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El gran circo pobre de Timoteo: arte y Estado

por · Septiembre de 2014

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En los cines comerciales ocurrió un milagro: se acaba de estrenar el documental chileno El gran circo pobre de Timoteo.

Soy de los que piensan que el arte y el Estado tienen que ir por bandos contrarios. Cuando algún amigo celebra por facebook que se ganó un fondart, tiendo más a levantar una ceja que a poner «me gusta». Pero esta vieja idea, cuando es llevada a la práctica, se hace insostenible. ¿Cómo debería financiarse alguien que se dedica al arte? ¿De dónde saca las lucas? ¿Un mecenas tipo Farkas? ¿Autoeditarse tipo Lafourcade? ¿Llenarse de placement como Sebadilla y Nicolás López? ¿Los españoles de Ibermedia?

Ahí estaba, el día del estreno, comprando dos entradas para el documental El gran circo pobre de Timoteo (2013). Me vende los tickets un tipo de gorro verde con la frase Fuerzas Especiales, ese engendro fílmico patrocinado por Chilevisión. El documental parte y la sala del Hoyts esta casi vacía. Somos cuatro personas que llegamos al lanzamiento del trabajo de Lorena Giachino.

En la pantalla está el icono nacional del travestismo circense, el símbolo del Chile B, de los marginados en un país que si hoy es conservador, en los inicios de este circo era aún peor. Con el tiempo, lograron hacerse un nombre, hacer giras, salir en radios y en notas de televisión, y le mostraron al público que los despreciados se la pueden si le ponen el hombro y reman para el mismo lado. Un circo pobre que, comparado con sus pares, es grande.

La película no tiene entrevistas, no hay pautas del tipo docureality para forzar situaciones que tengan un efecto falso y banal. Aquí la cámara se mete en las viejas butacas que nadie quiere ocupar, en la cocina decorada con un amarillento póster ochentero de la Raquel Argandoña, sobre el escenario siguiendo al gran René Valdés, que se roba todos los aplausos, tanto en el circo como en el documental.

Como en el premiado documental El Salvavidas (Maite Alberdi, 2011), la cámara acompaña, nunca interviene ni molesta. La mirada de la directora no resalta lo grotesco ni se queda en lo pintoresco —tipo reportaje de Mega. Acá hay contemplación, pausas, conversaciones entrañables y lluvia. Hay fe, casas rodantes, decisiones, risas, llanto y mucha humanidad bajo tanto maquillaje, pelucas, rellenos y luces multicolores.

Que este documental se haya estrenado en el cine comercial ya es todo un triunfo, pienso. Ninguna de las personas a las que les dije que quería ver este documental —gente joven, personas que están relativamente al día— sabía que ese día se estrenaba, ni que lo darían en el Hoyts. No tenían idea.

¿Y si le faltó difusión? ¿Si el Estado tiene que pagar sus culpas bajo el pretexto de ayudar a la identidad nacional a través del arte, no debería financiar más en publicidad? Por último. ¿Pero a qué películas? Porque no alcanzaría para todos. Entonces, tendría que existir un criterio para elegir las cintas beneficiadas, dejando en manos de los siempre temidos «grupo de expertos», o algo por el estilo. Y empezamos con el arbitrario y siempre injusto debate acerca de qué películas merecen fondos. Otro tema con final abierto.

A todo eso le doy vuelta, hasta que comienzan a aparecer los créditos finales en la pantalla y seguimos las mismas cuatro personas en las butacas. Nadie dice nada, pero sabemos que en El gran circo pobre de Timoteo todo funciona, aunque cuando se acaba la función la sala sigue casi vacía y parece que todo lo que vimos se hizo sólo por amor al arte.

Timoteo

El gran circo pobre de Timoteo: arte y Estado

Sobre el autor:

Marcelo Poblete

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