimiento. Y es curioso, porque el adolescente ochentero, que ha ido envejeciendo y adquiriendo más nostalgia y poder económico, suele no recordar la fractura.

En las fiestas envasadas de nostalgia ochentera se tienden a recuperar los temas Billboard Top 100 de la década, y sospecho de que si un cuarentón estándar asiste a una “Old Wave” no vibraría tanto como escuchando Rock Latino.

Los ochentas fueron re-escritos, y está bien que así sea.

Curiosamente, la historia no es tampoco así de simple. El primer artículo académico sobre The Smiths, publicado en 1992 por Julian Stringer en Popular Music (Cambridge), “The Smiths: Repressed (But Remarkably Dressed)”, arroja luz sobre algo que, para nuestros oídos de aquellos años simplemente pasó desapercibido: el impacto de The Smiths en Inglaterra se debió no solo a que fueran alternativos, sino a que eran quintaesencialmente ingleses (las fuentes que nutren la lírica morreysiana recuperan gran parte de la literatura premodernista, modernista y posmodernista británica, hallando quizá en los Angry Young Men, y particularmente en Shelagh Delany la base de su inspiración. De hecho, un mito que circula en torno al origen del nombre del grupo es que este se tomó de una línea de la obra “A Taste of Honey”, en que Jo dice “You told me not to trust men calling themselves Smith”).

En aquella era se libró en Gran Bretaña una guerra entre el hip-hop y la música rock tradicional blanca que ahora se recuerda como la “Hip-Hop War”, combatida fudamentalmente en los campos de NME.

El propio Morrissey en 1986 se despachaba declaraciones como esta:

«El Reggae, por ejemplo, es para mí la música más racista del mundo entero. Se trata de una glorificación absoluta de la supremacía total del negro… Pero, en última instancia, no tengo opiniones forjadas sobre la música negra que no sea la música negra moderna que detesto. Detesto a Stevie Wonder. Creo que Diana Ross es horrible. Odio todos esos discos en el Top 40 – Janet Jackson, Whitney Houston. Creo que son viles, en extremo. En esencia, esta música no dice nada en absoluto… Obviamente, para obtener el Top of the Pops en estos días, uno tiene que ser, por ley, negro… Creo, como consecuencia, que los grupos conscientes más jóvenes están siendo amordazados».

Interesante es anotar que el segundo artículo dedicado a The Smiths en Popular Music (Cambridge), “Black, white and blue: the racial antagonism of The Smiths’ record sleeves” (Warnes, 2008), se obliga a desactivar el racismo musical declarado por Morrissey, con el siguiente argumento:

«Este artículo sostiene que [aquel] entendimiento racial también ha desangrado a la recepción crítica de la banda, animando a muchos a suponer que Morrissey y Marr se basaron en influencias exclusivamente blancas. En concreto, se argumenta que los iconos camp blancos de los años 1950 y 1960 que famosamente adornan las carátulas de la banda forman una especie de cortina de humo que alimenta el interés por las preferencias sexuales de Morrissey y ocultan las preferencias por las fuentes musicales Black Atlantic tanto suyas como de Marr. La Gran Bretaña de la pre-inmigración evocada por estos iconos, a mi juicio, ayuda a evitar que los fans y la crítica comprendan que los intentos de la lírica de Morrissey por encontrar humor y auxilio en el recuerdo del dolor, están profundamente inspirados por la versión afro-americana del blues».

Como Stringer afirma, The Smiths es probablemente una de las primeras bandas cuya «imagen fue siempre la de sí mismos, sobre su propia construcción y reconstrucción, y, a su vez, esto se lee en la práctica textual del grupo». No recuerdo muchos grupos —fuera del metal— que lograran en esos lustros que sus seguidores anduvieran con sus poleras y pines, y sintieran una filiación más allá de la estética musical.

Y no es solo que el grupo reconstruyera y deconstruyera la estructura de la canción pop (las primeras veces que los escuché, lo que más me llamó la atención fue la ruptura con la organización Estrofa-Estrofa-Coro-Estrofa que habitaba y dominaba los tracks radiales) y del LP (inició el dominio de los singles Indie), sino que creaba una manera de acercarse al mundo (sí, incluso en Chile, tan lejos tan cerca de Manchester).

La fascinación incluso actual por el grupo ha quedado documentada por esta extraordinaria revisita a su obra maestra The Queen is Dead, realizada por el Página12 en la Argentina, donde, en uno de los comentarios más logrados, Sebastián Carreras de Entre Ríos, plantea sobre “Cemetry Gates”:

«Ahora bien, propongo un ejercicio: oírlo lejos del resto de los tracks de The Queen is Dead y reemplazar imaginariamente la voz de Morrissey por la de Stuart Murdoch. ¿Saben cuál sería el resultado? Nos encontraríamos con unas 25 canciones de Belle & Sebastian».

 

Dos regalos para terminar:

El FAQ del grupo de Usenet, que contiene una larga lista de referencias y relaciones con otros héroes del periodo.

El sitio Passions Just Like Mine, con enorme información sobre la discografía.

The Smiths: la fractura inicial

Sobre el autor:

Ricardo Martínez (@terceracultura) es PhD en Lingüística de la PUCV y Magíster en Estudios Cognitivos y Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, con mención en Lingüística, de la U. de Chile. Fue asesor musical de la serie de Canal 13 Los 80 y se desempeña como profesor en la UDP.

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