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Trance: tabula rasa

por · Mayo de 2013

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Tomando prestadas cositas de Memento (2000) e Inception (2010), Danny Boyle, en Trance (2013), vuelve al género de sus dos primeros filmes (Shallow Grave, Trainspotting): el noir. Más bien: neo-noir. Y lo hace ensamblando elementos arquetípicos: la trama estructurada sobre una situación desesperante que a ratos asoma imposible de resolver; el MacGuffin (¿“Spellbound”?); la violencia, el cinismo, la corrupción; y la femme fatale —acá desde esa visión postmoderna instaurada por Simone de Beauvoir— que puede salirte con cualquier cosa. Todo filmado con el ritmo delirante y abuso del gran angular que caracteriza al director inglés, manteniéndote aferrado al asiento, atorándote con palomitas, con las pupilas dilatándose fotograma a fotograma, como si estuvieras con sobredosis de Adderall.

¿De qué trata? Es más simple de lo que parece y se explica en los primeros quince minutos: Simon (James McAvoy) es guardia de una casa de remates ubicada en Londres. Él tiene ciertas competencias en cuanto a defensa personal: sabe reaccionar en caso de asaltos. Y justamente eso es lo que pasa el día en que se desarrolla el remate del cuadro “Las brujas en el aire” de Goya: una banda de malhechores liderada por un tal Franck (Vincent Cassel) intenta hacerse con el canvas, pero Simon ha logrado esconderlo previamente, llevándose los bandidos una maleta vacía.

Tras darse cuenta del engaño, los maleantes desbaratan el departamento de Simon. Tras no encontrar el cuadro le preguntan, claro, dónde diablos está. Pero Simón no recuerda nada: cuando protegía la pintura sufrió tremendo golpe, el que ha borrado parte de los bytes almacenados en el lóbulo temporal: en su memoria solo flotan instantáneas dispersas. Su vida ahora se desenvuelve como una tabula rasa.

Dada la situación, a Frank se le ocurre llevar a Simon a terapia. La idea es que mediante hipnosis recuerde dónde escondió el Goya.

Ahora: lo que Frank no sabe es que esto sacará a flote la parte oculta de un iceberg. Recuerdos reprimidos que darán giros al plan inicial del gángster. Y a la vida misma de Simon. Y de Franck. Psicoanálisis.

Boyle confabula de forma latente este laberinto al utilizar actores de tres países distintos: Escocia (McAvoy), Francia (Cassel) y Estados Unidos (Dawson). Cassel, como acostumbra, crea un personaje que perfectamente coparía la pantalla en una película de Tarantino. McAvoy, sin deslumbrarte, funciona como tejemaneje de la trama. Haciendo que lo que rodea sea lo que determina el grueso del filme. Y en el caso de Rosario Dawson, estás frente a su más logrado rol desde 25th Hour.

Para realizar el papel de Elizabeth, la hipnoterapeuta, ella misma se sometió a sesiones de hipnosis, incorporando parte del aprendizaje, del viaje, a la construcción de su personaje. Experiencia que en el filme desempeña como motor: los protagonistas frecuentemente están dándose chapuzones en la piscina del inconsciente. A veces saliendo a superficie mediante manotazos de ahogado, tras encontrar vestigios con los que no querían toparse. Otras, quedándose sumergidos en pozos, en fantasías que parecen sublimar sus goces más recónditos.

Del mismo modo, Boyle también juega con la libido del espectador masculino. Utiliza a Dawson como objeto de deseo. Mostrando, escena a escena, trocitos, pedacitos, de su cuerpo de tintes puertoriqueños. Insinuándote que, de pronto, la morena que a los tiernos 16 años hablaba de sexo anal en Kids (1995), puede otorgarte el mismo placer visual que te ofreció en Alejandro Magno (2004), ese filme kitsch jamás entendido y que jamás se entenderá.

Cerrando: si bien Trance puede que no se instalé en lo más preciado de la filmografía de Boyle, sí pasará a la historia por un par de escenas que en ningún caso podría mencionarte: la sorpresa en ellas es lo que hace querer repetírselas. Colmando esa compulsión que opera en nuestras psiquis de volver y volver, tanto a lo placentero como a lo desagradable. Una adecuada previa para la película en qué actualmente está trabajando: Porno, de Irvine Welsh.

Trance: tabula rasa

Sobre el autor:

Ignacio Molina (@Molinaski)

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