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20 años de Mala onda

por · Noviembre de 2011

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Alberto Fuguet apenas comenzó a darle forma la primer capítulo de Mala Onda, que en sus inicios tenía el nombre de El coyote se comió al correcaminos, y ya había recibido las furiosas criticas de sus compañeros de taller literario. Ataques por parte de la gente que formaba parte del taller de José Donoso por un lado, y el de Antonio Skármeta por otro.

Las críticas apuntaban al protagonista, Matías Vicuña, más preocupado de conseguirse una raya de coca que de lo que estaba pasando en el país, bajo el régimen de Pinochet y las fiestas de Toque a toque.

Muchos de sus detractores tenían esa mirada tan habitual de pensar que las novelas son un concurso de belleza moral.

La figura de Matias Vicuña generaba anticuerpos desde un principio. Pero nadie reparaba en el estilo, la prosa, la manera de armar una estética a punta de referencias pop: cada momento tenia su banda sonora o alguna frase de alguna canción o un capítulo de algún programa basura que daban en televisión o constantes referencias al cine o situaciones que ocurrían en algo tan poco literario para esa época como un supermercado, o de personajes que tenían diálogos que realmente reflejaban la época y el modo de hablar de cierto tipo de chilenos, que se alejaban de los falsos diálogos que muchos emulaban de las malas traducciones españolas.

Prácticamente con el único apoyo de Antonio Skármeta y sus contactos con editoriales, Mala Onda pudo ver la luz.

Fuguet se convirtió en el primer escritor chileno que se le daba un adelanto para que terminara su primera novela. Con el adelanto, se encerró en varios lados para darle forma a su debut literario. En la playa, en su casa y en el Hotel City, tal como lo hizo Matías Vicuña.

Pero al autor, lo que se le hacía más difícil, era encontrar la voz, la manera de narrar del protagonista. Para esto se puso a leer Papelucho de manera obsesiva. Ahí creía ver una manera de escribir simple y sobre todo, directa. Así que leía en todos lados los libros de Marcela Paz, no sin antes ponerles un forro para evitar las burlas en la micro o donde sea.
En el proceso de escritura de Mala Onda, Fuguet, totalmente afectado, mimetizado, influenciado por el protagonista, baja de peso en forma abrupta, para la sorpresa de sus compañeros en la Universidad de Chile que se topaban con él. Casi no comía por escribir y escribir con la ayuda de una buena dosis de cafeína diaria y no pocas rayas.

Salió Mala Onda al mercado y de pronto nació en el ambiente la idea de que un escritor chileno también podía tener onda y que no solo existía ese prototipo de autores distantes con boina, llenos de vanidad y con olor a encierro. Porque leer a alguien que cuenta que se masturba en la ducha, que se prepara un Bloody Mary en la mañana, que se hace fanático de El cazador oculto, que siente más que el resto de sus compañeros de colegio, es algo que cambió la manera de ver la literatura chilena.

Las novelas nacionales gigantes y adictivamente reales como Hijo de Ladrón o El Rio de Gomez Morel trataban de gente marginal, que daban ganas de conocer pero estaban lejanos al tipo que uno se topa en la esquina. O incluso Palomita Blanca que, entretenida y todo, con el paso de los años tiende a parecer la caricatura de una época y no una obra hecha por alguien que se sumerge realmente en ella, como para poder identificarse con sus personajes.

Pero en ese tiempo, el máximo referente de la crítica literaria chilena, Ignacio Valente de El Mercurio, escribía: “estamos ante un proceso humano regresivo, el retorno a ciertas formas de barbarie sofisticada que no enaltecen nuestra literatura ni el porvenir cultural de la nueva generación”. Y como una novedosa y certera estrategia de marketing, lo ponían en el libro, donde se supone van los elogios.

Se sumaba a que en el epígrafe salía la letra de una canción de Faith no More.

Por fin salía un libro extremadamente pop, en el mejor sentido de la palabra. Junto con el las imitaciones mediocres que sólo hacen poner todo en un mismo saco. Van veinte años de la salida de Mala Onda y todavía sigue generando anticuerpos. Intentos fallidos de adaptaciones al cine, incluso.

La mala onda de siempre, el lugar mas común. Lo que importa es que pese a todos lo que estaban en contra, los que pensaban que debería mandar esta novela a la hoguera, igual terminó por imponerse una voz que nadie quería escuchar, a pulso, con esa valentía de no pertenecer al canon, porque si algo hay que reconocer en Fuguet, es que nunca quiso escribir para la galería.

Al final, Alberto Fuguet y Matias Vicuña se salvaron, porque no se perdieron en las críticas, sino que siguieron tratando de imponer su modo de mirar las cosas aunque generaran rechazo. Ahí está Mala Onda, después de 20 años, todavía parte del paisaje, a pesar de todo, como un viejo comercial que todavía funciona.

20 años de Mala onda

Sobre el autor:

Marcelo Poblete

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