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The way, redención al ritmo de una guitarra de misa

por · Octubre de 2012

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El camino es una ruta con principio y fin. El viaje tiene un camino, o quizás muchos, pero no tiene principio ni fin. La última entrega del director Emilio Estévez es bautizada precisamente como The way” (en Chile estrena en 2013), protagonizada por su padre, el actor Martin Sheen, en una más de las extrañas costumbres y demostraciones de la fe católica: el Camino de Santiago, que comienza en los Pirineos del sur de Francia, hasta la provincia de La Coruña en la capital de la comunidad gallega, Santiago de la Compostela (patrono de la ciudad de Santiago de Chile).

Ochocientos kilómetros recorridos a pie por cientos de personas que todos los años se aventuran en un camino de fe, catarsis, o simple mundanidad.

Thomas Avery (Martin Sheen) discute en el auto con su hijo Daniel (Emilio Estévez) lo que quizás sea una de las preguntas más estimulantes de la vida: ¿cómo elijo vivir? Lo que no sabe el oftalmólogo de la ciudad de California es que esa discusión será la última con su hijo, el que enfrentará y perderá ante la muerte, en el principio del viaje bautizado como Camino de Santiago. Ya en Francia, Tom, debe recoger el cuerpo de su hijo, lo que dará al viejo doctor la motivación de conocer y entender más la decisión de Daniel, al dejar su doctorado a medias, con tal de vivir el mundo por sí mismo.

Un filme con una alta carga emotiva y una amplitud sentimental madura, que se desenvuelve a lo largo del viaje. Como si fueran etapas que quemar, Tom Avery, inicia un camino solitario que irá dibujando matices al conocer al alegre e ingenuo holandés Joost (Yorick von Wageningen), a la amargada fumadora canadiense Sarah (Deborah Kara Unger), y al pedante escritor irlandés Jack (James Nesbitt); unidos por la fuerza de superar lo que ellos sienten como problema y que la magia o fe del camino puede redimir.

The way es una historia entre padre e hijo, en la que se expresan carencias de ambos lados de una relación que puede no ser siempre llevable. Sin embargo, también es un homenaje a las raíces, explicitado al final de la película en honor al abuelo, padre de Martin Sheen, Francisco Estévez, cuya nacionalidad era española y procedente de Galicia. Una moneda de dos caras, expresada por un gitano que al tratar de compensar el error cometido por su hijo en perjuicio de Tom, le dice: «nuestros niños son lo mejor y lo peor nuestro».

Aunque sea una más de esas películas que demuestran la finalidad del viaje como innecesaria frente al proceso en sí mismo del recorrido (ejemplos sobran: Into the wild, The straight story), no se queda en menor posición producto de la gran actuación de Sheen, el desarrollo evolutivo del personaje principal, filmado de forma honesta, sencilla, ajena a la siutiquería que en general muestran las películas sobre este tema.

The way es una película personal —muy personal— que nos invita a reflexionar sobre la relación afectiva con nuestra familia. La delgada línea de la vida y la muerte bautizada por el incienso de la fe cristiana y contada al ritmo de guitarra de misa.

The way, redención al ritmo de una guitarra de misa

Sobre el autor:

Fabián Padilla (@_elpadilla)

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