Ver el fútbol

por · Abril de 2014

Quien sintoniza un partido que se juega al otro lado del océano, ¿qué es lo que espera? ¿Qué es lo que busca recibir?

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¿De qué se trata no el fútbol sino ver fútbol? No hablemos de jugadores, de técnicos ni dirigentes. Ni siquiera de hinchas. Hablemos de quien prende la televisión, sintoniza un partido que se juega al otro lado del océano, y dedica noventa minutos de su vida a algo que le debería resultar tan impropio. ¿De qué se trata? ¿Qué es lo que espera? ¿Qué es lo que busca recibir?

Por mí parte, busco y espero dos cosas: estética y emotividad. Es difícil, en el fútbol, que exista la una sin la otra. La maravillosa volea de Zidane ante el Leverkusen fue bella porque fue emotiva: una final de Europa, un partido empatado, una pelota complicada. Por eso es recordada una y otra vez, como un ejemplo de que el milagro de este deporte está en la cruza efímera de plasticidad y euforia. Lo imposible que se consigue con lo bonito.

Entiendo perfecto cuando un hincha de Palestino, entre sus pocos camaradas, pierde la cabeza de excitación cuando su equipo consigue un 1-0 de visita frente a Colo Colo, tras defender todo el partido y empalmar de cabeza un tiro libre. Es lo que su club podía en comparación al poderío del rival. Una alegría sustentada en la inferioridad.

Pero cuando hay distancia, y no existe apego histórico ni territorial ni emocional, cuando el interés no está en el resultado final sino en el desarrollo del partido, ¿tiene algún sentido buscar otra cosa que un match abierto y bien jugado? ¿No tiene algo de perverso apoyar al equipo que, sin ser el más débil, basa su juego en defender y destruir?

mourinho

A mí no me parece ético, por ponerlo en términos kantianos, que un equipo como el Chelsea, que sólo esta temporada gastó $99.380 millones de pesos (€128 millones) en refuerzos, base su estrategia en juntar dos líneas de cuatro a esperar el error del contrario. Un club cuyos partidos se transmiten en todo el mundo, cuyo merchandising se reparte infalible por todo el planeta, cuyos jugadores llegan a ganar $175 millones a la semana no puede ni debe promover una idea como esta: no juegues bien porque eso no te llevara a nada.

Según el periodista del diario El País de España, Diego Torres, José Mourinho tenía un decálogo en el Real Madrid para los grandes partidos. Decía así:

«1. El partido lo gana el equipo que cometa menos errores. 2. El fútbol favorece a quien provoca más errores en el contrario. 3. Jugando de visita, en lugar de intentar ser superior al contrario, es mejor incitarlos al error. 4. Quien tenga el balón tiene más probabilidades de cometer un error. 5. Quien renuncia a la posesión reduce la posibilidad de cometer un error. 6. Quien tenga el balón tendrá miedo. 7. Quien no tenga el balón es, por lo tanto, el más fuerte».

Todos quieren ganar, sí, pero dudo que la victoria sea el más alto escalafón de la trascendencia.

Hay quienes dicen que eso es lo lindo del fútbol, que todas las maneras de jugar son válidas, que finalmente todos quieren ganar. Discrepo. Todos quieren ganar, sí, pero dudo que la victoria sea el más alto escalafón de la trascendencia. ¿O alguien se acuerda del centrodelantero alemán campeón mundial de 1954? Pocos. En cambio, el trío de húngaros conformado por Kócsis, Hidegkuti y Puskas, que salió segundo, permanece en la primera plana de los libros de historia.

El campeón es el que celebra y el que se lleva la estrella sobre el escudo. Pero mi padre nunca dijo una palabra sobre la Italia de Rossi el 82: de lo que nunca dejó de hablar, y emocionado, fue del Brasil de Zico, Sócrates y Falcao. La estética, más que las copas, es la que se pega para siempre en el hipocampo.

Estoy seguro que, de estos tiempos, lo que sobrevivirá a la memoria será el guardiolismo. ¿Por qué? Da la impresión de que lo que busca Guardiola, y que lo encontró con tanta nitidez en su momento, es hacer permanente ese cruce de estética y emoción. Que no sea consecuencia de una genialidad fugaz ni que dependa de la suerte, sino que provenga de una sistematización perfectamente afinada, de movimientos permanentes y un control total de la pelota. En Barcelona lo consiguió de inmediato, y resultó un hito para la cadena evolutiva del fútbol porque además se tradujo en resultados. Como nunca, la manera más estética de jugar también resultó ser la más efectiva.

«El Barcelona ha logrado algo más difícil de ganar que cualquier trofeo; ha ganado la admiración universal», escribió John Carlin en este artículo de 2012. Es verdad. Pero también se ganó una gran animadversión, considerando que su juego se hizo hegemónico y muy imitado. Sin ir más lejos, Sampaoli, aunque de vocación bielsista, incorporó muchos elementos de la dinámica barcelonista —jugar con un falso nueve, prescindir de un contención clásico, privilegiar el control al vértigo— para llegar al éxito.

Hoy el estilo vive cuestionamientos merecidos pues la revolución concretada por su Barcelona —expandida con matices por Jürgen Klopp y Joachim Löw en Alemania, Pellegrini en Málaga y Manchester, Rudi García en Roma, el mismo Sampaoli en Chile—, si nos ponemos hegelianos, ha sido neutralizada por su antítesis: el contragolpe.

Tras un contagio generalizado, y con clubes y selecciones de todo el mundo jugando a mantener la posesión, se consumó esta temporada el auge del pragmatismo y la decadencia de lo que los ingleses llaman el tiki-taka. El mérito, más que de Mourinho y su oscurantismo, ha sido de Simeone y su Atlético Madrid. Desde 2012, con mucho menos presupuesto que sus rivales y ante un constante desarme de su plantilla, consiguió lo que parecía utópico: romper el duopolio en España y meterse entre la elite europea. No lo hizo siguiendo el decálogo de Mou, sino variando inteligentemente entre el repliegue agazapado, la presión fervorosa y la táctica fija. De tiros libres y córners el Cholo saca oro, tanto a favor —con amplios movimientos y variantes— como en contra —con contragolpes fulminantes.

El del Atlético es un juego opaco, pero que se valida en sus limitaciones. No tiene detrás un ruso multimillonario ni es el club que más camisetas vende en el mundo. Lo que debe es lo que puede. Yo no lo critico, pero me aburro. Hay quienes dicen que si alguien quiere diversión, que se vaya a jugar candy crush. Que el fútbol es ganar o ganar. Díganle eso a Holanda 74. Díganle eso a Colo Colo 73. Yo prendo la tele y lo que veo no me gusta, aunque sea en hd.

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Sobre el autor:

Cristóbal Bley es periodista y editor de paniko.cl.

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