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Santiago es la ciudad

por · Enero de 2013

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«A veces, al momento de cerrar los ojos, en la antesala del sueño, se me presentan involuntariamente las imágenes de ese Santiago que no existe» escribe Roberto Merino en Todo Santiago (2012, Hueders), una recopilación de 160 crónicas de la ciudad que antes publicó en Santiago de memoria (1997) y Horas perdidas en las calles de Santiago (2000), y que agrega textos escritos posteriormente.

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Todo Santiago2Uno.

«Si me dicen, igualmente, “piense en la ciudad”, imagino de inmediato un recorrido. Se trata de un trayecto específicamente santiaguino. No pienso en ese momento en el Londres de mi interés, ni en el Estambul de los cuentos, ni siquiera en el Buenos Aires de mi apego. Santiago es la ciudad. Aparece, observada desde un automóvil que entra en ella por el acceso sur, de noche». Merino como especialista de Santiago. Aunque odie que lo llamen así. También que lo tilden de cronista. Él, ha declarado, nunca se presentaría de esa forma. Pero está ahí, es parte del decorado santiaguino. Le pertenece a la ciudad tanto como el Compadre Moncho y sus apariciones en el Paseo Ahumada, algún Teletrak o el Haití. En parte porque se dedicó a entenderla como nadie, porque le dedicó el tiempo y las suelas mientras otros daban consejos desde escritorios o hablaban con resentimiento. Eterno peatón, es el testigo fantasma de una ciudad arrasada, siempre entre la catástrofe y el jolgorio. Ese Santiago que cada cierto tiempo deja de existir, pero inmediatamente después parte de nuevo (Como el Profeta Isaías a Juan Carlos Bodoque en 31 Minutos), Merino lo tiene en la retina. Santiago es la ciudad, su ciudad. Acá nos quedamos.

Dos.

«Es para nosotros motivo de asombro cuando un extranjero declara haberlo pasado bien en Santiago. Por lo general estamos más bien dispuestos a considerar que esta es una ciudad sin salida, es decir, sin atractivos dignos de ser recomendados a quienes vienen de países lejanos».

He escuchado muy pocas palabras de cariño hacia Santiago. Nací y viví en un pueblo chico por 17 años y, obviamente, fueron demasiados. Pero eso da lo mismo, lo importante fue escapar a tiempo. Salvarse. Mientras yo trataba de pasar el mayor tiempo posible en la ciudad, perderme para conocerla de verdad y subirme a micros que no me llevaban a ninguna parte; la generación con la que crecí en mi pueblo chico huía de Santiago cada fin de semana, se refería a ella como “Santiasco”, se quejaba del ruido, la suciedad y los perros callejeros. Llevan dentro ese amor infinito y medio idiota, que nunca tendrán los santiaguinos. Que hablan sin haber recorrido la ciudad o, en su defecto, dan luces de como debería ser. Son los mismos que escapan cada fin de semana largo, los que nos hacen pensar que no hay nada mejor que Santiago vacío en verano. Vacío. Tan hermoso como artificial.

Nadie se ha dedicado a entender esta ciudad como Roberto Merino. El ensayista observa de manera minuciosa detalles que a la mayoría le parecen insignificantes: el amanecer en verano, letreros de neón, estatuas, mimos impresentables, besos juveniles en parques perdidos, los arrebatos de violencia urbanos, lo feo, la bulla, las pesadas calles bajo el sol capitalino o paseos por carreteras perdidas.

Observar, observar y observar, parece repetirse por su cabeza, como un mantra. No desperdiciar ni los cuadros de la ciudad que parecen solo restos de piel muerta. Sin ningún prejuicio pero con admiración, tanto de una hermosa foto análoga de Plaza Italia en 1967, hasta de un opaco sitio de estacionamientos que antes fue escombros. Que, si rebobinamos un poco más, fue un opulento palacio («En cien años, el rostro irregular de Santiago ha cambiado mil veces: las empresas de demoliciones y excavaciones han dado cuenta de casas solariegas y de palacetes», escribe Merino). A ratos el poeta es autista, pero siempre atento, paciente, a la espera de un estruendo que lo remueva. Al acecho de una historia o lugar que haga valer la experiencia.

El viaje de Roberto Merino se asemeja al que hace Gay Talese por la gran manzana en Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas: obsesivo, curioso e inteligente, pero a la vez ridículamente cercano. Repleto de lugares luminosos, secretos y personales. Capaz de develar siempre detalles invisibles y momentos inaccesibles, de la mano de la épica de la cotidianeidad. Con la humildad de un ciudadano de a pie que es el mejor cronista de los cambios de la ciudad.

Todo Santiago3Tres.

Todo Santiago también se puede descifrar como una película en 35 mm de la vida de Merino. Un diario de vida maquinal e irreflexivo, por eso mismo, más honesto: «Por otra parte, cada cual lleva consigo una ciudad mental, hecha con retazos de imágenes del pasado. Ahí si que el plano de Santiago revive en una secuencia de escenas perdidas».

Finalmente, eso es lo que podemos conservar de una ciudad que implosiona constantemente. Planos temporales inconexos. Esquirlas. Destellos. Murmullos subterráneos que escapan a la voluntad y se develan permanentes, de la nada. Paseos por la Plaza de la Aviación mientras Santiago quema y un teléfono se apaga antes de lograr sacar una foto; un grupo de chicos sentados bajo una estatua en la noche de unas elecciones municipales, como en un video de Arcade Fire; una acuarela nocturna de la chica que te gusta en una pared que tiene la palabra “piñén” escrita con una caligrafía de básica, tan parecida a la mía.

Pero volvamos a Merino, a su Santiago, que es el cerro Santa Lucía, Providencia, el barrio Lastarria de su madre («Yo empecé a merodear por Lastarria en 1976. Era un adolescente en búsqueda de algo inespecífico y me gustaba experimentar el abismo del tiempo cifrado en un pasillo a media luz o en una enredadera seca o en una balaustrada carcomida»), los libros de El Cid o cuando asistió de mirón a la celebración de un sueño en los balcones de la FECH («Se trataba de un sueño ajeno, por cierto, pero de un sueño al fin, con su carga de algarabía desbordante y de ingenua confianza en los discursos redentores»), la victoria de Allende en 1970.

Todas, escenas que se convierten en una constante. Anclas en medio de las turbulencias. Postales que sirven de decorado en piezas destruidas. Ahí somos infinitos, en esas imágenes difusas, tan momentáneas. Tal vez, demasiado.

Santiago es la ciudad

Sobre el autor:

Javier Correa (@javiercorreaM) es periodista.

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