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Una pequeña serenata nocturna

por · Junio de 2020

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Hay palabras que se han usado tanto, hasta tal punto y con tanta insistencia, que prácticamente han perdido su significado: inaudito, insólito, inesperado, inconcebible y, sobre todo, increíble. Sin embargo, nadie es dueño absoluto del idioma, resulta ridículo prescindir de ellas por un prurito de originalidad y en ocasiones es necesario, incluso imprescindible, emplearlas. Lo que voy a relatar fue realmente una experiencia increíble, que pasó inadvertida y quizá nadie la recuerde, tuve la inmensa suerte de participar en su desarrollo y ocurrió en las postrimerías del gobierno de la Unidad Popular.

Hacia marzo de 1973, Helia Henríquez, una compañera y amiga de la escuela de derecho de la Universidad de Chile, me contó que algo sorprendente estaba sucediendo en el Hospital Psiquiátrico de Santiago y que la habían invitado a tomar parte en ese algo tan sorprendente. La doctora Katia Rescszinsky, de nuestra misma alma máter, recién egresada con las máximas calificaciones de la escuela de medicina, estaba haciendo su internado en psiquiatría al interior del famoso manicomio de la calle Olivos, fundado en 1862. Ambas eran militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), lo que, por razones obvias, para mí no era ningún secreto. El proyecto de Katia, inspirado en otros semejantes que se habían llevado a cabo en la ex Unión Soviética y en naciones escandinavas, consistía en formar una orquesta con los pacientes de la casa de orates, o sea, una orquesta de locos, locos de remate. A los miembros del conjunto musical, residiendo entonces en la que hoy es la comuna de Recoleta, se añadirían otros, provenientes del Open Door. Esta última institución, como su designación lo indica, era un espacio abierto, vasto, emplazado en La Florida, cerca de Las Vizcachas, sobre colinas y bosques, donde los enajenados mentales podían moverse libremente cuando les diera la gana. Inicialmente, el Open Door estaba destinado a los alcohólicos y más tarde, evolucionó a un establecimiento especializado en gente con desórdenes psicóticos. Sé que estoy recurriendo a términos desprestigiados o simplemente borrados de los manuales de psiquiatría y psicología, aunque son los que se utilizaban en aquella época. Hoy el Open Door no existe, mejor dicho, continúa llamándose igual, mientras presta servicios en un sanatorio de Puente Alto. Así, lo que antes eran campos, praderas, un peladero de pequeños cerros y quebradas, ahora es un desolador bloque de habitaciones baratas. 

El hecho es que Helia me presentó a Katia y los tres fuimos a ver qué es lo que pasaba con los dementes de Olivos, hombres y mujeres apasionados por la música. Mi labor consistiría en coordinar a algunos estudiantes o profesionales que se habían metido en este lío, en particular muchachos ligados al Conservatorio u otros que sabían extraer sonidos de determinados artefactos. Jamás cumplí con tales requerimientos y en el presente, tantos años después, pienso que lo único que hice fue ir de un lugar a otro. Katia había comprometido a Leonardo Fenster, un joven descendiente de teutones, que se formaba en composición y aspiraba a convertirse en nuestro futuro Herbert von Karajan. Leo estaba fascinado con la idea y ya la había puesto en práctica, digamos que, en cierta medida, pues no se trata de construir un grupo armónico de un día para otro, en especial con sujetos tan especiales.

Nunca olvidaré la primera vez que asistí a esa sesión, para mí inaugural, a la que me acarrearon Helia y Katia. Los locos tocaban como locos de atar y lo que se escuchaba era tan caótico como podía esperarse o tan confuso como un impromptu dodecafónico; tal vez, con buena voluntad, yo estaba asistiendo a una performance de jazz moderno. La orquesta estaba dispuesta en forma semicircular, tal como corresponde a cualquiera orquesta, los atriles y pentagramas se hallaban frente a cada ejecutante y Leo conducía arriba de un podio, al parecer sintiéndose frente a la Filarmónica de Berlín: ni se inmutaba ante la cacofonía reinante. Por el contrario, se veía más entusiasmado que si hubiera estado dirigiendo la Novena Sinfonía de Beethoven. Hay que aclarar que todos, o casi todos los miembros de esta camada melódica, sabían leer una partitura, con la salvedad, claro está, de que lo hacían a su manera. Había violinistas, chelistas, violistas, contrabajistas, clarinetistas, trompetistas, flautistas y una notoria ausencia de trombonistas o, comprensiblemente, de tubas. Los percusionistas provenían del Open Door y eran, desde luego, quienes armaban la mayor cantidad de ruido. El ambiente general era de una felicidad irrestricta, de un enardecimiento sin límites, de un arrebato dichoso.

No obstante, los planes de Katia, Leo y otros profesionales que se sumaron a esta singular empresa eran, por decirlo de una forma suave, concretos y específicos o, por decirlo con todas sus letras, sumamente ambiciosos. Querían preparar una representación polifónica con todas las de la ley, vale decir, un espectáculo en vivo con obertura, un concierto con solista y una sinfonía. Las discusiones en torno a los compositores que se elegirían fueron acaloradas y por momentos culminaron en gritos o estuvimos al borde de los combos y las patadas. Algunos querían el barroco, otros el romanticismo, unos cuantos se inclinaban por lo sencillo, lo popular, lo más accesible que se pudiera. Hubo, desde el principio, un acuerdo unánime: se descartaban por completo a Wagner, Mahler, Richard Strauss, Stravinsky y todos aquellos que demandan inmensas masas orquestales, coros, elementos extra concertantes y han creado producciones de una complejidad que ni siquiera la Orquesta Sinfónica de Chile ha conseguido montar en un teatro.

Finalmente, optamos (me incluyo puesto que, sin tener derecho, metí la cuchara) por quien debe ser el genio musical más grande de la historia, el más prolífico y el que seguramente nunca imaginó nada malo o mediocre: Wolfgang Amadeus Mozart. Todos conocen sus creaciones, reconocen sus ritmos, más de alguna vez lo han escuchado, aun cuando ignoren de quién es tal o cual melodía. Por si fuera poco, se han filmado incontables películas acerca de su carrera, se han escrito novelas e inclusive se ha cometido lo que pienso es una barbarie: en los años 70, Waldo de los Ríos transformó la Sinfonía Nº 40 en un baile de salón. Por descontado, a lo mejor estoy cayendo en el colmo del elitismo. Como se verá, fue un craso error, ya que muy placentero será escuchar a Mozart, por más que, interpretarlo como es debido, sea concedido a unos pocos afortunados. 

Leo y sus secuaces elaboraron un esquema que a todos nos encantó; de nuevo, me incluyo, junto a Helia, Katia y varios más, que no teníamos arte ni parte en el asunto. Con todo, es preciso rememorar los tiempos por los que estábamos pasando: desabastecimiento, mercado negro, paralización del transporte, enfrentamientos armados o verbales de una ferocidad desmedida y cuanto fenómeno desastroso suele asociarse con los gloriosos días de la Unidad Popular. Así, mientras Leo y los incondicionales intérpretes a su cargo ensayaban tupido y parejo, hubo un levantamiento militar en el mes de junio, teníamos sabotajes a diario, los camioneros cumplían meses y meses en paro, la gente hacía colas interminables, en fin, el país se desintegraba a ojos vista. Sin perjuicio de lo que sucedía afuera, la orquesta de contentos alienados proseguía su curso al margen de la gigantesca batahola que sacudía al país, como si ninguno de sus integrantes tuviera idea de que se había asesinado al edecán presidencial, de que hubiera marchas y manifestaciones a cada rato, en suma, de que se venía encima el derrocamiento del régimen constitucional. Bueno, es preciso tener en cuenta que todos y todas tenían la atención y el sustento garantizados: estaban protegidos por un sistema de salud pública gratuito y el Estado, mal que mal, suplía sus necesidades básicas. 

Finalmente, Leo, algunos compinches suyos del Conservatorio y los exaltados paranoicos, esquizofrénicos o bipolares instrumentistas, elaboraron un programa estupendo y al alcance de todo el mundo: Eine kleine Nachtmusik (Una pequeña serenata nocturna), el Concierto para piano número 18 en Si bemol y la Sinfonía número 40 en Sol menor, vale decir, puro Mozart. Cuando digo “programa”, me refiero, además, a un folleto con información sobre el prodigio austriaco, con referencias a las piezas escogidas y con los nombres de cada uno de los ejecutantes. La preparación fue rigurosa, exigente, con tanteos de afinación diarios o varias veces por semana, de modo que, a juicio de Leo y los suyos, el producto definitivo iba a ser más que satisfactorio. Fuimos al ensayo general y pensamos lo mismo. El estreno tuvo lugar el 15 de agosto de ese año 1973, en un improvisado escenario del edificio de la calle Olivos, bajo la sombra del inminente golpe de Estado. 

Desgraciadamente, era, es imposible, de imposibilidad total, que algo así pueda salir, si no perfecto, al menos pasable. El primer movimiento de la serenata para cuerdas estuvo impecable; hacia el último, el concertino se puso nervioso y eso contagió a los demás, por lo que varios instrumentistas estuvieron a punto de agarrarse a cachetadas, perdón, a violinazos. La solista en piano fue una joven cuyo apellido olvidé, si bien retengo su nombre: María Angélica. Al acercarse al teclado, hizo lo mismo que hacía poco había hecho la eximia húngara Lily Kraus en el Municipal, tocando exactamente la misma composición: examinó el asiento, notó que le quedaba un poco alto y se agachó para dejarlo a su estatura. Comenté silenciosamente el hecho a Helia y Katia: ambas me replicaron que estaban seguras de que María Angélica había ido esa vez al Municipal. De nuevo, el primer movimiento salió maravilloso y muchos fuimos incapaces de retener las lágrimas. Hubo pequeñas descoordinaciones después, que pasaron desapercibidas, por lo que María Angélica, junto a la orquesta, recibieron una ovación de pie y a lo mejor más ramos de flores que los que se prodigaban a Claudio Arrau o Arthur Rubinstein. En la Sinfonía número 40 quedó literalmente la tendalada. Una vez más, durante el primer movimiento hubo pocos tropiezos, pero del resto es mejor ni hablar, debido al descomunal alboroto que se fue generando a medida que la partitura avanzaba: todos gritaban, se tiraban encima de la cabeza cuanto objeto estuviera al alcance, apelaban al director, a Leo, quien los atendía impertérrito o bien se reía como poseso, más todavía que los alegres lunáticos que hicieron posible este portento.

A pesar de los pesares, esta es la mejor serenata nocturna que he escuchado en mi vida. 

Una pequeña serenata nocturna

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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