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La verdad definitiva de la sicología y la siquiatría

por · Septiembre de 2013

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(Extracto de un libro de ensayos multisensoriales a publicarse próximamente por una editorial a definir)

CUANDO TE DAS CUENTA DE QUE LA HUEÁ ES HUEVEO

La primera vez que asistí a la consulta de un sicólogo debo haber tenido entre 12 y 15 años. No lo recuerdo del todo bien. Tampoco recuerdo el por qué exactamente me empezaron a llevar. Supongo que:

Porque me iba pésimo en el colegio.

Porque era insolente y en un par de ocasiones agresivo con los profesores.

Una vez le tiré el personal stereo en la cara a mi profesora de matemáticas luego de que me obligara a entregárselo. En otra ocasión empujé al profesor de física porque no quiso aplazar una prueba. Y así, varios numeritos.

Nada de lo que me sienta particularmente orgulloso pero supongo que tenía que ver con que cuando más chico me sacaban la chucha regularmente en el colegio, particularmente un engendro de labio leporino que era hijo (adoptado) de la bibliotecaria, por lo que el día del juicio final lo iban a echar. Eso más un par de traumas asociados a los típicos inconvenientes de tener un padre alcohólico y bipolar, escuchar la música equivocada, y tener la cara, hombros y espalda, convertida en una sola, palpitante y tibia espinilla haciendo erupción casi con la misma frecuencia que las eyaculaciones autoinflingidas a esa edad, o sea muy seguido, me llevaron a conocer a temprana edad el fascinante mundo de la sicología.

Contesté por primera vez, excitado por la posibilidad de que me dijeran que estaba oficialmente cagado de la cabeza, un larguísimo cuestionario. Con preguntas a las que (con decepción por mi bajo grado real de demencia, pero con muchas ganas de huevear por contestar que ‘sí’) tuve que poner que «no», tales como «¿Se siente atraído sexualmente por su mascota y/o otros animales?», «¿Siente ganas de asesinar a su mascota y/o otros animales?». Estuve asistiendo algunos meses y la verdad no recuerdo una sola cosa que haya cambiado mi forma de ver las cosas. Pero sí de verme. Porque me puse más gordo (énfasis en el «más» porque ya lo era). Mi madre, como recompensa por ir a esa farsa me llevaba religiosamente post sesión a comer comida chatarra. Cuando me aburrí de comer comida chatarra, en vez de dar la lata con lo aburrida y penca que encontraba la vida y que en realidad no me interesaba nada mucho, le dije al sicólogo que me imaginaba cuando grande con un jeep bonito y un departamento en San Martin y que además me gustaría estudiar sicología y el sicólogo consideró que estaba curado, que su terapia había hecho efecto, y que no tenía que ir más.

Obviamente, ahí piensas: «Ok está hueá es hueveo».

 

PASTILLAS PARA PAJEARSE EN SECO

Un par de años después, llegué a un siquiatra y por ende al lleno de sorpresas mundo de las drogas duras. No recuerdo, o no quiero recordar, una de dos, por qué exactamente fui a dar con ese sujeto. Tengo la impresión que puede haberse debido a que me pillaron varias veces pitos y una que otra vhs porno bizarrita y quizá uno que otro numerito autodestructivo. Recuerdo haberme sorprendido y ofendido. Debo haber tenido máximo 16 años. El rollo es que creí que el asunto iba igual que con el otro tipo, que se trataba de hablar y hablar y responder preguntas tales como: «¿Y cómo crees que se relaciona eso que dices con lo que dijiste antes?» o: «¿Y cuando pasa tal cosa, cómo te hace sentir?». Nones. Esta vez las preguntas fueron reemplazadas por un displicente y un tanto molesto «hummmm» «aammmm» y unos intentos poco jugados por disimular bostezos. Así un buen rato hasta que el hombre mira su reloj y dice: «Ok te voy a recetar tal cosa». Recetar. Pastillas. Pastillas para la cabeza. Se imaginarán el nivel de conocimientos de neurociencia que puede tener un pendejo semi drogadicto y súper poco mateo de 16 años, pero recuerdo haber pensado: «¿Y sin un examen de sangre o algo así? ¿Así no más? ¿Y si estuviera acá en busca de pastillas para suicidarme?». Así no más. Y así fue como descubrí tres cosas:

Una, que a los siquiatras les importa un pedazo de caca pegado en el zapato lo que les digas o no les digas.

Dos, que tengo la capacidad de sufrir absolutamente todos los efectos secundarios cuando se trata de pastillas siquiátricas.

Y tres, que uno de ellos puede ser la capacidad de eyacular aire. O sea nada. Que podía pajearme, mucho, como cualquiera, en esa época (eeeeeehhh…) y no salía absolutamente nada o sea que era como casi un mundo perfecto. El crimen perfecto. Sin huellas.

El lado no tan positivo es que estas pastillas me mantuvieron el poco más de mes que las tomé postrado en cama. No sé si porque realmente me hicieron horrible. Juro que no podía levantarme de la cama, o quizá fue producto de tanto pajearme, que eso creo, puede haber sido, ahora que lo pienso, en realidad. El punto es que ahí dije siquiatras nunca más (o hasta que quiera conseguir drogas realmente fuertes o matarme de sobredosis).

 

ACUSACIONES CRUZADAS DE CHANTAMANISMO

(Y UNO QUE PIENSA PERO QUÉ NECESIDAD PARA QUÉ TANTO PROBLEMA SI TODOS TIENEN RAZÓN)

Basta de falaces experiencias personales. Pongámonos objetivos, con un breve y sencillo análisis matemático/lógico. Para que lo hagan en la casa. Pregúntale a un siquiatra lo que opina acerca de un sicólogo. O mejor aún, en conversación, dígale a un siquiatra: «bueno y su colega el sicólogo X» y vea cómo el rostro del profesional cambia violentamente y dejará abruptamente los «uummmm» «ahhmmmm» para aclarar que no son «colegas». Que a diferencia de los sicólogos, a quienes miran muy en menos (y en confianza hasta los tildarán de tarotistas o gitanas), ellos son Médicos. Científicos. Gente que estudió 10 años en la universidad. Bien.

Haga el mismo ejercicio al revés y se encontrará con el mismo resultado pero hacia el otro lado. Para los sicólogos, los siquiatras son prácticamente narcotraficantes amparados por la Ley (que a su vez está de rodillas o en cuatro patas frente al poderoso monster cock de la industria farmacéutica).

 

Sigamos. Hilando más fino, dentro de la sicología son dos las corrientes más fuertes: el conductismo y el sicoanálisis.

Pueden googlearlo un momento…

Ok. El punto es que ambos bandos también se tildan de chantas cruzadamente.

Vamos sumando.

Cuando alguien ha conocido una buena cantidad de estos personajes, inevitablemente al enfrentarse a uno nuevo lo hará con cierto grado de, no quisiera decir suspicacia, pero sí, un poquito de miedo. Él o ella lo notará, mal que mal estudian la mente humana, y preguntará si acaso usted ha consultado anteriormente a un sico o siquia. Y ahí uno dice lo más diplomáticamente posible que sí, que la verdad la experiencia no ha sido nunca muy buena. Y ahí la respuesta es hermosa. «Bueno, la verdad es que hay muchos colegas que son medio chantas». Quizá no diga esa palabra textual. Lo más probable es que termine la frase en el «hay muchos colegas que son…» y harán una mueca de oler caca, encogiendo los hombros, dejándolo a su libre interpretación. Y si él mismo termina siendo una experiencia no necesariamente mala pero sí inútil, y acusó de chantas a los anteriores, y el próximo dirá que el anterior es “…”, podemos, sin ánimo de tergiversar los números, hacer la raya para la suma de que, a juicio de ellos mismos, su gremio, el de la salud mental, es un mar infestado de traficantes, charlatanes, estafadores y gitanos.

¿Quién es uno, un hueón cualquiera, para llevarles la contra?

 

LA DOCTORA CORDERO ES UNA SANTA Y NO UNA CHANTA

¿Cuánto color le dieron a la Doctora Cordero con el asunto de ‘calleuque el loro’ y las licencias médicas truchas?

¿Quién no ha ido a un siquiatra a pedir una licencia médica aduciendo una lesión mental imposible de probar o desmentir o en el peor de los casos muy fácil de fingir?

Cortemos el hueveo. Si la misma gracia la hizo hasta Longueira, que era candidato al trabajo más cabrón de Chile, ¿cómo no lo va a querer hacer cualquiera de nosotros con nuestras mierdas de trabajos? En ese sentido, la Doctora Cordero era una santa al extender esas preciadas licencias sin agregar a «las ganas de mandar todo a la chucha un rato y no ir a trabajar» un poco de «pastillas para matarte si así lo deseas». Sin ir más lejos, a mí (era que no, si soy yo el que está escribiendo esta hueá) me sucedió que desesperado por faltar a un trabajo que tenía y que me tenía las huevas hinchadas, no encontré nada mejor que ir a una siquiatra de un centro médico.

La idea era: salir de ahí con una licencia, pero sin pastillas.

Lo logré. A medias. Salí con licencia. Pero con pastillas. Aunque las rechacé, le comenté que me hacían pésimo. ¿Pésimo por qué? Preguntó enojada. Porque me mandan a piso y no puedo ni siquiera levantarme de la cama, dije. Bueno no te levantas de la cama entonces. Pero te las llevas. Así de sencillo. Resultado: Un día me fui a tierra gracias a las famosas pastillas. Pero no en mi casa sino en plena calle a plena luz del día quedé tirado —indignamente— inconsciente. En honor a la verdad me había tomado varias más de lo indicado y quizá me haya tomado encima un par de tragos. Pero el punto sigue intacto. La siquiatría no es nada más pero tampoco nada menos que un expendio legalizado tanto de drogas duras como de licencias médicas truchas.

 

PILDORITAS VERDES RANDOM RESPECTO AL TEMA

*Sicólogos laborales. Qué ternura. Recuerdo una extensa entrevista. Ya era absurdo porque ni siquiera estaba pidiendo el trabajo sino que me habían llamado. Da igual. Su profundo análisis a mi mentalidad de trabajador fue que «muestra una cierta inestabilidad laboral». Fue lo que me comentó mi jefa en el momento. La miré y le dije «¿Y le pagan a alguien por esa conclusión? Pero si con mirar mi CV eso lo pueden saber…». Cuento corto. Renuncié al par de meses. Punto para ese sicólogo genio.

*Luego de un conocido chascarro de terrorismo imaginario (en otra época habría sido considerado acción poética pero este es el país de Hinzpeter) fui a parar otra vez donde un loquero, esta vez, una supuesta eminencia en el rubro. Luego de relatarle algunos grandes éxitos de mi ascendente espiral de autodestrucción, su análisis fue: «quedo bajo la impresión de que vas en una especie de espiral autodestructivo». Después de hacerle notar que su análisis era exactamente lo mismo que le había dicho yo, y pese a que creí que nos habíamos caído excelente, nunca más contestó a mis llamados para pedir otra hora. : (

*Una reflexión. Tanto darle vueltas al tema, tanto coquetear con la locura, con el suicidio, con la depresión, me lleva a una sola idea fuerza. Dejemos de lado la siquiatría, puesto que a mí modo de ver, una ciencia que hace menos de 100 años aplicaba lobotomías químicas, choques de electricidad, encierros y toda clase de torturas a sus pacientes, es, en el mejor de los casos, una ciencia que anda en la búsqueda dando palos de ciego. En el peor, son, como lo dicen sus rivales los sicólogos, traficantes amparados por la Ley.

Así que convengamos en que nadie con la cabeza bien puesta (una ironía no a propósito), podría, a menos que quiera drogarse fuertísimo (lo que está lo más bien, si se reconoce), creer que se va mejorar de algo de esa forma. Quién sabe si en 50, 20 ó 10 años digan: «Pucha, perdón, estábamos intentando curar estados mentales con fármacos pero no resultó».

Vuelvo al punto de la conclusión. Un sicólogo le puede servir a alguien que cree que tiene problemas a hacerle entender que no los tiene realmente. Alguien que realmente sí tiene problemas, es inmune a un sicólogo. No le va servir absolutamente de nada, a menos que quiera sumar a sus problemas tener un poco menos de plata, o ser más pobre, si es que uno de sus problemas es la falta de plata.

Quiero decir, si llegas a un sicólog@ es porque ya tienes aburrido a tus amigos y familia con tus atados. Ahí está el primer problema. Parar de dar jugo es una opción. La otra es el suicidio. Pero la intermedia parece tener el mismo sentido que creer que, si tu problema es que no te pescan las minas, ir a una prostituta es la solución.

La verdad definitiva de la sicología y la siquiatría

Sobre el autor:

Luc Gajardo (@luco)

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