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El héroe en sus dominios

por · Mayo de 2016

Revisamos Al final del túnel, el thriller argentino del director Rodrigo Grande estrenado esta semana.

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Si obviamos los ripios narrativos de Al final del túnel, tenemos enfrente a un sólido e intrigante thriller. De no hacerlo, la percepción varía a una historia eficaz pero que evita responder preguntas claves. Un túnel con una entrada definida y con una salida cínica y tramposa.

Al final del túnel es la historia de un ermitaño urbano. Joaquín (Leonardo Sbaraglia) es un hombre tratado con crueldad por la vida, su única compañía es Casimiro, un perro agónico al que piensa sacrificar pronto, mientras él aspira tabaco sin control y arregla viejos computadores en una de las tantas plantas de su casona bonaerense. Es un espacio oscuro, que albergó luz y mejores vivencias. Pero su ostracismo es interrumpido por Berta (Clara Lago) y su hija Betty, una niña que ha elegido dejar de hablar, mientras que su madre es un temporal de energía, sexualidad y carácter. Berta dice ser bailarina de cabaret y sin esperar la evaluación de Joaquín, se instala a vivir en una de las habitaciones que este arrienda.

Un minusválido, una niña dañada y una exhibicionista. Tres rechazados que a pesar de los escozores iniciales pactan —sin quererlo, como siempre en estos casos— una amistad que pronto dará paso al amor.

En paralelo hay otro grupo de parias, liderados por el psicopático Galereto (Pablo Echarri). Son una banda de delincuentes compuesta por un tartamudo, una lesbiana, un migrante y otros desahuciados de la ciudad. Es gente tosca, violenta y al borde, y su plan es robar un banco mediante un túnel que cruza la casa de Joaquín, momento en el que las vidas de todos están destinadas a cruzarse.

Sin mayores motivos, Joaquín decide iniciar la cruzada anti delincuencia frustrando, mediante una serie de riesgos, el accionar de la banda. Todo ocurre con vértigo y una acertada dirección, montaje y fotografía. Su director Rodrigo Grande revisitó los clásicos del género y supo decodificar e instalar en su obra los mecanismos del suspenso. Aunque olvidando lo verosímil por sobre lo creíble. Es cuando el espectador debe decidir qué túnel recorrer, si el de Joaquín, convertido en Bruce Willis en la saga Duro de matar, o el túnel del juicio cinéfilo. También es posible recorrer los dos subterráneos, y al final, evaluar a conciencia lo que su director evitó hacer durante dos horas. De todas formas una cosa es patente, aquí está prohibido aburrirse.

El héroe en sus dominios

Sobre el autor:

Fernando Delgado es comunicador audiovisual y guionista de series y teleseries en TVN, MEGA y CHV.

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