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Rodríguez: el futuro ya no es lo que solía ser

por · Enero de 2013

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En un mundo en que la derrota es lo único posible, están los genios que asoman a cuentagotas y la mayoría de tipos condenados al fracaso, que sobreviven en el intento por no ser aplastados. A esos últimos creyó pertenecer la mayor parte de su vida Sixto Rodríguez, el sexto de una familia de inmigrantes chicanos instalados en las fábricas de Detroit, hoy convertido en leyenda viviente de la canción protesta.

Debía oler a crudo. El Detroit de Sixto Rodríguez, del auge automotriz estadounidense, cuna de luchas sindicales, debía ser como las bodegas de algún gran puerto comercial, evidenciando el incendio de una revolución juvenil que escuchaba atenta a Bob Dylan, Paul Simon y Neil Young.

Rodríguez2Pelo largo, lentes oscuros, botas de cuero, Rodríguez comenzó a escribir canciones de protesta y a mezclarlas con música folclórica. Se hizo llamar Rod Riguez o simplemente Rodríguez, hasta que a comienzos de los 70’s el sello Sussex Records lo fichó seguro de haber encontrado al nuevo Dylan.

Grabó dos discos, Cold fact (1970) y Coming from reality (1971), apostó todo por la música, pero su destino tenía para él otros planes. Su trabajo fue un fracaso comercial, su disquera se hundió hasta la quiebra y el músico de clase obrera abandonó la música desilusionado.

Frustrado, debió regresar a las duras faenas físicas por las que ya había pasado antes, demoliendo casas y edificios. Era 1974. Lo que no sabía Rodríguez era que, mientras se rompía los huesos con las pesadas herramientas de construcción en Detroit, al otro lado del planeta alguien introdujo de contrabando copias de su primer disco Cold fact.

El destino era el sur de África, un país culturalmente aislado del mundo por su política de segregación racial conocida como apartheid. Fue en Sudáfrica donde la música y sobre todo las letras de Sixto Rodríguez se esparcieron en terreno fértil, gracias a un sistema que reprimía cualquier intento de emancipación.

A pesar de la dura censura, su disco pasó de mano en mano por toda la juventud que buscaba un cambio político y social. Y su misteriosa desaparición lo elevó a la categoría de mito.

En Sudáfrica, Rodríguez era tan grande como Elvis Presley o los Rolling Stones. Lo creían muerto, pensaban que se había suicidado, que se había quemado sobre un escenario, que se había destapado los sesos con un revólver, pero varios años después, a mediados de los 90’s, dos fanáticos de Rodríguez (Stephen Segerman y Craig Bartholomew) decidieron seguirle la pista y dar con la verdad de su —aparente— desafortunado final.

La pregunta que se hicieron fue una sola: ¿seguirá vivo?

Para su sorpresa, lo encontraron todavía de pie y trabajando como obrero en Detroit.

En 1998 la pareja lo llevó a la Sudáfrica de Nelson Mandela y ahora fue el turno de Rodríguez —hoy de 70 años— de quedar sorprendido. Los recintos estaban llenos hasta su capacidad máxima y el público de varias generaciones coreaba al pie de la letra cada una de sus canciones, las mismas que pasaron totalmente desapercibidas en Estados Unidos.

De pronto el músico retomó su carrera, regresó cuatro veces más a ese país, su discografía fue re-editada y su re-descubrimiento fue inmortalizado —en el relato de detectives, parientes y admiradores que explican su desaparición— por el documental Searching for Sugar man (2012), probablemente el mejor documental publicado el año pasado.

“Sugar man”, el tema que abre su primer disco, es un buen comienzo para acercarse a la música de Rodríguez. Ahí está el secreto de su épica. La cadencia de su instrumentación, las palabras capturando un mundo de mayorías, el quejido de su voz perdiéndose sobre las cuerdas.

Acá su pasada del año pasado por el show de David Letterman, con “Crucify your mind”:

Acá una versión en televisión de “Sugar man”:

Acá el tráiler del documental Searching for Sugar man:

Rodríguez: el futuro ya no es lo que solía ser

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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