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La mente a cinco kilómetros por hora

por · Marzo de 2016

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Publicado originalmente en inglés a fines de los noventa, y traducido al español por el poeta Andrés Anwandter, Wanderlust, de la ensayista Rebecca Solnit reflexiona sobre las posibilidades de caminar por paisajes y ciudades.

Paleontólogos, antropólogos y anatomistas se enfrascaron en debates apasionados, muchas veces tendenciosos, sobre cuándo y por qué el simio ancestral se levantó sobre sus dos piernas traseras y caminó hasta que su cuerpo se volvió nuestro cuerpo erguido y andante.

El caminar vino de África —anota Solnit—, de la evolución y de la necesidad, y anduvo por todos lados, casi siempre en búsqueda de algo. Ahora, caminar es una manera de abarcar lo inabarcable, de entrar en el juego de las ciudades y de hacer propio desiertos, parques, edificios. «Hago mío lo que veo», escribió Thoreau, que caminaba en promedio tres horas todos los días, y elaboró un ensayo —Walden, la vida en los bosques— sobre el arte de caminar. Para el estadounidense, no es necesario comprar la dimensión de la naturaleza, se puede convertir en un tesoro íntimo solo por transitarla.

La fórmula no es complicada: se pone un pie delante del otro y se repite hasta cansarse. Entonces, uno se detiene. Por eso una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera: para levantar la mirada hacia un edificio antiguo, disfrutar de los perros persiguiendo algo en movimiento o ver algún graffiti comiéndose una pared. Caminar no es un deporte, uno puede dejar de moverse y contemplar, parar para conversar, anotar una idea o cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.

También podemos caminar acompañados y experimentar un nuevo placer: hacer calzar los ritmos de los pasos alinea a dos personas emocional y corporalmente, quizás se sienten por primera vez pareja al moverse juntos por la tarde, por la calle, por el mundo. Lo que nos diferencia del Sísifo aeróbico, que camina sobre una huincha sin fin.

Como una guía que conoce el camino, Solnit explica que cuando te entregas a los lugares, ellos te devuelven a ti mismo. Esa es una de las tesis de Wanderlust: cuanto mejor llegas a conocer los lugares más siembras en ellos la cosecha invisible de recuerdos y asociaciones que te estará esperando cuando vuelvas; y los lugares nuevos ofrecen otros pensamientos y nuevas posibilidades. Así, explorar el mundo sería una de las mejores maneras de explorar la mente y el caminar viaja al mismo tiempo por ambos terrenos.

Seguir caminando

La historia del caminar tanto rural como urbano es una historia de la libertad y de la definición del placer. Pero el caminar rural ha encontrado un imperativo moral en el amor por la naturaleza que le ha permitido defender y abrir la campiña.

El caminar urbano, ha sido siempre un asunto más oscuro, que fácilmente se vuelve vagancia, salir a flirtear, de paseo, de compras, protestar, hacer desórdenes, merodear y otras actividades que, por más disfrutables que sean, difícilmente alcanzan el tono de superioridad moral que tiene la apreciación de la naturaleza.

Para Solnit, las ciudades han ofrecido siempre anonimato, variedad y conjunción, cualidades que se disfrutan mejor al caminar. Una ciudad contiene siempre más de lo que cualquier habitante puede conocer, y una gran ciudad siempre hace de lo desconocido y lo posible estímulos para la imaginación:

Las calles son el espacio que hay entre edificios. Una casa sola es una isla rodeada de un mar de espacio abierto, y las aldeas que precedieron a las ciudades no eran más que archipiélagos en ese mismo mar. Pero conforme surgieron más edificios, se volvieron un continente, y el espacio sobrante ya no fue un mar, sino como ríos, canales y esteros corriendo entre las masas de tierra.

En las grandes ciudades, tanto los espacios como los lugares son diseñados y construidos: caminar, observar, estar en público, son parte del diseño y propósito como estar dentro para comer, dormir o hacer el amor. La palabra ciudadano tiene que ver con ciudad, y la ciudad ideal se organiza en torno de la ciudadanía: en torno de la participación en la vida pública.

Kierkegaard fue uno de los pensadores que se preocuparon de anotar el provecho de caminar entre los tumultos de una ciudad: «Extrañamente, mi imaginación trabaja mejor cuando estoy sentado solo entre una gran concurrencia, cuando el tumulto y el ruido requieren un sustrato de voluntad y la imaginación pretende retener su objeto; sin ese ambiente, esta se desangra hasta la muerte en el fatigoso abrazo de una idea indefinida».

La mayoría de las ciudades, sin embargo, se organizan en torno del consumo y la producción, como lo eran las atroces ciudades industriales de Inglaterra —compara Solnit— y el espacio público es meramente el vacío entre lugares de trabajo, tiendas y viviendas.

Si caminar tiene que ver con estar afuera, en el espacio público, y ese espacio público también está siendo abandonado y erosionado en las viejas ciudades, eclipsado por tecnologías y servicios que no requieren dejar la casa, también ocurre que en muchos lugares, el espacio público está siendo ensombrecido por el miedo: los lugares extraños son siempre más aterradores que los conocidos, de manera que cuanto menos camine uno por la ciudad, más solitaria y peligrosa termina siendo realmente.

El miedo ha creado todo un estilo de arquitectura y diseño urbano: muros, barrotes, rejas. Es aquí donde Solnit percibe un tema de género. En la Odisea de Homero, Ulises viaja por el mundo y duerme por ahí. Su mujer, Penélope, se queda obedientemente en casa, despreciando a sus pretendientes, sin la autoridad para rechazarlos de plano. El viaje, sea local o global, ha sido por mucho tiempo una prerrogativa masculina —anota la autora—, y las mujeres suelen ser el destino o el premio del viaje, o las cuidadoras del hogar.

Entonces, ¿caminan igual hombres y mujeres? A la manera de Sylvia Plath, Rebecca Solnit ensaya que no:

Hay tres prerrequisitos para salir a caminar, para salir al mundo a caminar por placer. Uno debe tener tiempo libre, un lugar donde ir y un cuerpo sin limitaciones sociales o de salud. El tiempo libre tiene muchas variables, pero la mayor parte de los lugares públicos durante la mayor parte del tiempo no han sido acogedores ni seguros para las mujeres. Medidas legales, valores tradicionales suscritos tanto por hombres como por mujeres, la amenaza implícita en el acoso sexual y la violación han limitado la posibilidad de las mujeres de caminar donde y cuando quieran.

Corriente de conciencia

Todos los filósofos caminaron, pero pocos pensaron sobre el caminar. «Para distraerme recurro a tres cosas, y qué magnífica distracción suponen para mí. Mi Schopenhauer, la música de Schumann y, finalmente, paseos solitarios», dijo Nietzsche.

Rousseau, que aseguró que el paseo promueve la digresión y la asociación, en contraste con la progresión cronológica, anotó: «Nunca pensé tanto, existí tan vívidamente ni experimenté tanto, nunca he sido tan yo mismo —si puedo usar esta expresión— como en los viajes que he hecho solo y a pie. Hay algo en el caminar que estimula y anima mis pensamientos. Cuando me quedo en un lugar apenas puedo pensar; mi cuerpo tiene que estar en movimiento para hacer andar mi mente. La visión de la campiña, la sucesión de vistas placenteras, el aire libre, un buen apetito y la buena salud que gano al caminar, el sencillo ambiente de una posada, la ausencia de todo aquello que hace sentir mi dependencia, la ausencia de todo lo que me recuerda mi situación, todo sirve para liberar mi espíritu, para darla una audacia mayor a mis pensamientos, de manera que puedo combinarlos, seleccionarlos y hacerlos propios como quiera, sin miedo ni limitaciones».

Un siglo y medio después, James Joyce y Virginia Woolf trataron de escribir el funcionamiento de la mente. Lo llamaron corriente de conciencia. Y en las novelas Ulises y La señora Dalloway, el revoltijo de pensamientos y recuerdos de sus protagonistas se despliega mejor durante sus paseos. Este tipo de pensamiento asociativo, poco estructurado, es el más vinculado con el caminar, lo que sugiere que caminar es un acto no analítico sino improvisado.

Rebecca Solnit, que es menos pop que Susan Sontag y más radical que Naomi Klein, explica que el lenguaje es como un camino: no puede ser percibido todo de una vez porque, ya sea escuchado o leído, se despliega en el tiempo. Este elemento narrativo o temporal ha hecho que escribir y caminar se asemejen de maneras en que arte y caminar no lo hacen; al menos hasta los sesenta, cuando todo cambió y cualquier cosa fue posible bajo el amplio paraguas del arte visual.

Lo simbólico de caminar

Otro de los temas interesantes de Wanderlust es que aborda el caminar desde las excursiones turísticas a las peregrinaciones religiosas, una actividad donde ir a pie entra en la esfera de lo simbólico:

Al peregrinar, el viaje irradia la esperanza de que la llegada al destino tangible traiga un beneficio espiritual. El peregrino se ha escrito una historia propia y, de esta forma, se vuelve parte de la religión hecha de historia de viajes y transformación.

Tolstói logra describirlo en Guerra y paz, en el anhelo que siente la princesa María mientras alimenta a los miles de peregrinos rusos que pasan por su casa: «Al escuchar los relatos de los peregrinos, sus palabras sencillas, naturales para ellos pero profundamente significativas para ella, varias veces estuvo a punto de abandonar todo y huir de casa. En su imaginación se veía a sí misma vestida con harapos, con un bolso y un bastón, caminando por un camino polvoriento».

Caminar, entonces, es apenas el comienzo de la ciudadanía, pero a través de este acto el ciudadano llega a conocer su ciudad, a otros ciudadanos, y verdaderamente habita la ciudad en lugar de una pequeña parte privatizada de ella. De esta manera, las marchas públicas mezclan el lenguaje del peregrinaje, en el que uno camina para demostrar su compromiso, con el piquete de una huelga, en el cual se demuestra la fuerza del propio grupo y su persistencia yendo y viniendo, y el festival, en el cual las fronteras entre extraños retroceden. Luego, caminar se transforma en testificar.

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Wanderlust. Una historia del caminar
Rebecca Solnit (trad. de Andrés Anwandter)
Hueders, 2015
479 p. — Ref. $16.000

La mente a cinco kilómetros por hora

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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