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Idea rechazada de comercial para banco de Chile

por · Julio de 2013

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Cuentos

Y entonces decidí hacerle caso a la vocecita en mi cabeza. Llevaba ya varios días dale y dale con el asunto del banco. Y quién es uno para oponerse a las ideas que el cosmos le mete en la mente.

Entré tranquilamente, para no llamar la atención. Mi máscara de spiderman delataba quizá el improvisado pero no por eso menos decidido plan.

Todo empezó a distorsionarse cuando se acercó el guardia. Un viejo gordo y pelado y con bigotes.

-No puede estar con esa máscara acá. Sáquesela. Está asustando a la gente, ¿no se da cuenta?

No dije nada. Ni siquiera pensé. Lo único que hice fue sacar la pistola que le había robado a mi padre y que nunca había disparado y le puse una bala justo en el ojo y saltaron muchos chorritos de sangre y también otros juguitos. Se cayó sentado e inmóvil para siempre. Silencio total.

Ahora tenía la atención de todo el banco.

Al guardia todavía le salía sangre del ojo y casi me resbalo cuando pasé al lado de él así que lo pateé. Cayó de lado. Le saqué su pistola para quedar más armado.

-Ya conchas-de-su-madre si no quieren una bala en el ojo igual que este guatón reculeado, se van a quedar callados y de guata en el suelo.

Para que no creyeran que estaba jugando le pegué dos tiros en la cabeza a una señora que tenía una guagua en brazos. Creo que la apretó cuando las balas le abrían la cara como un globo pinchado. Cayó encima. Tampoco se movió nunca más. Me puse un poco nervioso. Me dieron ganas de vomitar y cagar al mismo tiempo.

La vocecita en mi cabeza gritaba. Alucinada. «Ahora, saca toda la plata que puedas. No te quedes parado ahí, mongólico», me dijo.

La escena. Toda la gente echada en el suelo haciéndose los muertos. Salvo por el guardia y la señora que sí estaban muertos de verdad. Y la guagua quizá, no sabía realmente.

En un momento imaginé que estaba en una de esas colchonetas gigantes y me fui saltando encima de los cuerpos. Fue divertido llegar hasta las cajas saltando encima de personas haciéndose las muertas.

Había 5 cajas. Solamente estaban funcionando 3. Eran 2 hombres y una mujer, que estaba como congelada en el polo sur porque no pestañeaba y sus pelos estaban parados eternos y en las manos tenía sujetados unos billetes de diez mil. Se los quité y le pegué en la nuca con la culata para que despertara. Me ponía nervioso. Se quedó de nuevo estática pero con la cabeza encima del escritorio.

La dejé ahí no más. Total, a mí a veces también me gusta quedarme bien quieto y tratar de no escuchar ningún ruido.

Me dio cosa así que le disparé con la pistola del guardia que sonaba más despacio pero me salpicó más sangre y pelos. Por suerte tenía la máscara, tragar sangre con pelos seguro me hacía vomitar.

Igual me dio asco pero no quería mostrar debilidad. Me puse a gritarles a los otros tipos que estaban en los escritorios que me dieran toda la plata que tuvieran ahí.

Sabía que intentar ir a la caja fuerte era un suicidio. Siempre se demoran mucho y llegan los pacos y el asunto pasa de ser una buena idea a un baño de sangre y el tipo como yo termina muerto o preso, lo que no era para nada la idea. Con lo de las cajas me bastaba. Por lo demás, ni siquiera sabía para qué era la plata.

-Pasen los billetes agueonaos culiaos.

Mientras los tipos metían todos nerviosos los billetes en las bolsas le disparé a las cámaras de seguridad. Para no haber disparado nunca tuve bien buena puntería. Cuando chico jugaba harto al Duck hunt.

Empecé a sentir las sirenas que se acercaban cada vez más fuerte. Un sudor calientito me empapó el cuello. Me dieron ganas de sacarme la máscara pero era demasiado riesgoso. Tenía que hacerme humo.

Salté de las cajas y caí pisando mal parece porque me dolió fatal el tobillo. Para peor un guardia cobarde que se había escondido me disparó por la espalda. La bala me rozó el hombro con rabia. Rompió el chaleco y saltó sangre. Ardía feroz.

Pero ese dolor se me olvidó al tiro cuando vi que la vieja que había matado a la entrada se levantaba de la nada y con la cara reventada y con unas moscas fosforescentes volándole en las heridas.

La guagua que estaba morada también se levantó y partió caminando con pasitos cortos y tiernos hacia mí.

Se habían convertido en zombies estos muertos de mierda. Justo a mí me tenía que pasar.

Tenía que salir volando de ahí. Además las sirenas ya las sentía potentes de cerca. Y la guagua zombie me mordió una pierna. Remierda. Cualquiera sabe que si te muerde un zombie quedas contagiado irremediablemente.

Le disparé con las dos pistolas en la cabeza que explotó como piñata de sesos y di un salto para atrás. Miré mi muslo. Feroz mordida. Una moto de pacos frenó de chantada en la puerta. El policía se bajó y me apuntó mientras yo le apuntaba a la madre zombie. Él la veía de espaldas por eso asumo que no se dio cuenta que estaba ya muerta-pero-viva-y-sin-cara. Tampoco vio las moscas fosforescentes.

-¡Deja la pistola en el suelo y levanta las manos! ¡Si no quieres vivir tus últimos segundos de vida con una estúpida máscara de araña suelta esa pistola!

Estaba atrapado. La vieja se me acercaba peligrosamente y el policía me apuntaba con los nervios de punta. Se notaba. Apostaría que primera vez que estaba en una situación así. Yo igual. Alguien tenía que tomar la iniciativa.

Disparé en la zona del plexo solar a la regresada de la muerte. Cerré un ojo y traté de poner en la mira al paco pero fue más rápido de lo que pensé y alcancé a ver la bala girando y en cámara lenta justo antes que me entrara directo por el cuello y hasta la vocecita infernal que gritaba y chillaba fascinada se quedó callada perpetua. Silencio y a negro.

Mi primer respiro fue como atragantado con sangre y saliva espesa y caliente. Voy en una camilla creo. Con el cuello en un cuadrado de fierros y correas. Y sin máscara. Fuck. Las sirenas corean a todo ritmo y la gente se empieza a agolpar a mirar. Está lleno de autos de Carabineros y dos ambulancias. Canales de televisión. Onda quedó la zorra. La situación es bastante extrema. Estoy en problemas. Trato de explicar.

-La vieja era un zombie. La guagua también, lo juro.

No se me escuchaba nada entre tanta sangre que ahogaba mis palabras. Así que me callé y en el silencio me di cuenta que no sentía las piernas. Me acordé que me había mordido la guagua diabólica. De tanto pensar me debo haber quedado dormido.

Quedé tetraplégico. Ese es mi diagnóstico. Y también perdí tanta sangre que no puedo ni hablar ni nada porque tampoco escucho ni veo. No me cortaron la pierna, de eso estoy seguro y es lo peor porque ahora lo único que me queda es esperar a morir y resucitar como un condenado zombie. Y la voz lo único que hace es reírse de mí y decirme garabatos y cosas obscenas cuando entra gente a mi pieza.

Y yo qué voy a hacer. Al final estoy postrado esperando que me desconecten o lo que sea para reaparecer como un muerto viviente. ¿Qué chucha irá a pasar?

Idea rechazada de comercial para banco de Chile

Sobre el autor:

Luc Gajardo (@luco)

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